
En la narrativa de Reinaldo Arenas hay mucha distopía. Es casi el tema por excelencia. Sus novelas (la pentagonía areniana) versan sobre mundos caídos. Desde el ambiente rural de la Cuba prerrevolucionaria en Celestino antes del alba hasta El Asalto con ese sabor caótico; el autor desbarra de todos los modelos humanos. Pareciera que la libertad solo es posible a partir de elecciones individuales y momentáneas. Sin embargo, existe un cuento que juega con la utopía. «El cometa Halley»[i] transcurre en un final alternativo al de la obra de teatro La casa de Bernarda Alba. En lugar de la tragedia, el dolor y el duelo, Arenas resuelve de manera burlesca la trama: las hermanas se escapan hacia Cuba, lo cual trastoca la lógica de la pieza original lorquiana.
La marca es, constantemente, la parodia. No se puede tomar en serio nada de lo que plantea, sin embargo, en el magma de mundos caídos propios de Arenas, el juego con el teatro y el escamoteo de la literalidad nos conducen a un destino posible dentro de la sustancia de la ficción: la utopía que se distopiza. Arenas no esconde su voluntad de parecer en todo momento inverosímil o, al menos, de cuestionar ese pacto que para un narrador clásico resulta pétreo. Lo que el autor nos dice en este cuento es lo siguiente: voy a echar a andar una maquinaria absurda con los personajes de Lorca para cuestionar la noción de ficcionalidad, teatro y corrección moral. Los sucesos del cuento se mueven entre la farsa y la tragedia. Algo sí aparece de manera eficiente: el desmonte de toda autoridad y la apuesta por una liberalización de las agencias en cada personaje. No solo se usa la causa de Adela (el erotismo) para contaminar el mundo moral del resto de las hermanas, sino que pareciera que el propio cometa es un correlato de dicho tema. Arenas se sirve de una obra moderna y canónica para ofrecernos un mundo totalmente alternativo que nos grita desde el otro lado de la ficción.
¿Por qué hablo de utopía en este caso? Cuba se asume como la salvación para los personajes de aquella tragedia hispánica y moralista. Se erige como una tierra cuya lejanía, clima, visiones de la vida, tolerancia y condición existencial la acercan a los temas paradisiacos al estilo de los cronistas de Indias. Esa insularidad —que para algunos constituye el peso maldito— se presenta en el cuento como el mejor destino posible para unas mujeres aquejadas de la soltería crónica y el fracaso que les impuso su medio social. América como esa tierra invertida, donde se puede rehacer el camino y prescindir de los juicios del pasado. No se trata exactamente de una utopía en el sentido estricto del término filosófico, pero sí en la aplicación de su uso. Se supone que en Cuba los personajes de Lorca iban a lograr entenderse, reimpulsar su vida, integrarse como familia; sin embargo, la ruptura se da a partir de dos sucesos. El primero es el parto de Adela quien trae al mundo a José de Alba, un niño exactamente igual a Pepe el Romano, lo cual reaviva los celos de las hermanas y provoca la expulsión, del seno familiar, de la madre del bebé. El segundo, como he aclarado, un cometa que trastoca el mundo y que aparece en la primavera de 1910. Aquí, Arenas pone en crisis doblemente la noción de utopía y la distopiza. Por un lado, el quiebre de la familia cuestiona la visión idílica de arreglar las diferencias. Por otro, el fenómeno cósmico remueve los cimientos de todo el orbe, generando una inestabilidad ontológica fundamental. Al caos interno se contrapone el caos externo. La utopía del escape a la tierra prometida se hunde.
Resulta que la cola del cometa se acercaría demasiado a la Tierra y sus gases tóxicos acabarían con toda forma de vida. Esa invención —que el propio narrador aclara como seudocientífica— fue publicada según el cuento por el más popular y olvidado de los escritores: García Markos (parodia areniana de García Márquez). Arenas carga contra el realismo mágico como categoría al convertirlo en una predicción cósmica fallida. A la vez, usa el nombre de uno de los autores canónicos para darnos un panorama burlesco sobre la propia causalidad del fenómeno. Las nociones de autoridad, tanto de la razón como de la propia literatura, quedan cuestionadas. En su lugar se comienza a hilar una lógica que desbarata el tejido del cuento y lo transforma en un carnaval.
Este tópico también reaparece en otros instantes de la obra areniana. Recordemos su novela El color del verano y cómo la finalidad del territorio ficcional conduce hacia un clímax carnavalesco que desprende a la isla de Cuba de su plataforma marítima y la transforma en una embarcación que flota como el corcho. Aquí, el cataclismo natural se aprovecha de una forma parecida: el cometa constituye la expresión cósmica de la caída de los paradigmas morales de la sociedad. Lo que estaba subyacente emerge gracias al relajamiento de la gente en sus supuestos últimos momentos de vida. Esa libertad forzosa en el fin del mundo los expone, muestra sus debilidades, evidencia la esencia de sus quiebres y vulnerabilidad. Ahí, Arenas no solo se sirve del tópico del carnaval para crearnos una atmósfera burlesca, sino para graficar —a través de la realidad invertida— una realidad otra que la moral había ocultado.
En este punto, cuando irrumpe la carnavalización de la historia, Reinaldo Arenas desmonta la noción de utopía vinculada al orden social moralista. Imposible aquí no referir la visión de Mijaíl Bajtín en torno a tal mecanismo de análisis de la literatura, que emerge como categoría central de la pieza analizada a partir de la llegada del cometa. En el texto clásico La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento, el teórico ruso se refiere al carnaval como una forma de resistencia del pueblo frente a los sistemas opresivos, la autoridad y la exclusión elitista. Recordar que la gestación de este último libro tuvo como elemento contextual el aplanamiento de las diferencias y la cultura en los instantes más fuertes del estalinismo soviético. Arenas rescata cada una de las sucesivas derivaciones del carnaval para distopizar su cuento e invertir la lógica de poder. En la narración, el carnaval reactualiza la moral y crea un nuevo paradigma a partir del uso de la sustancialidad desde abajo. Arenas utiliza, más o menos conscientemente, la carnavalización de la historia como herramienta de libertad para sus personajes y en la resolución del conflicto. No hay una referencia directa a Bajtín —eso rompería el pacto de lectura quizás—, sino una presencia activa y vital de la inversión de valores como salvación y de la destrucción como reconstrucción. Así se refiere el texto a este punto de giro narrativo:
Llegaba pues la fatídica noche del 11 de abril de 1910. Para las primeras horas de la madrugada estaba anunciada la conjunción del Halley con la Tierra y, por lo tanto, el fin del mundo.
Es de señalarse que, a pesar de las apasionadas e incesantes prédicas del señor cura, algunos cardenenses no las tomaron en consideración. Otros, aunque estaban convencidos de que esa noche sería el fin, no se dedicaron al arrepentimiento y la oración, sino que, por el contrario, como eran ya las últimas horas que les quedaban en este mundo, decidieron disfrutarlas por lo grande. Desde por la tarde empezaron a salir a la calle grupos de jóvenes borrachos, quienes, además de provocar un barullo insólito para aquel pueblo, cantaban cosas atrevidísimas y usaban expresiones no menos desvergonzadas. A esos grupos se les unieron varias mujeres que hasta entonces llevaban una vida más o menos discreta. De modo que el barullo alteraba a veces hasta la letanía de las oraciones que, encabezada por Angustias, era repetida por las hermanas.
El carnaval contamina todas las escenas y se adentra en el hogar mediante el regreso de Adela, quien, debido al fin del mundo, decide perdonar a sus hermanas. Ese suceso comienza a movilizar a los personajes hacia la distopía, deconstruyendo la mojigatería moralista y católica que había regido sus vidas. Bajtín habría hablado de una realidad ficcional que trastoca la noción de autoridad y propone una nivelación del mundo partiendo desde abajo. El carnaval aparece como una segunda vida del pueblo, una horizontalidad. Irrumpen en el cuento de Arenas las categorías ya expuestas por Bajtín: la risa ambivalente (que niega y mata a la vez y posee un poder regenerador), el realismo grotesco que se centra en degradar lo de arriba y acercarlo hacia abajo, el cuerpo deforme a diferencia del cuerpo clásico con la consabida descripción de la fealdad de la malformación así como la suspensión de las normas y jerarquías.
El cuento no transcurre en La Habana (centro), sino en Cárdenas (Matanzas) con lo cual la elección de las locaciones, ya de por sí, entraña un cuestionamiento a la autoridad cultural y geográfica que impone la capital en la historia de Cuba. El cronotopo del pueblo sirve como tejido a una trama que se transforma en el carnaval de los últimos días del mundo. En ese terreno provinciano, el cuestionamiento de la autoridad posee más peso, sobre todo porque a menudo el mundo empieza y termina ahí mismo. Los poblanos —sobre todo los de 1910— eran totalmente funcionales a los sermones católicos, las misas, las prohibiciones morales. La ruptura resulta mucho más violenta si entendemos que era el único mundo posible en la realidad rural cubana.
Ya antes, en Celestino antes del alba, se sirvió de esa opresión del campo en las zonas interiores de la isla para expresar la esencia de una autoridad injusta, brutal, que oprime. La figura del abuelo que, en dicha novela, descubre los poemas del nieto en la corteza de los árboles y decide derribarlos a hachazos, reaparece ahora como el ambiente cerrado, irrespirable, religioso de las hermanas en Cárdenas. Arenas nos está presentando algo mucho más complejo que un mensaje político: la opresión es humana, viene con nosotros, viaja en lo esencial de la especie y se manifiesta como un monstruo totalmente natural y cotidiano. Es la violencia normalizada que nos acompaña.
Adela convence a las hermanas acerca de cambiar su moralidad. Les dice que el cometa es, en parte, un castigo por ellas haber renunciado a una vida sexual activa y meterse en su casa a rezar. Así, se inicia una orgía familiar en la cual Arenas deconstruye el tabú del incesto y existen relaciones entre Adela y su hijo, así como entre las hermanas. Aparece, en este punto, uno de los temas del carnaval, el cuerpo:
Las seis figuras entraron tambaleándose en la sala. El calor del trópico las hizo despojarse, con la ayuda de Adela, de casi todas las indumentarias. Las cofias, los guantes, los sobretodos, las faldas y hasta las enaguas desaparecieron. La misma Adela desprendió a su hijo del bombín, el saco, la corbata, la camisa. Así, semidesnudo, lo llevó hasta el retrato de Pepe el Romano y propuso un brindis general. Todos levantaron las copas.
La bacanal se desborda, los personajes salen a la calle, se les une el cochero que había trasladado a Adela hasta Cárdenas, un hombre que copula sin cesar con todo lo que se le aparece. El realismo se convierte en lo grotesco. La moralidad se invierte y lo que era correcto ya no lo es. Los cuerpos aparecen no en su perfección apolínea. Las hermanas son feas, ancianas, están deformadas por la amargura. El cochero es un cuasi animal, un ser que actúa por impulsos. Todo pareciera un caos, sin que las normas de convivencia anteriores dejen una huella en el plano de lo ficcional. No hay autoridades, no se representan las reglas de ninguna estructura de poder. El cometa barre con todo y solo deja a su paso la posibilidad del sexo, la borrachera, el caos. Esta caída del tabú es propia de la carnavalización de la historia. Cuando los personajes se unen a la muchedumbre, se dan cuenta de que todo está trastocado:
Nunca, mientras el cielo gire (y confiamos en que no deje de girar jamás), se oirán en las calles de Cárdenas alaridos tan descomunales como los que entonces se emitieron. El cochero, instruido, justo es confesarlo, por Adela, poseía sucesivamente a las cinco mujeres, siendo sustituido de inmediato por José de Alba, quien debutó con verdadera maestría.
Mijaíl Bajtín hizo su teoría del carnaval, sobre todo, como una crítica desde la cultura popular a cualquier tipo de autoridad. Es una manera de decir que lo que está arriba no necesariamente es lo mejor, ni lo más perfecto y que en el abajo también existe valor, aunque nos parezca grotesco, deforme, sin brillo. Lo que hace el ruso es llamarnos la atención sobre la superficialidad de los supuestos valores de las élites, para que veamos más allá de los oropeles y la fanfarria. Un amigo escritor, hace años, para comentarme sobre esta teoría, me dijo: imagínate a Descartes con un dolor de estómago en un mundo como aquel, sin servicios sanitarios decentes. La imagen es un poco extrema, pero creo que ilustra bien cómo el mundo está hecho por las dos realidades: la de los sin poder y la del poder. Porque las estructuras —ideológicas, políticas, culturales, religiosas o familiares— se basan a fin de cuentas en la asimetría de poder.
La idea es ver al mundo sin rey, invertido, donde sea el bufón quien determine como autoridad, transformar lo burlesco en serio y viceversa. Así, si el cuento de Reinaldo Arenas comienza con el intento de redención moral de las hermanas que huyen hacia Cuba, termina con un carnaval de sexo y desenfreno en las calles de un pueblo de la isla y, presumiblemente, el fin del mundo a causa de un cometa con gases venenosos en su cola. Aunque no existe un aparato de poder visible, no hay una autoridad ni un dispositivo de control personalizado, la moral misma ha sido el antagonista de los personajes y los ha manipulado a su antojo despojándolos de humanidad. El cometa y el caos le ponen fin a ese conflicto y, de esa manera, se produce la verdadera liberación. Arenas ha cerrado el ciclo opresivo de la España dura y lorquiana en una bacanal del trópico donde caen las cortinas de la vergüenza. América es vista como la inversión de los valores de Europa, lo cual recuerda una resonancia al estilo de lo real maravilloso, solo que con el toque alucinante areniano.
Las hermanas despiertan abrazadas a varios campesinos, desnudas, en medio de la calle y se sorprenden de que no estén en el infierno ni muertas. Adela, con un gesto de indiferencia, las invita a volver a la casa con total normalidad. Pareciera que, luego de la caída de los paradigmas, solo queda eso: el cinismo de mirarlos de frente y sonreír. El retrato de Pepe el Romano —el hombre que causó la tragedia original— había desaparecido en medio de la orgía. Todo el viejo mundo fue disuelto. El autor cierra con una nota en la cual invierte y carnavaliza la tesis, ofreciéndonos una salida digna del tono de farsa de este cuento:
Pero antes de trasponer el corredor, Adela arrancó la placa de la puerta, VILLALBA FLORES Y TEJIDOS, sustituyéndola esa misma tarde por otra más pintoresca que ostentaba el nombre de EL COMETA HALLEY.
El Cometa Halley fue uno de los más famosos prostíbulos de toda Cárdenas, e incluso de toda Matanzas. Expertos en la materia afirman que podía competir con los de la misma Habana y aún con los de Barcelona y París. Durante muchos años fue espléndidamente atendido por sus fundadoras, las hermanas Alba, educadas y generosas matronas como ya en esta época (1950) no se encuentran. Ellas congeniaban el amor con el interés, el goce con la sabiduría, la ternura con la lujuria… Pero aquí hacemos mutis, pues nuestra condición de respetables caballeros de la Orden de la Nueva Galaxia (sí, somos astrónomos y condecorados por el municipio de Jagüey Grande) nos impide dar más detalles sobre la vida de esas señoras. Sólo podemos afirmar, y con amplio reconocimiento de causa, que ninguna de ellas murió virgen.
El oficio que se pensaba típico de mujeres, sobre todo mayores, el de tejer, se sustituye por el de matronas de un prostíbulo. En este trueque de actividades está la clave de la transformación de los personajes y cómo el cometa actuó como deux ex machina para intervenir en la historia y crear un mundo alternativo. La nota final del cuento, además, posee un cambio de tono. De lo narrativo se pasa a lo casi periodístico. Pareciera un texto escrito para un diario. Sin embargo, el narrador abandona la omnisciencia anterior y se transforma en un personaje que mantiene su identidad incógnita (se declara miembro de una orden inexistente). De esa manera, la verosimilitud se sostiene apenas mediante el pacto del absurdo: todo tiene sentido porque nada tiene sentido. No sabemos si Arenas nos ha contado una segunda parte de la famosa obra de teatro, si se refiere al surgimiento de un prostíbulo real y lo ha metamorfoseado en cuento o si en realidad quiere aludir de manera indirecta a estructuras morales y destruirlas con ironía. Algo sí está claro: lo que acaba de acontecer ante el lector es una distopía con tintes de historia alternativa. A lo correcto se antepone lo incorrecto, al oficio de tejer se contrapone el de prostituirse. El hecho de que el retrato desaparezca nos habla de la disolución de esa masculinidad regente de la cultura hispánica. En su lugar, las mujeres logran fundar un sitio que ha trascendido, incluso, internacionalmente. Es el triunfo del cuerpo, de lo íntimo, de lo que se piensa desde abajo. La carnavalización de la utopía moral cierra con una seudo nota periodística que intenta ofrecerle realismo a lo que no será nunca real.
Reinaldo Arenas alucina en casi todas sus obras. No existen fronteras porque él se propone ignorarlas o demolerlas. En «El cometa Halley» no solo ha dibujado la posibilidad de un arco moral desde lo rígido hacia lo disoluto, sino que arroja a los personajes de otro autor a un carnaval que distopiza varias de las ideas utópicas en torno a nociones como: la familia, la nación, la religión y la sociedad. El resultado es, una vez más, que la distopía reside en la mirada del autor. Requerimos acercarnos a la manera en que construye sus ficciones para enterarnos de su repulsa a esos dispositivos de poder.
En contraposición a la tesis de la pieza teatral, se hace hincapié en la no virginidad de las mujeres al final de este cuento. Si Lorca construyó su aparato categorial en torno a la opresión del sistema moral sobre el sexo, Arenas nos ofrece la salida perfecta: rehacer todo sobre la base del disfrute y la entrega a los placeres de la carne. Lo sagrado ya no está en los altares, las campanas de la iglesia de Cárdenas no tañían por la misa, sino por un cometa que había derribado las normas y creó el marco para una orgía mayúscula de la cual nadie escapó. Lo sagrado ahora es un prostíbulo que se eleva por el orbe y alcanza fama mundial.
Uno de los sucesos que más he vivido son las parrandas de mi pueblo. No se trata exactamente de un carnaval, pero beben de ese ADN y de fiestas como las Fallas de Valencia. Sin embargo, he visto cómo, habitualmente, las personas hacen cosas durante dichos festejos que no harían en la cotidianidad. Puedes ver a hombres criados con prejuicios y machismo que se travisten en una carroza, a mujeres que viven una existencia recatada y ese día salen desnudas o con apenas nada puesto. Asimismo, son habituales las infidelidades en las fechas de jolgorio, los escándalos de todo tipo. Es como si se levantara la veda y emergiera lo incorrecto. En una de las tantas leyendas, una casa/prostíbulo de las más afamadas del pueblo recibía tanto a partidarios de un barrio como de otro. En las parrandas hay dos bandos opuestos. Cuando comenzó la disputa sobre a quién pertenecían tanto el espacio del lupanar como el cuerpo de la bella muchacha que lo habitaba; ella halló una solución salomónica: se cambió el nombre y comenzó a llamarse a sí misma como Carmen Salvador. Unión de los barrios El Carmen y San Salvador. La oralidad popular habla acerca de cómo, a partir de la inventiva, el prostíbulo no solo siguió funcionando, sino que se volvió un sitio ilustre en la ciudad. Ir a la casa de Carmen Salvador no solo era sinónimo de placer, sino de cultura popular. Así, con esta nota, tanto Bajtín como Arenas hubieran escrito otras tantas líneas. Sin necesidad, claro está, de esperar por la llegada de un cometa.
Nota del autor
[i] El cuento «El cometa Halley» de Reinaldo Arenas aparece en el libro Termina el desfile seguido de«Adiós a mamá», publicado por Tusquets Editores en 2006. «El cometa…» también está incluido en la antología en inglés Mona and Other Tales (Vintage, 2001), donde aparece como «Halley’s Comet». Además, se puede hallar en la antología de Alberto Garrandés La ínsula fabulante.

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