
Esta es solo una curiosidad literaria que enlaza la vida del escritor irlandés y Premio Nobel de Literatura George Bernard Shaw con Cuba.
Llegó a La Habana el 7 de febrero de 1936 en un trasatlántico de matrícula británica, junto a cerca de 300 turistas millonarios que daban la vuelta al mundo. Entre aquella multitud de hombres de negocios, aristócratas y demás gentes a bordo, sobresalía él, George Bernard Shaw, un viajero huesudo y malgenioso que se negó a bajar a tierra firme para echar un vistazo por entre las calles que rodean el puerto.
Shaw es uno de los dramaturgos más célebres de su tiempo y de todo el siglo XX. Es además uno de los personajes de la literatura más singulares, polémicos e irreverentes que el lector pueda imaginar.
En consecuencia, los representantes de la prensa cubana solicitaron permiso y subieron a bordo para dialogar con aquel curioso personaje. Un reportero apuntaba así:
«Mister Shaw se mostró tan ágil y jovial como siempre, bromeando, contestando ingeniosamente a las preguntas y disparando interrogantes intencionadas.
»El autor de Pigmalión, vestido con traje gris e instalado cómodamente en un sofá, ofreció para el público su receta personal para conservar la salud y vivir largo tiempo. »Dijo así: “En primer término, no soy carnívoro. Soy vegetariano, por higiene. No bebo licores, ni té, ni café”.
»Un redactor de la revista Bohemia lo calificó de cínico encantador y apuntaba que “su palabra inagotable —la de Bernard Shaw, por supuesto— que se produce a chorros, no fatiga al oyente, porque es en toda ocasión espontánea y natural, rica en verdades banales y raras, expresadas con elegancia y savoir”.
»Al visitante se le invitó a visitar un central azucarero del país, lo cual rehusó con estas palabras: “Conozco muchos de esos centrales, por haberlos visitado en Hawai, aunque lo que me interesaría conocer es cómo viven los trabajadores y quién se ocupa de sus hijos”.
»Los fotógrafos accionaron las cámaras todo cuanto quisieron y el escritor se dejó hacer preguntas libremente. Una de las imágenes de Bernard Shaw que apareció en la prensa del día siguiente incluye una brevísima descripción que dice: “Tiene los ojillos maliciosos, la barba blanca, las manos huesudas”».
George Bernard Shaw nada hizo en Cuba. Pero todo cuanto dijo recibió amplia difusión en las revistas y periódicos. Apuntemos, además, una observación no carente de interés: escribió buena parte de su obra dramática después de cumplidos cuarenta años, continuó trabajando con más de sesenta y aún rondando los noventa se mantenía activo en su producción literaria. No otra cosa podía esperarse de un hombre que había prometido vivir cien años.
Se quedó en los noventa y cuatro años, que no es poco. Había nacido en Irlanda, el 26 de julio de 1856, y murió el 2 de noviembre de 1950. En 1925 recibió el Premio Nobel de Literatura y en uno de aquellos gestos que le hicieron grande, donó el dinero correspondiente al premio para la fundación de una asociación de amparo a los escritores pobres.
Por la difusión de sus obras, algunas llevadas al cine, por su anecdotario y su personalidad controvertida, George Bernard Shaw resultó una figura no solo famosa en el terreno de las letras, sino dentro de la sociedad inglesa en general.
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