
Entre los apellidos ilustres de narradores y poetas, Abelardo Estorino fue el primer teatrista en obtener, en 1992, el Premio Nacional de Literatura.
Algo más de seis décadas atrás, en la temprana fecha del 30 de octubre de 1964, Abelardo Estorino advertía:
Cuando nos quejamos de que el público no va al teatro en la medida en que los teatristas quisiéramos, deberíamos preguntarnos dónde está la causa […] El público necesita ser golpeado, glorificado, estrujado, insultado, exaltado, maldecido, electrizado; pero no soporta que lo aburran
Quizá por haber hallado la respuesta a partir de El robo del cochino (1961), este teatrista nato que vio la luz en Unión de Reyes, Matanzas, el 29 de enero de 1925, es considerado en Cuba uno de los exponentes más representativos de esta manifestación artística, aunque la cirugía dental haya perdido a uno de sus cofrades… Sí, porque Estorino estudió esa profesión e incluso la ejerció entre 1954 y 1957.
Con notable osadía, el autor envía su pieza primogénita, El robo del cochino, al Concurso Casa de las Américas de 1961. La obra recibió mención y anuncia la presencia de un escritor. Ese mismo año participa en el I Congreso Nacional de Escritores y Artistas de Cuba y de él emerge como asesor literario de los grupos teatrales que comienza a organizar el Consejo Nacional de Cultura.
En 1962 viaja a Checoslovaquia y la Unión Soviética; entre tanto, continúa escribiendo y merece otra mención en el Premio Casa de 1964, esta vez con La casa vieja. Poco después se une a Jorge Fraga para escribir el guion cinematográfico de El robo del cochino, que llegará al celuloide con el título El robo.
En 1966 Estorino participa en el VI Festival de Teatro Latinoamericano de La Habana y dos años después en el Congreso Cultural organizado en la capital cubana. Por entonces ya ha estrenado una adaptación de Las impuras de Miguel de Carrión, Las vacas gordas —comedia musical todavía muy recordada— y periódicamente realiza críticas literarias para las revistas Unión y Casa de las Américas. Asimismo, sus obras son llevadas a la escena en Inglaterra, Chile, España y Estados Unidos.
En 1964 el autor termina Los mangos de Caín y La casa vieja. La primera es una sarcástica pieza que será estrenada un año después y representada también en México y Estados Unidos. De la otra, Estorino confesó: «Para cada uno de los personajes, cada uno de los hechos, cada uno de los bocadillos, puedo poner varios ejemplos de cosas que conozco, que no son exactamente como están en la obra aunque tienen su equivalencia»
La casa vieja ha resistido el paso del tiempo y hoy continúa teniendo relevancia dentro de la dramaturgia cubana. El trazado de los personajes de Estorino, el lenguaje veraz y la identidad fonográfica, convierten sus piezas en reflejo fiel de situaciones cotidianas que confluyen en la familia cubana.
Con La dolorosa historia del amor secreto de don José Jacinto Milanés, estrenada en 1974, el autor incursiona en el siglo XIX con pleno conocimiento en las interioridades de sus personajes, de los sucesos y los lugares donde tienen lugar los hechos.
Luego se produce un paréntesis de nueve años, y entonces Estorino regresa con una obra que, a juicio de la crítica, muestra otras formas de narrar: Morir del cuento, suerte de reconstrucción de un hecho de sangre. En 1989 se lleva a las tablas Que el diablo te acompañe, que el propio autor considera una comedia y en la cual el maléfico Mefistófeles se desenvuelve en un contexto cubanizado gracias a la versión de un Don Juan criollo y machista.
De ese mismo año es el monólogo escrito para la actriz Adria Santana, titulado Las penas saben nadar. Le siguen Vagos rumores (abril de 1992), del cual la periodista Rosa Ileana Boudet señala que «se inserta en el debate contemporáneo sobre una cultura escindida, marcada por el signo de las dos orillas».
En 1994 retoma el personaje de Cecilia Valdés en una versión muy propia con variedad de recursos narrativos y citas reveladoras de una reinterpretación de la anecdótica leyenda villaverdiana, impregnando a la emblemática mulata de una imagen diferente: nos referimos a Parece blanca, pieza que, a semejanza de toda la obra de Estorino, tiene la virtud de ser representada o leída.
Abelardo Estorino falleció en La Habana el 22 de noviembre de 2013, ¿pero quién se atreve a decir que está muerto cuando su obra continúa sentando pautas en el teatro cubano?
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