En la actualidad, Guanajay es un municipio de la recién creada provincia de Artemisa. Antes perteneció a la de Pinar del Río. Precisamente en un sitio llamado Cafetal de Guanajay nació, en 1808, una de las figuras menos conocidas de la literatura cubana, Tranquilino Sandalio de Noda —quizás, entre otras razones, porque nunca publicó libros— más su multifacética vida estuvo, de un modo u otro, ligada a las letras.
Hoy no quiero detenerme en un escritor poco conocido. Al contrario, mi mirada descansará en uno de los autores más reconocidos de la literatura cubana de todos los tiempos: nuestro Cirilo Villaverde (1812-1894), quien, junto a Ramón Meza (1861-1911) integra el binomio cumbre de la narrativa cubana del XIX.
El rimbombante cargo de secretario honorario de su majestad, el rey de España, era simbólico. Posiblemente, Manuel González del Valle (La Habana, 1802-1884) no fuera ni siquiera monárquico, aunque había recibido, además, el honor de ser nombrado Comendador de las Reales Órdenes de Isabel la Católica y de Carlos III.
La derrota española en la casi totalidad del vasto territorio al sur del Río Bravo, iniciada y extendida al continente en el primer decenio del siglo XIX —quedando solamente Cuba, Puerto Rico y las Filipinas en sus manos— no significó el establecimiento de una inmediata paz en esas tierras.
¿Quién era Felicia? Se trataba de Virginia Felicia Auber de Noya, nacida en La Coruña en el año 1825, hija del francés Pedro Alejandro Auber y de Walda de Noya, gallega.
Cintio Vitier no tuvo reparos en incluirlo en su antología Cincuenta años de poesía cubana (1902-1952), y en el mismo año Raúl Roa le dedicó un acápite en su libro 15 años después.