
¿Qué pasa por la mente de un escritor que decide dejar de publicar? Eso es lo que hizo Agustín de Rojas luego de la salida de su novela El Publicano en 1997. Estuvo años intentando una reedición de la obra como objeto condicional para proseguir con su labor. A pesar de que existen pruebas de una pieza narrativa inconclusa —La llegada del reino— este autor insistía en reiterar la tesis que llevó a cabo en esa entrega mística acerca de la vida de Jesús de Nazareth y su relación con Zakkay, el recaudador de impuestos. Antes de eso, Agustín de Rojas había dado a la literatura cubana una trilogía que se ha convertido en un canon de la anticipación ficcional, no porque plantee hipótesis novedosas, sino porque nos ofrece la posibilidad de mirarlas desde la perspectiva distópica que se nos dibujaba en esas fechas. No quiero parecer supersticioso al señalar que mientras Orwell usó los años 80 como plano para establecer su propia anticipación (grotesca, pesimista, asfixiante), Rojas no tuvo otro remedio que habitar esa década y alargarla mediante sus adivinaciones.
El año 1984 no fue orwelliano, sino uno normal, uno en el cual ya había nacido Espiral (1982) y que estaba dando paso a Una leyenda del futuro (1985), así como a El año 200 (1990). Para comprender el abismo distópico como estructura en la construcción ficcional de Agustín de Rojas hay que destejer esa relación con la temporalidad real, así como su traducción a la metáfora narrativa. Y en ello la historia como ficción y la ficción como historia juegan papeles paradójicos, lúcidos y elocuentes.


Agustín de Rojas siempre partió del hecho científico y la especulación moral. Era un hombre de solideces, a pesar de que en sus tramas se envolvía en elucubraciones de índole diversa como el irracionalismo, la contradicción ética, la paradoja, el acontecimiento como mentís a la historia teleológica, el error como epifanía frente a la planificación como canon ficcional. En cada una de sus tres piezas clásicas se parte de un origen perfecto que se rompe y que es necesario restaurar. Para acometer la tarea se requiere de un horizonte estable y sólido en alguna porción del universo. No importa si tal elemento de la ficción bebe de la ciencia o de la filosofía; para él estaba claro que no se puede escribir sin una especie de misión, sin el interés de cambiar un poco lo que no funciona. Pero toda intención de cambio conlleva poseer una cuota de esperanza, la utopía implica la fe y la fe necesita de la posibilidad. Agustín de Rojas —quizás de manera intuitiva— estaba desde esas primeras obras construyendo su abismo distópico, uno que iba a depender de su caída en el tiempo real, de la contaminación con el cronotopo de la crisis y de la redención.
Espiral narra un tema que no es nuevo: el mundo post. Ese en el cual no queda orden, no hay casi nada, solo arrasamiento. Hay que reconstruirlo todo, desde la moral hasta los edificios. Ha habido un cataclismo que borró lo bueno, desapareció el marco, desestructuró la vida. Una expedición del espacio exterior llega entonces para restaurar, rehacer, reconstruir. Son casi perfectos, poseen virtudes que ya no se recuerdan en nuestro planeta. Los aurorianos que llegan a la Tierra intentan la utopía a partir de la supuesta infalibilidad de sus valores, esos que les permitieron sobrevivir al choque nuclear y ser los depositarios de la civilización. No hay nada en apariencia que pueda contrarrestar el programa de redención que llevan adelante. Sin embargo, poco a poco y por ósmosis ficcional, se produce una «contaminación» con el entorno en la medida que toman contacto con los terrícolas sobrevivientes. Los valores que se pensaban superiores se revelan arquetipos de poder, en los cuales pesa la subvaloración de la experiencia del otro y el aplastamiento de la alteridad. A partir de allí, de Rojas teje su abismo distópico sobre la esperanza de la utopía. La paradoja es brillante. No se hablaba aún del posthumanismo —ese debate pertenece a la actualidad— pero el autor dibuja con precisión, desde aquella lejana década, el significado de pretender un mundo perfecto sobre la materia, siempre imperfecta y corruptible. ¿Magma literario o especulación moral con vectores de cuestionamiento sociopolítico?
Agustín de Rojas no es un autor fácil, no se detiene en la respuesta fácil, ni siquiera le interesa esa respuesta. Un amigo que lo conoció bien en aquellos años en los que estaba escribiendo la famosa trilogía me contaba cómo de Rojas era capaz de renunciar a todo, de olvidar su presente, para solo consagrarse a la trama que iba tejiendo. Allí también la utopía (cambiar el mundo mediante la literatura) se extendía sobre la distopía (no poder hacerlo).
Hay una verdad mayor en Espiral: su movimiento no es en círculos, tampoco lineal, rehúye de la estructura aristotélica como canon. Existe una traslación hacia lo caído para retrotraerlo a lo esperanzador y lo bueno; pero estas últimas categorías tampoco revelan grado alguno de perfección o de realidad y terminan siendo instrumentos de la distopía. Si bien no existe una esfera clara en la cual podamos situar esta obra dentro de lo que se considera clásico en el subgénero distópico, su permanencia en una década forzadamente optimista —revisemos la historia no ficcional si eso pudiera ser posible— la recoloca como un abismo distópico. Esa es la distinción que hago: la distopía no solo como un canon completo, sino como una aparición, como un suceso inevitable, que de pronto, hace caer el todo. La distopía como cuestionamiento de lo perfecto y acto de resistencia desde la ficción que exige repensar lo que se considera sólido. Es, ante todo, un acto de honradez intelectual que permite la evaluación de los valores compartidos y que comprende la necesidad de ponerlos en crisis. La obra se mueve, en efecto, en espiral y nos recuerda la metáfora que los clásicos usaron para el movimiento de lo real en la historia: con retrocesos, avances, detenimientos, aparentes triunfos, caídas estrepitosas. Agustín de Rojas nos está recordando que la construcción de la realidad es ficcional en tanto no llegamos nunca a comprenderla; solo podemos fragmentarla y ver las marcas de ese movimiento. Es un pensamiento lúcido a la par que humilde y una crítica refinada y sutil al dogmatismo del momento. Inmovilidad que se veía en lo extra y lo intraliterario y que requería de la mirada de un hombre agudo, pero lleno de esperanza, crítico, pero con deseos de hacer.
Pero volvamos a la pregunta que abre este ensayo: ¿qué pasa por la mente de un escritor que decide dejar de publicar?, ¿cómo alguien que se explica la realidad como una espiral pierde todo impulso y se paraliza al punto del silencio?
Tengo que pensar en el arquetipo del retorno cuando leo Una leyenda del futuro. Si antes la espiral me dibujaba un contexto lleno de movimientos que —vistos desde afuera— se asemejan al caos, ahora pienso por ejemplo en la Odisea, en las peleas de quienes regresan a casa, de quienes sienten que el viaje se alarga y dificulta, que la esperanza es en vano, y que los dolores y la posibilidad del fin llegan antes que el hogar y la firmeza, antes que lo sólido.
Antes, el mundo perdido era una ruina, ahora es un anhelo. En las ruinas al menos tienes los edificios hechos pedazos, el polvo, las marcas físicas y tangibles. En el recuerdo no tienes nada. De Rojas ha saltado desde lo sólido a lo inmaterial (también la imagen de la Odisea me trae a la mente lo gaseoso y lo líquido). Por ello la trama hace uso de la palabra leyenda en su título: se está legendarizando la realidad, o sea, se la desmaterializa. Pero lo que en la ciencia ficción clásica se hace mediante máquinas y tecnologías, Agustín de Rojas lo torna una paradoja ficcional, un abismo. Cuando vemos hacia adentro, los personajes anhelan la utopía, lo perfecto, el hogar; pero habitan el abismo, el peligro, la pérdida, el error y el accidente. Cada uno recrea su propio mundo distópico a partir de lo que anhela como contrapartida de lo que ahora no tiene.
El año 200 es, quizás, la apoteosis de ese abismo, no solo porque ahí se desarrolla la trama con mayor cercanía temática hacia el subgénero, sino porque los conflictos humanos de las obras anteriores se desatan en plenitud. Es como si De Rojas se moviera desde adelante hacia atrás.
Si Espiral es un mundo donde ha terminado todo, en El año 200 todo está por terminar. En el centro está el anhelo por la utopía, en los extremos están las distopías. No solo porque se habla de dos civilizaciones enfrentadas, con diferentes valores, con dispares visiones de la construcción de lo real (¿ficciona de esa manera de Rojas el desenlace de la Guerra Fría?), sino porque, cuando se leen en conjunto las tres obras, evaluamos que la espiral ha atravesado todo ese arco narrativo. El autor ha pasado una década —quizás la más estable en el panorama sociopolítico y económico de Cuba en ese siglo— pensando en la crisis, imaginándola como cataclismo más moral que físico. Lo sólido se ha ido deshaciendo por ese camino y da paso a las paradojas morales. Sin embargo, él no tiene todas las respuestas, solo las preguntas. Y en El año 200 lo que hace es volvernos a lanzar hacia Espiral. De manera que un lector ideal estaría repitiendo el ciclo una y otra vez. Agustín de Rojas, el hombre que escribía sobre el desarrollo, el futuro, la esperanza; vio que en 1990 se derrumbaba el socialismo real de Europa del este y el suceso le impuso un horizonte donde solo quedaba el abismo, donde la utopía no hallaba los bordes para volver a tejerse y solo era posible actuar sobre la literatura como un acto de fe.
Antes de caer en la alusión a El Publicano que abre este ensayo quiero hacer un aparte en una joya de la cuentística, una pieza rara que se publicó en 2012 con prólogo de Rubén Artiles por el sello Capiro. Se trata de Aire y está fechado en junio de 1988. No voy a ser tremendista diciendo que es un testamento estético de Agustín de Rojas, pero se acerca a una declaración de principios ante la muerte del hombre que fue en los años 80 del siglo pasado, ese que podía escribir ciencia ficción. El cuento relata la historia de un obrero que recibe como estímulo comprarse un aire acondicionado y acontece en 1985 en pleno periodo de rectificación de errores y tendencias negativas. Es una paradoja que adivina, con un acierto brutal, mucho de lo que luego sería el cronotopo de los años 90: el subdesarrollo, la no continuidad de la utopía, el reinventarse sobre el abismo sin poderte asir a los bordes, la estructura que avizora una distopía inevitable y por ende la angustia que siente quien creció en la esperanza.
El obrero cuenta cómo se replantea toda su sustancia a partir de la imposibilidad de comprar fácilmente algo que ya era de él en teoría; luego la paradoja se extiende a los cables y aditamentos que no existen, así como a la incapacidad material de la Empresa Eléctrica para instalar la electricidad tipo 220 voltios. Lo que iba a ser una alegría, un estímulo por ser el mejor, por materializar el ideal, se transforma en una pequeña distopía familiar que remueve los cimientos del personaje y su entorno. Hay una escena en la cual el obrero viaja por varios pueblos polvorientos del centro del país en busca del aire (no había en las tiendas de su ciudad) y siente el viento caluroso, el vapor que le choca desde la ventanilla y que contradice su esperanza refrigerada. El narrador, que se mantiene equidistante, pero por momentos se adentra en su protagonista, nos teje una frase que martillea en la mente de ese obrero: «No se trata del condenado aire, aunque te haga falta, es el estímulo que se ha vuelto castigo».
Esa inversión de valores, ese mundo caído que ya no se reconoce a sí mismo, son los cronotopos del periodo especial que tanto condicionará la literatura de los años 90 y en la cual Agustín de Rojas se refugió yendo hacia atrás, hacia la historia de Jesús. Se ha llegado plenamente al abismo distópico.
Rubén Artiles cita, en el prólogo al cuento Aire, una entrevista inédita que realizaran a Agustín de Rojas en 1999. Allí el autor de El Publicano dice sobre su novela:
¿Sabías que el primer libro que la inquisición prohibió, recogió e hizo quemar en sus hogueras fue la Biblia? Quien quiera tener un poder absoluto sobre las mentes y los corazones de los hombres sabe que ella es su mayor enemigo.
Estaba, de esa forma, aludiendo a dos grandes distopías. La primera, Fahrenheit 451, el libro donde se queman libros en lugar de leerlos, porque leer es peligroso. La segunda, un poco más indirecta, 1984, en la cual, recordemos, el primer acto de resistencia del protagonista es escribir un libro (lo cual le sirve para ubicarse en un mundo en el cual se vive en las narrativas cambiantes y en la reescritura de la historia y la realidad). Agustín de Rojas, en esa entrevista, estaba ofreciendo la clave de su abismo distópico: no importa que hable de Jesús, lo está haciendo en una clave que desmonta la falsa esperanza y proyecta el vector de sentido más allá del historicismo. El pasado puede ser un marco epocal, pero la referencia constante al reino de Dios y la redención humana reconectan a El Publicano con la trilogía de los años 80. La paradoja es moral, no historicista.
Esta es la manera en la cual ese hombre dejó de publicar: creyó en la suficiencia de lo que ya había escrito. ¿Sobrevaloración, ego, proyección narcisista? Nada de eso iba con la personalidad que pude conocer ya en sus años finales y que era la de un hombre humilde, a ratos con posturas y exabruptos originales, que se sentaba en el Café Literario de Santa Clara con una sonrisa triste. Un hombre, sin dudas, que estaba habitando su propio abismo.
Siga la serie «Abismos distópicos» desde el inicio:
Abismos distópicos: Miguel Collazo en su cráter (Parte 1)
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