Entre los muchos escritores cubanos que cultivaron la literatura de ficción y el periodismo, se encuentra el habanero Federico de Ibarzábal, quien también se dedicó a la poesía y la narrativa, aunque en su caso habría que mencionar, además, una discreta aproximación al ensayo.
Verbo viril y enérgico fue el de María Luisa Milanés (1893-1919), nacida y fallecida, respectivamente, en Jiguaní y en Bayamo, antigua provincia de Oriente.
Ramón Meza (1861-1911), con su novela Mi tío el empleado (1887), goza del privilegio de haber recibido los más caros elogios, en el siglo XIX, de voces como las de José Martí, Manuel de la Cruz y Enrique José Varona.
No, no me estoy refiriendo a José Ángel Buesa, celebre por su, precisamente titulado, «Poema del renunciamiento», tan conocido por varias generaciones de cubanos. Aludo a un poeta llamado René Fernández López (La Habana, 1881-1909).
La historia de la literatura, a escala universal, recoge cientos de escritores, incluso de excelentes escritores, que fueron científicos en las más diversas especialidades, sobre todo en la medicina. A esa lista habría que añadir el nombre del provecto cienfueguero Juan Manuel Planas y Saínz (1877-1963).
Teodoro Guerrero y Pallarés (La Habana, 1824-Madrid, 1904) aportó todo su tiempo, o gran parte de él, a la escritura. Fue, sin dudas, un grafómano. Su bibliografía, entre narrativa, teatro —comedias, dramas y zarzuelas—, poesía y algún género que se me pueda escapar, traspasa los cincuenta títulos.
Poesía de metáforas clásicas, la de Julia Pérez Montes de Oca, pero de airosa musicalidad, la colocan en una posición más que susceptible para ocupar el lugar que merece en el ámbito de una línea poética de expresión auténticamente cubana.
No está a la sombra de la luz. Es la luz. Muchas razones avalan esta afirmación. José Antonio Portuondo fue un intelectual digno, un hombre comprometido con su tiempo...
La puertorriqueña Lola Rodríguez de Tió se inscribe en nuestra poesía, junto a nombres como Aurelia Castillo de González y Nieves Xenes.
El bayamés Jesús Masdeu Reyes (1887-1958) se volcó, tanto en el periodismo, como en la novela. El primero lo empezó a desarrollar en su ciudad natal, hasta que en 1916 decidió probar fortuna en la capital, donde colaboró en El Día, Heraldo de Cuba, El País, La Discusión, Pueblo, Excelsior y Bohemia.
