
La mexicana Elena Garro (1916-1998) ha permanecido durante décadas como un astro de múltiples y a veces contradictorias luces: dramaturga innovadora, novelista que quiebra la linealidad del tiempo, cuentista de lo insólito y periodista incisiva. Con la publicación de Cristales de tiempo, en 2016, gracias a la labor de Patricia Rosas Lopátegui, se revela una dimensión fundamental, hasta ahora sumida en la penumbra: el corazón poético que animó toda su existencia y su obra.
Este volumen es un acto de restitución literaria, un meticuloso trabajo que rescata del olvido los versos que la autora se vio forzada a resguardar en las profundidades de sus baúles, lejos de la mirada de un mundo literario y de un hogar donde el único poeta admitido era su marido, Octavio Paz.
Rosas Lopátegui, se convierte en la cómplice necesaria de la poeta, en la ejecutora de un testamento lírico que la propia Garro le confió en vida. Su extraordinario estudio preliminar es una llave maestra que nos permite acceder a esta poesía. En él, se desentrañan las dolorosas circunstancias que condenaron estos poemas a la clandestinidad. Al mismo tiempo, nos ofrece las coordenadas intelectuales y anímicas para comprender los versos, destacando la profunda afinidad del espíritu de Garro con el Romanticismo alemán, una filiación que la propia escritora proclamó con orgullo.
La tarea de la editora, por tanto, es doble: es un rescate material de los manuscritos y mecanuscritos —algunos dañados, otros fragmentarios— y una reconstrucción del universo íntimo y filosófico desde el cual fueron concebidos.
El título mismo, Cristales de tiempo, elegido con acierto por Rosas Lopátegui y celebrado por la hija de la autora, Helena Paz Garro, encapsula la esencia de la cosmovisión garriana. En estos poemas, al igual que en su prosa más aclamada, Los recuerdos del porvenir, el tiempo cronológico de los relojes queda abolido. Las fechas son saetas que se clavan en el día para deslumbrarnos con un fragmento del pasado y hacerlo presente.
En el poema «Las fechas», Garro escribe:
Llega la fecha llave.
La fecha de tus labios llega en junio.
La llave para abrir la puerta
que conduce al bosque.
El tiempo se vuelve un espacio transitable, un laberinto donde el pasado, el presente y el porvenir se conjugan en la atemporalidad de la imaginación y el sueño. Esta concepción, tan fundamental en su narrativa, encuentra aquí la destilación más pura, su origen lírico. La poesía se nos muestra como la matriz de la que beben todas las demás formas de su escritura, confirmando que el exquisito lirismo de sus piezas teatrales o sus novelas no era un adorno.
La influencia del Romanticismo alemán, y de su profeta Novalis, es una de las revelaciones más potentes del estudio de Rosas Lopátegui, y los poemas lo confirman en cada verso. Garro, como los románticos, aborrece el racionalismo calculador y privilegia la magia, el sueño y la imaginación como vías de conocimiento superior. Suscribe la idea de que la poesía es la representación del alma, del mundo interior en su totalidad. El sueño es una forma de poesía involuntaria, un lenguaje que nos conecta con nuestro ser más auténtico y con una realidad primordial. Poemas como «A Deva», dedicado a su hermana, transcurren en ese territorio onírico donde el tiempo se pliega y los afectos trascienden la separación física:
Ya solo jugamos en las noches
a la mitad del sueño.
Este es el juego de los encantados.
En «La prisionera», la voz lírica, desde la duermevela, construye paisajes enteros a partir de la imagen del amado, demostrando que el universo interior posee una realidad tan tangible y vasta como la exterior:
[...]tu invisible rostro
me roza los cabellos
y el cuarto se inunda de paisajes.
Esta predilección por el mundo interior y la infancia como paraíso perdido es otra de las grandes vetas románticas que recorren el poemario. Para Garro, como para Novalis, donde hay niños, existe la Edad de Oro. La infancia es el punto de referencia absoluto, el tiempo mítico en el que se vivió todo con una intensidad original. El poema «Las hijas del rey pobre», una elegía a su padre, José Antonio Garro, la sitúa en el origen de un cuento de hadas: «Este era un rey que tenía tres hijas». El padre es el creador de un mundo maravilloso, poblado de «lujosos mendigos», «montes», «tambores» y «batallas».
La memoria poética rescata ese universo edénico y lo guarda de la erosión del tiempo prosaico. La pérdida del jardín de la niñez, con su jacaranda y su granado, es solo aparente, porque la palabra creadora lo nombra, lo escritura y lo recupera para la eternidad.
Siguiendo el postulado de Novalis, que afirma que «mientras más personal, local, temporal y particular es un poema, más se aproxima al centro de toda poesía», los versos de Garro transforman su biografía en una experiencia universal.
El libro, organizado temáticamente por Rosas Lopátegui, nos guía a través de las estaciones de su alma. Contemplamos el amor apasionado y después resentido por Adolfo Bioy Casares, un idilio que generó una parte sustancial de su producción poética. Poemas como «Adivinanza» dibujan la figura del amado con una delicadeza casi mágica: «De noche sus letras son estrellas que señalan los viajes de los sueños».
Otros, como la diatriba «A. B. C.», muestran la otra cara de la pasión, el desengaño que petrifica el alma:
Que cada una de mis lágrimas
ahogue en sal cada uno de tus días
y cada uno se te convierta en roca.
La sección «Horror y angustia en la celda del matrimonio» nos sumerge en la opresión que vivió junto a Paz. El poema «Soledad» es una escalofriante pintura de la amenaza doméstica, donde los objetos cotidianos se animan con una malevolencia nocturna y un paraguas se transmuta en un «murciélago negro» que aletea sobre el rostro de la voz lírica. Aún más devastador es el testimonio de la desintegración psíquica. En «Mi cabeza cuarteada», la catástrofe interior se manifiesta físicamente:
Se cuartearon los muros.
Me cojo la cabeza entre las manos.
Ya es tarde.
Hay un estrépito
y la tierra me sale por los ojos.
Esta imagen de la mujer pulverizada, convertida en un «túmulo de tierra», es una poderosa metáfora de la subyugación y la anulación del ser, un estado que la cultura patriarcal suele etiquetar como «locura» para despojar de credibilidad a las mujeres que transgreden los roles impuestos.
Quizás la imagen más brutal de este desmembramiento se encuentre en «El llano de huizaches». Aquí, la voz poética se busca a sí misma, descuartizada en un paisaje hostil que representa a una nación patriarcal.
¡Elena!
Oigo mi nombre, me busco. ¿Solo esta oreja queda?
Como la diosa Coyolxauhqui, su cuerpo yace fragmentado, y su corazón es una «luna roja caída en el llano de huizaches». Este poema, de una violencia surrealista, es un grito contra la apropiación y destrucción del cuerpo y la identidad femenina, una denuncia que trasciende lo personal para convertirse en un arquetipo del sufrimiento genérico.
La poética del exilio, que cierra el corpus principal, es el testamento de su largo ostracismo tras los sucesos de 1968. El poema más extenso, «Vamos unidas», es una épica de la infamia, un torrente de conciencia donde se superponen la memoria de la infancia guerrera, el trauma de la noche de bodas, la traición de los intelectuales y la desolación de la derrota. Escrito como en un rapto de escritura automática, el poema fluye sin pausas, arrastrando imágenes de la mitología personal y colectiva.
En él, Garro canta su propia gesta heroica y su caída: la niña que jugaba a ser Cortés y el Cid, la activista que luchó por la justicia, y la mujer finalmente vejada y silenciada por un sistema que la marcó como «puta» y traidora.
A lo largo de todo el volumen, la labor de Rosas Lopátegui es impecable. Su decisión de respetar las variantes de los poemas nos permite atisbar el proceso creativo de Garro. Las notas del apéndice son un tesoro de información que ilumina las referencias biográficas, literarias e históricas de cada texto, desde la identidad de «A. B. C.» hasta el contexto del «Corrido a la Revista Mexicana». La inclusión final de tres poemas de Helena Paz Garro en homenaje a su madre es un cierre perfecto, un diálogo íntimo que sella el volumen con la mirada de quien siempre estuvo cerca de la poeta.
Cristales de tiempo es mucho más que una colección de poemas. Es la pieza que faltaba para comprender en su totalidad a una de las escritoras más complejas y fascinantes del siglo XX. Demuestra que la poesía no fue para Elena Garro un género ocasional, sino el lenguaje primordial de su alma. Estos versos, rescatados del naufragio del tiempo y la malicia, nos entregan la voz de Garro en su estado más puro: herida, rebelde, soñadora y ferozmente viva.
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