
En el año 2024, el escritor cubano Leonardo Padura dijo en una entrevista con la Agence France Press (AFP) que estaba viviendo en una distopía. No sabía el precio de los cigarros, ni dónde hallarlos; sin embargo los compraba habitualmente para fumar. En 1999, Miguel Collazo se suicidó clavándose una aguja en el corazón y desde 1990 había cambiado la temática y el estilo de sus textos: de escribir sobre viajes, sueños y planetas pasó al realismo crudo, a las historias dichas en un bar por marginales y personas en el límite de la miseria. Ambos extremos parecieran desconectados, sin un alma interna que les diera luz; pero la literatura posee una energía que se sitúa más allá de la lógica y que está hecha con la sustancia de la historia mezclada con esa percepción fundamental del arte. Una distopía es algo que se separa de lo bueno, de lo esperanzador, de aquello que se anhela porque parece perfecto. Se trata de un anteproyecto, de un anti-sueño (la palabra pesadilla no me parece que abarque totalmente la semántica que está en cuestión).
Por ello, Orwell utilizó en 1984 la neolengua, porque es casi imposible nombrar aquello que no existe, pero que se intuye. La forma en la cual el autor británico logró establecer una percepción nominal del mundo creado fue mediante las negaciones. Así, lo que se considera malo fue sustituido por la palabra «nobueno». Son neologismos que funcionan en la trama, pero que apuntan como vectores hacia afuera. La distopía no solo es una historia que funciona en el plano ficcional, sino que interpela lo externo, lo cuestiona y establece pautas de pensamiento que no son posibles en una obra fantástica convencional, mucho menos en una de corte realista. Lo que sucede con obras como El libro fantástico de Oaj y El Viaje de Miguel Collazo es un quiebre en el orden de la narrativa cubana, uno que posee el efecto de contravenir la exposición del drama nacional en claves costumbristas, tradicionales, de índole visceral en un sentido ensayístico o novelesco. No existe una deuda con la ciencia ficción externa, aunque sí un trasvase, una readaptación del mito cubano visto desde una insularidad más pura: la de la mirada del extraño. Ahí reside la savia que conecta las mencionadas obras de Collazo con la noción literaria de distopía: no se trata de un futuro negativo en cuanto tal, sino de uno que puede ocurrir en cualquier fragmento del tiempo. Ese futuro, incluso, posee la cualidad de estar en el pasado y sus personajes permanecer ajenos o no, ser participantes o no, de la estructura cronológica.
Por ejemplo, en El libro fantástico de Oaj, publicado en 1966, se vive un encuentro con los extraterrestres en zonas no glamorosas de La Habana. Esquinas derruidas de los solares, bares donde no sucede nada trascendente, verjas de casas en abandono cuyas historias se las llevan la hojarasca y la soledad. Alguien pudiera decir —como ya ha pasado— que Collazo ha hecho una obra costumbrista disfrazada de ciencia ficción ya que la entelequia literaria trata acerca de un escritor extraterrestre que cuenta, en sus claves de asombro, ironía, fino humor o extrañeza, lo que hacen los cubanos de mediados del siglo XX. Quien estudie las distopías dirá que la narración, como acontece en un tiempo ya transcurrido, carece de la pátina ficcional de las obras clásicas de este subgénero, pero 1984 ya pasó y sin embargo nadie se atreve a negar su inmanencia dentro de la historia de la literatura. No es el año, no es el tiempo humano, no se trata del pedazo de percepción simplista que cuenta el reloj o que se verifica en los almanaques; sino de la mirada del autor enmarcada en el aparato ficcional que le acompaña. Collazo, además, vertebra un dispositivo de filtrado en El libro fantástico de Oaj que se verá con mayor eficacia y claridad en su obra posterior.
¿Cuál es la efectividad de esta fórmula empleada por la distopía cubana de Collazo? Cito un pasaje del ensayo El concierto de las fábulas del escritor Alberto Garrandés porque considero que arroja luz sobre ese mentado dispositivo: «El espacio costumbrista de Collazo viene a ser un esquema [pero un esquema muy rico] de lo real; la historia en tanto pathos queda ahí excluida». O sea, que los grandes acontecimientos, esos que forman parte de una teleología estructural y que conducen a un fin prefigurado, se rompen en la obra de Collazo y generan un efecto de fin del mundo que resulta consustancial a su abordaje de la distopía. La Habana, vista en su primer acercamiento con El libro fantástico de Oaj, es un horizonte distópico en tanto la mirada de quien escribe las crónicas no puede comprenderlo de otra manera. La partidura de la noción historicista —si se quiere hegeliana y sistémica— del acontecimiento es esencial en la construcción que ficciona el espacio de Collazo. No hay un solo suceso que se desarrolle hasta su concreción/realización/identificación con la idea absoluta; sino que la aparición de los muchos acontecimientos vistos por un sujeto externo crea la sensación explosiva de un mundo que cae.
Collazo no toma el camino de Orwell, ese que nombra mediante la negación; sino que opta por el desasimiento total del hecho ficcional. Así, distopía y texto son una misma cosa, y una elección de tal índole solo puede conducir a la noción onírica.
El Viaje, publicado en 1968 (el año dice mucho si revisamos la historia), nos habla de los habitantes del planeta Ámbar, quienes perdieron la conexión con su origen e identidad después de un gran cataclismo o acontecimiento que tampoco logran definir. Por ende, lo que hay en el centro del libro es un abismo de información, uno que no se aclara nunca, pero que se vislumbra a partir de la metáfora del viaje. Nuevas generaciones de ambarinos comienzan a tener iluminaciones intuitivas que evidencian de manera fragmentaria un viaje, pero no en el sentido del espacio, sino en el de la explicación del ser, en el sendero del reencuentro con el acontecimiento perdido. Esta estructura en abismo es la quintaesencia de la ficción, ya que, al no definirse, al ser un cráter, crece en la medida en que avanza el texto narrativo. Se trata del subtexto sustancial, la verdadera trama, que solo podemos atisbar fragmentariamente, lo cual convierte a los lectores en ambarinos de segunda que intentan armar mediante la búsqueda intelectual ese acontecimiento de acontecimientos. Esta ¿novela?, que posee atributos de la poesía y del discurso ensayístico y filosófico, se atreve —en un tiempo de definiciones en la producción narrativa de los años 60— a romper con lo realista, a no tener un pacto de hierro con la inmanencia de la escuela dominante. Por eso el año de su publicación resulta revelador: no solo Collazo usa el código de la ciencia ficción, sino que lo desecha en el camino para asirse al de la distopía como subgénero conflictivo, peligroso, tangencialmente reflexivo.
Lo distópico en Collazo está en la mirada. En El libro fantástico de Oaj esto se construye desde la alteridad, desde lo externo. El extraterrestre no puede hacer otra cosa que observar con extrañeza y traducir a su forma lo que está en el entorno habanero. Es un dispositivo que nos recuerda cierto tono camusiano (El Extranjero como un sujeto que proviene de un afuera existencial, un afuera que significa la no constatación de códigos comunes y la alienación inevitable). Ese narrador que mira la ciudad, también se mira a sí mismo; ambos momentos conforman una misma unidad ficcional que impacta en la obra que el lector recibe, no ya como un acontecimiento teleológico, sino como un suceso extraño, partido, fragmentario. Ese es el mundo caído, finalizado de las zonas habaneras marginales, las que no salen en los titulares. Asimismo, la mirada interior la tenemos en El Viaje, ya que los habitantes de Ámbar no saben hasta dónde llega su asombro, ni el desconocimiento de sí mismos y del espacio/tiempo. Eso es insularidad pura, la de los orígenes, la de los hombres y mujeres que poblaron Cuba si se quiere y que no tenían conciencia del contorno del territorio, dimensión, significado ni sitio en la historia. Ambas miradas construyen un mismo acercamiento a lo distópico que señala hacia todos los futuros posibles (dondequiera que los situemos como parte de esa convención ficcional que es el tiempo generado por un autor).
Volviendo a la entrevista del año 2024, el escritor Padura no encuentra una explicación para la tenencia de cigarrillos en una realidad fragmentaria, una en la cual las líneas de abastecimiento se le desdibujan como un mapa deconstruido. Eso le parece motivo suficiente para catalogar su espacio real (¿?) como distopía. La tesis es arriesgada, literaria en exceso, pero plausible. Ahí está la mirada como esa marca que determina mucho más que los tópicos, una visión que valora más los acontecimientos que la teleología, los pedazos por encima del todo, lo desasido y no lo ideal. La ausencia de una estructura que explique el precio, la tenencia y el consumo de cigarros hubiera sido una marca para que Oaj escribiera una de sus crónicas. También, si analizamos con detenimiento, es un motivo más para soñar con el viaje, ese abismo que está en el centro de la estructura ficcional de Collazo. No diré que existe una conexión entre la aguja que atravesó el pecho de este último en 1999 y la ausencia de cigarros, eso sería forzar la lógica. Lo que sí pareciera inevitable es pensar en el fin del mundo —al menos de este mundo pequeño e insular— como tópico común en ambos extremos de una misma metáfora.
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