
In memoriam Enrique Saínz

Decía Marina Tsvietáieva que la poesía es algo o alguien que en nuestro interior quiere desesperadamente ser, por tanto, es movimiento que atraviesa al hombre; la poesía es movimiento que nace de nuestro ser, como deriva de aquella idea el poeta italiano Franco Loy. Esto se comprueba con justicia y altura estética cuando leemos A la nada que actúa (2000),[i] cuaderno de poesía de Francisco de Oraá, que, aunque no es su último libro publicado antes de morir, sí contiene, a manera de resumen y clave brillante de poética, ideas depuradas y trascendentes sobre la poesía, el universo y el hombre (pp. 7-9).
Como una extraña joya incógnita en mi librero, autografiada por su autor para mí, esperaba este cuaderno su momento que ahora ha llegado, verdadera depuración del estilo lírico y de la poética del escritor. Allí caminar con la muerte es caminar también con la poesía, como nada que es, como nada que actúa, como fuerza creadora y Dios del hombre en el mundo:
Poesía Eres tú quien me busca para pedirme cuerpo donde vaciar tu nada. Conciliación, Conciliadora: estamos solos en un sueño sin palabras. Quieres que te dé ser como haces que aparezcan el mundo, el hombre, el ángel. Eres, tú que no eres, cuando te da forma de muerte la fijeza de un rostro. Mundo: nuestro poema. El mundo es cuando eres. El mundo, otro y el mismo (p. 11).
Esta es la conversación del poeta con la poesía, y es quizás la más depurada en su largo diálogo con ella a través de toda su obra, «donde abundan reflexiones de tipo existencial, y su raíz expresiva es más propicia a la reflexión metafísica» (López Lemus, 2008, p. 114), donde nos confiesa con altura filosófica que hay poesía en todo, porque poesía es el mundo y se trasmuta en el hombre, que es su dador, siendo en su poética continuador de Martí, quien consideraba a la poesía como sustancia de la realidad toda. Su unión con la poesía, el anhelo de ser una misma cosa los dos, viene de mucho antes en su obra, como expresa en el poema «Conversación con la poesía»: «Los nombres que te di… / ¿Quién eres? / Nada. O el modo de mi amor. […] Y a ti sola he tenido, / de tu agua llenas mi soledad / y vuelvo a entrarte como esposa / hasta que mi sola muerte / nos haga un solo espejo» (Oraá, 1990, pp. 252, 255). Este poema pórtico del libro resume a los demás, donde metáforas de gran prestigio poético son despojadas de su carga emblemática, como veremos más adelante.
Puesto que se refieren a las esencias del mundo, los poemas están llenos de imágenes antitéticas que muestran la omnipotencia del vacío: «Eres tú quien me busca / para pedirme un cuerpo donde vaciar tu nada», «El mundo es cuando eres» (Oraá, 2000, p. 11). Los poemas son dedicados a las metáforas predilectas de la poesía como son la flor, el árbol, la piedra, el pájaro, la luna, las estrellas, el parque, la lluvia, la ciudad, el mar, la estatua, la fuente, el hombre, pero ahora despojándolos de sus cualidades tradicionalmente emblemáticas.[ii] Se nos ofrece una imagen de dichas metáforas diferente, y se nos muestra que ellas son, sobre todo en sí mismas, un mundo, no sólo un universo traslaticio, a través de la inmanencia de los fenómenos de la naturaleza, de la gravitación o recurrencia de lo propio en lo propio que ya Martí trataba, pero en referencia al ser humano:[iii]
¿Quién nos está mirando
detrás de esos fulgores?
La luz, sola, buscándose (p.13).
Medita en sí
y a sí se sueña («La flor», p.14).
Aquí la poesía refiere mucho la inmanencia de los cuerpos y los fenómenos, el hecho de construirse y reconstruirse cada ser y cada cosa sobre sí, el fluir interior. Si siempre se compararon a los seres humanos con los objetos de la naturaleza, aquí se personifican estos fenómenos de la naturaleza, ya emblemas de belleza y poesía: Véase el poema «Las estrellas» (p. 17).
Hacia sí, se extravía («La llovizna», p. 20).
El mar es «ciega bestia», que «contempla
su noche adentro» (p. 21).
Un ejemplo capital de lo afirmado, y quizás el más hermoso, es el de aquel poema de Oraá donde despoja a la metáfora de la flor de los valores que se le han dado tradicionalmente de belleza, nacimiento, amor, naturaleza y trasmutación, y la sitúa como símbolo de la vida y la muerte a un tiempo, como símbolo de la nada, de la belleza de la nada, que es todo, en un agudo poético filosófico:
Flor [iv]
Escondida del aire,
hipócrita su luz:
absorta transparencia.
Estridente mudez,
de la noche interior
sube y estalla.
Inocente color,
forma inconsciente:
no es otra ni ella misma.
Un secreto si abierta.
Quien sueña es el vacío.
A nada signa.
Medita en sí
y a sí se sueña.
Sueño ninguno (p.14).
«Estamos ante un rango de poética actuando por y para postulaciones de la vivencia existencial en las escalas de más alta densidad, donde entrevemos la angustia, sustancia dialéctica de la existencia, sublimada en estandartes de vacío», (Mario Martínez Sobrino en Oraá, 2000, pp. 7-9). Como el poeta está lidiando con las esencias de los fenómenos y los seres, son muy comunes en este cuaderno la presencia de imágenes antitéticas que dan prueba del carácter dialéctico del mundo. La flor está «escondida en el aire» porque es «absorta transparencia», «estridente mudez», «un secreto si abierta». Las hojas del árbol son «el vacío que ha tomado forma» (p. 12). En la llovizna es «refugio, su pobreza», y «la huella de una imagen es un núcleo transparente» (p. 23). «Lo blanco, ¿qué cavila? / Lo inmutable, ¿qué sueña?» (p. 20). «Espacio que es imágenes. / La nada que es espíritu» (p. 25). En este cuaderno, que es la conversación del poeta con la poesía, el árbol viaja hacia el hombre y el hombre viaja hacia el árbol.
Se nos habla del mundo que es poesía y a la vez una nada que actúa, es como una vacuidad mágica, misteriosa, que traduce y contiene el infinito, donde las palabras «vacío» (diecinueve), «vuelo» (seis), y «sueño» (catorce) se repiten conformando un tejido en que sus significados se superponen, complementan y contrarrestan:
No hay palabras al fondo
¿Serán, los cuerpos, ángeles?
Formas de luz vacía.
Nada, y fulgor de imágenes.
si más cerca del centro,
del centro más distante.[v]
En tal sentido abundan aquí imágenes cuasi epigramas de los objetos de su reflexión: «la noche envidia / la plenitud del vacío». La noche y también la estatua poseen una conciencia que es la huella apagada de un vuelo (p. 16), y se nos advierte que, aunque un fenómeno natural pueda momentáneamente borrar sus más variadas posesiones, el tiempo no puede borrar la huella del hombre sobre la tierra, la cultura, el fruto de su espíritu. Véase el poema «Parque bajo la lluvia», donde las creaciones del hombre no «se dejan» arrasar por la furia de la naturaleza, dígase la lluvia, o el viento en un conmovedor e inspirado gesto. Porque en estos poemas es el universo el que mira las cosas, los objetos, los seres, las entidades, hasta hacernos creer que somos como su mal sueño y su nada, nuestra nada que es el todo, porque «la tarde es / las hojas esperando / marchitarse / que nosotros observamos».[vi] Tales preocupaciones nos indican la presencia de ideas filosóficas en el cuaderno: al dejar de ser, de significar, los objetos de la naturaleza se vuelven todo, es decir, parte del todo, donde el mar puede ser el pensamiento, la llovizna, la flor, el árbol, la piedra; y el pensamiento, el hombre, también la llovizna, la flor, la piedra y la ciudad. Porque el hombre posee una naturaleza multiplicada en su interior, porque las esencias van de unas a otras en estos poemas y se igualan. Se canta aquí a la nada que fluye, es un flujo la nada, es una nada el mundo donde es abrazado el viejo tema, de gran prestigio poético, del carácter transitorio y efímero de la existencia. Se demuestra aquí lo afirmado por Lu Fi, de que la función de la literatura es expresar la naturaleza de la naturaleza. Los símbolos oscuros se superponen con los claros, los vacíos con los llenos. En el vasto espacio vacío que es el mundo está la poesía y el espíritu, queda la poesía y el espíritu: el vasto espacio vacío que es el mundo es la poesía.[vii]
Cuando ven la luz los diversos cuadernos de poesía que Editoriales como Letras Cubanas o Unión ponen a nuestro alcance, siempre reviso la novedad con la esperanza de poder encontrar algo que me seduzca y me incite a escribir, a reflexionar. Dentro de un grupo que separé, para analizar cuando la investigación me dejara lugar, estaba Figurantes de Francisco de Oraá (2008), que, cabalgando el tiempo, vendría a ser el último cuaderno publicado en vida del autor. Luego de haberlo leído decidí revisar sus libros anteriores para comprobar cuáles marcas continuaban en este y en qué se diferenciaba.
Si en su poesía precedente hallábamos una especie de premonición de la muerte, del gesto absoluto de la muerte, en este cuaderno de apenas cuarenta poemas se la concibe como un deslumbramiento. Ella y lo desconocido encuentran su compás. Al poeta lo asiste la sensación constante de que la vida se le escapa y que no podrá llegar a donde le pide su intelecto. Por tal motivo se vuelve para bendecir su propio ser, su propio cuerpo, quien permite y ha permitido todo el fluir de eternas realidades. Toda la belleza buscada, anhelada, ha estado en ti sin darte cuenta. Todo lo relevante o trascendente ha sido poseído por ti: ese es el secreto que entrega la madurez o la vejez. Y es que entre el cuerpo y el universo no hay frontera, porque es el cuerpo el que permite asistir a semejante milagro. Por eso el cuerpo amanece, anochece, llueve, y es un universo, es palabra, creándose, más que mundos concéntricos, totalidades intercambiables.
El universo hace gala cada minuto de su perfección, así imanta el destino del hombre. El hecho de concebir a la palabra como un Dios también está en los últimos poemas de Roberto Friol.[viii] Y en estas transpolaciones el cuerpo de Dios avanza, se aproxima en todo:
Mundo que nunca acaba de hacerse Sus agónicas Formas hacia su rostro último y la armonía Planos que se entrecruzan sin tocarse Nada sin atributos o los contiene todos Desnuda vibración hambrienta de encarnar Si no el cuerpo de Dios sin piel Hechas de espíritu[ix]
Al ser el cuerpo, el universo y Dios una sola sustancia, el hombre queda reducido a la condición de figurante, actor o persona cuyo papel es puramente decorativo o cumplidor de una voluntad que le excede. Es un medio o instrumento de una misión mayor, casi sagrada. En el libro se va irreversiblemente en busca de un ser sobrenatural que no se identifica, que no es Dios, pero nos sobrepasa, porque en una identidad atribuida ninguno dejamos de ser Dios.
Lo que leemos son poemas breves sin signos de puntuación que apenas rebasan los diez versos. Contrasta esta limpieza y parquedad de las esencias con muchos de sus poemarios anteriores donde, aunque se hace gala de singular adjetivación, de paisajes tropológicos y una metáfora de riesgos en deuda con la estética origenista, hay también cierto pecado de retoricismo. Se oponen la visión caótica anterior de contenido y forma, y el equilibrio que en estos poemas se logra entre intuición e intelecto, entre sobriedad y embriaguez. En este libro hallamos canciones leves de matiz filosófico donde continúan sus obsesiones con la noche —«Sedoso lodo Carne transparente [sic]»— y se pregunta: ¿por qué nuestra voluntad difiere de la «voluntad» sabia de la naturaleza?, luego de comprobar a lo largo de todo su ejercicio poético la idea de la unidad del mundo, en el que muestra claras resonancias del pensamiento martiano:[x]
Ya es uno lo exterior con lo interno vida con muerte confusos paraíso con infierno [sic][xi]
El poeta «ve lo permanente en lo perecedero; trata de reconocer la anatomía de las cosas y de todos los seres para convertirla en lenguaje […] es decir, fragmentarse, dispersarse, derramarse, repartirse, atomizarse en todas las criaturas; nunca perder de vista el objetivo mayor: corresponder a una verdad poética» (Mayröker, 2008). En tal correspondencia o unidad nos dice que también en la naturaleza podemos leer la belleza de las cosas secretas, pues atesoran misterio y sensación de verdad apresados al mismo tiempo, y que los oficios más bajos permiten los más excelsos, sin perder de vista la elegancia en la gravedad del mal. En el umbral del fin se desatan los signos de lo fatal, entrando ya el poeta en la belleza del desconsuelo, y en la plasticidad de la imagen se hará el ruego por lo que se dejó atrás. En tales procederes asistimos no a una desolación impotente, es una desolación que se cuestiona:
Hijo mío ¿Estará el aire de la sala aún embebido de Mozart y Vivaldi? ¿Y la clara ventana ensombrecida por el ocaso y esos cuervos? ¿Y los rincones de tu casa donde el encrespado día se serena? ¿La puerta aún nos estará esperando?[xii]
La idea de la unidad del mundo en el cosmos del poeta viene a ser como el colofón del criterio expresado por Enrique Saínz acerca del poeta en su antología La rosa en la ceniza:
En esas páginas aparecen las dos problemáticas esenciales que, a nuestro juicio y el de algunos críticos que han escrito acerca de la obra de Oraá constituyen el centro de su lírica: la indagación dentro de sí mismo y la integración del individuo (el poeta) a la realidad, convivencia con los otros y para los otros.[xiii]
A ser como su corona y saldo. El escritor nos dice que donde el cuerpo es todas las cosas siempre se es, siempre se será, aunque se duda de la forma, pues, según Lowell, el espíritu aspira a mantenerse coloreado y no manchado por su propio esfuerzo.
[i] El autor publicó en 2008 el volumen Figurantes por la Editorial Letras Cubanas.
[ii] Los poemas se titulan : «Parque», «Fulgor», «Flor», «Luna», «Estatua», «Las estrellas», «Parque bajo la lluvia», «Ciudad», «Crisis de la llovizna», «Idea del mar», «Caballos en la lluvia», «Hombre abierto», «Fuente viva, fuente seca» y «Fronda, columna, busto de mármol, garza», y todos tributan o son una variante del primero que se llama «Poesía», además conforman un breve y utilitario conjunto, como afirma Martínez Sobrino en el prólogo del libro.
[iii] Las imágenes de recurrencia de lo propio en lo propio son imágenes de reincidencia interna, de preferencia por los movimientos íntimos, cáusticos, donde ocurre un desdoblamiento agónico del yo del poeta. Estas aparecen desde los poemas escritos en España y se mantienen a lo largo de toda su poesía. Son manifestaciones de la lectura del cuerpo que constantemente encontramos en el discurso martiano. Ejemplos de entre muchos: «Hoy sentí más el peso de mí mismo» de «Cartas de España» (1875). Por otra parte, el empleo de dicho recurso nos recuerda a aquel verso de Rilke: «Bin ich in mir nicht mi GröBten?» —«¿No estoy en mí en lo más grande?»—. Tanto en las imágenes de reincidencia utilizadas por Martí como en este verso la inconmensurabilidad, la grandeza del alma del poeta constatada en sí, se realza al tiempo que se pone en duda, en una duda que admite su deseo de volcarse en pro del hombre. Ver «Queja de muchacha» —«Mädchen– Klage [sic]»—, en Rilke, 1991, p. 26.
[iv] El poema contiene el siguiente exergo: «RILKE: sueño de nadie», que alude al epitafio que dicho poeta se escribió a sí mismo: «Rosa, oh contradicción pura en el deleite de ser el sueño de nadie bajo tantos párpados», donde reconoce el carácter efímero y transitorio de la existencia, también tema de este libro. Otro poema del mismo alude a unos «caballos vegetales» del poema «Unos caballos» de Jorge Guillén — «Caballos en la lluvia» (p.22)—, y «Fronda, columna…» (p.25) al poema «La señal» de Eugenio Florit, lo cual nos demuestra una vez más la esencia transpoética del cuaderno, y que Oraá es un poeta dado al gusto clásico, atento a la tradición lírica de la lengua, como ha dicho Virgilio López Lemus.
[v] Esta última estrofa también se constituye en una imagen antitética.
[vi] Verso de Ferreira Gullar.
[vii] Véase el poema «Fronda…» (Oraá, 2000, p. 25). Este final imantado, cíclico, vuelve al principio, al primer poema, a la poesía como esencia.
[viii] Véase este poema de Friol publicado en la Revista Amnios, número 2 de 2010, p. 20:
Guía a las palabras Esta palabra es madre y río, y esta otra doncella, esta piedra, hijo esta, noche esta, hombre y mujer aquellas dos, árbol y día y fiesta otras, y mirada esta palabra, sedienta criatura esa que por una fraternidad clama, filo y jamás aquella, tajo en lo oscuro las que vuelven sus rostros al mañana: océanos de fiebres aquellas sin fin. Y esta es la muerte.
[ix] «Con sustancia de sueño y a dosis de ceguera», en Oraá, Ob. Cit, p. 11.
[x] En el libro aparece un poema que parece recrear el poema XXII de Versos sencillos, aquel donde el poeta se encuentra en el onírico baile extraño (Oraá. Ob. Cit, p. 12). Obsérvense las claves de la dialéctica y unidad del mundo con la estela y el misterio del texto de Martí:
El esplendor Caos que es armonía y sueño que es vigilia Trajes vacíos de los figurantes ¡Oh espontánea germinación de las apariciones del ser! A la ceguera el esplendor!
[xi] «Ambigua luz de marzo», en Oraá, Ob. Cit, p. 10.
[xii] Oraá, Ob. Cit, p. 33.
[xiii] «Indagación e identidad en Francisco de Oraá» (Enrique Saínz en Oraá, 1990, p. 7).
Referencias:
López Lemus, Virgilio: «La generación de los años cincuenta en la Revolución», en Historia de la Literatura Cubana, t. III, Instituto de Literatura y Lingüística y Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2008.
Mayröker, Friederike: «Fragmentos sobre poesía» en El cerebro que canta (siete poetas contemporáneos en lengua alemana). Antología, sel., trad. y pról. Udo Kawaser, Torre de Letras, p. 37, La Habana, 2008.
Oraá, Francisco de: La rosa en la ceniza. Ediciones Unión, La Habana, 1990.
__________: A la nada que actúa, introd. Mario Martínez Sobrino, Ediciones Unión, La Habana, 2000.
__________: Figurantes. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2008.
Rilke, Rainer María: Nuevos Poemas, Edición Bilingüe, Ed. Hiperión, Madrid, 1991.
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