
Antes de hablar, tan sólo hablar, de La sucesión, el libro de Caridad Atencio, una advertencia y después un juego de palabras. Si entre los asistentes se encuentra algún amigo o lector acucioso, de esos que recuerdan las declaraciones de un autor al que conocen, estoy seguro de que al verme sentado con dos hojas de papel escritas y dispuesto a la presentación, padecerán un leve sobresalto. «¿Él?, ¿presentando a Caridad? Este no cumple sus promesas», se dirá sorprendido. Pero yo no soy el culpable de tal incumplimiento, la culpa es de Caridad Atencio. ¿En qué consiste esa culpa por la que Caridad Atencio, naturalmente, no será llevada a la hoguera? Consiste en astucia o fina táctica femenina. La describiré, para hacerla pública y que no se pueda poner en práctica de nuevo. Una mañana o una tarde, no importa mucho, salí de casa y al regresar —con frecuencia no queda más solución que volver a casa—, la luz roja del contestador o mejor en este caso, de la contestadora, ya que de estrategias femeninas se trata, se encendía y apagaba indicando mensaje grabado. Con la displicencia del que Vuelve, oprimí el botón y escuché la voz de Caridad Atencio dejándome un mensaje, hábilmente construido para despertar mi incansable y conocida curiosidad. En él aparecía la palabra «urgente», que tenía una noticia urgente que darme, así argumentaba la voz. Picada mi curiosidad levanté el teléfono y marqué su número. Caridad me preguntó si tenía algún viaje pendiente para el mes de noviembre, con una manera de preguntar en un tono inquietante. Yo, que a mi edad apenas me gusta viajar, temí que tuviera un viaje de pronto y dije aturdido y rápidamente que no. Era la respuesta que ella esperaba. Como no iba a salir de La Habana me pedía que le presentara La sucesión, su más reciente cuaderno de poemas, o de textos, si les parece más exacto, a «modo de prosa», según reza la solapa. Era perfecta la trampa y en ella, es evidente, caí. ¿Y de qué promesa incumplida se trata? De la de no presentar a ningún amigo o amiga poeta. Eso me prometí y prometí a todos, y como verán no he podido cumplirlo. Naturalmente tampoco seré llevado a la hoguera por tal incumplimiento.
Número Dos: Juego de palabras. Como vamos gradualmente entrando en el reino de las palabras y saliendo del reino de la vida, haré un corto juego con ellas, las palabras. Esta sucesión, ¿qué significa? ¿A qué alude? Como Caridad Atencio ha publicado varios libros de poemas (me gustaría decir de pronto textos líricos) podría pensarse que el presente sucede a los anteriores, es una sucesión y que ella prosigue su escritura iniciada desde hace varios años, en 1996. Es decir, la poeta realiza la sucesión de su labor. Digamos, la de una escritura parecida que crece horizontalmente. Por tanto, una poesía que se sucede y alcanza en La sucesión su punto culminante.
Número Tres: Termina el juego y entran otras posibilidades. A críticos y lectores les atrae el poeta que sin rupturas bruscas cumple con esta sucesión. Por igual les resulta atractivo e interesante el rompimiento, la quebradura de dicha sucesión. Pero creo que ninguna de las dos posibilidades ocurren de manera absoluta. Existe una continuidad, en cualquier obra que se respete a sí misma, y a la vez una ruptura. El poeta se construye y se destruye en cada libro. Voracidad y dinámica que implican una unidad en su repetición bifurcada. En este de Caridad Atencio, dividido en dos apartados, ambos semejantes en extensión, podría encontrarse la ruptura marcada y voluntariosa con su anterior escritura, y secretamente algo que se sucede, una permanencia, muy evidente en el segundo apartado, el menos novedoso del cuaderno, en cuanto resulta como un desprendimiento de Los cursos imantados, libro del 2000, poesía más reflexiva y menos atávica que la del primer apartado de La sucesión.
Me detengo un instante en la ruptura posible. Hasta el presente cuaderno la escritura de Caridad Atencio podría figurar dentro de la poética de la vanguardia de fin de siglo veinte: textos que cuestionan la poesía, irónicos, fragmentarios, algo aforísticos, representaciones mentales de una materia extraviada, lúdicos tan sólo en la reescritura y la cita… Estas peculiaridades se repiten, sin duda, en La sucesión, iba a decir se suceden.
Sin embargo ahora, principalmente en el primer apartado, la poeta deja caer el acento en un aspecto en el que había insistido menos. Lo diré en los términos en que ella misma lo dice, expresión que pondría los pelos de punta a un vanguardista neto: la vida. Entre dos categorías antagónicas y perennemente en relación, la literatura y la vida, en este momento, Caridad Atencio se inclina hacia la vida. «¿Para qué has vivido la vida —tu curiosa vida— si no es para contarla?», se pregunta en el texto inicial, con una pregunta casi retórica, pues su libro es ya una respuesta.
Pongo en claro mi vida —afirma más adelante en el texto citado— por medio de una prosa cortante que entreteje, más que momentos, sitios extraños de la memoria y la intuición.
En un ensayo Deleuze dictamina que escribir no es con certeza imponer una forma a la materia vivida. La escritura, parece decirnos el teórico francés, está próxima o bien del lado de lo inacabado y lo informe. Escribir —concluye luego— es un asunto de devenir, incompleto siempre, en vías de producirse, y que desborda toda materia vivida o vivible. La escritura, por tanto, resulta inseparable del devenir. Se deviene mujer, animal, vegetal, se deviene tigre, como en el poema de William Blake. Escribir para Henri Michaux, una de las admiraciones cómplices de Caridad Atencio, es como un campeonato de atletismo olímpico, y el escritor un atleta en cama.
No obstante este modo hábil de escapar Deleuze del callejón sin salida que integran la forma y el contenido, en el que se extraviaron tantos teóricos de la estética, todos sabemos que al escribir existe un forcejeo con la materia vivida, recordada o leída, y que toda energía, cualquier fuerza dinámica, como la del arte, deviene forma. No queda más remedio que aceptar el hecho y resignarse al forcejeo. Esto hace Caridad Atencio en la presente sucesión. «Pretendo repoblar con la mente —dice la poeta y pudo decir con la escritura— impresiones, azares, atavismos. Cada vez que lo pienso, vuelve a existir». Y termina su texto inicial con una sentencia sabia, de esas que de vez en cuando en estos poemas, parecen brotadas de la boca de sus mayores: «Como se inclina una rama, así se inclina el árbol».
En consecuencia aparece en sus textos una carga narrativa, forma impuesta a la vida: la del recuerdo convertido en relato. Caridad Atencio deviene en personajes diversos, que se suceden en sus textos, asoman un momento y regresan más adelante: la mujer no besada, el padre dominador, la poeta siempre «encerrada en la forma de su puño», presencias nombradas sólo con iniciales, D, R, T, la vidente ciega, el abuelo… La vida en La sucesión es naturalmente invocada por la memoria. El verso o si quieren el verso prosa o la prosa verso —de las tensiones o conflictos de su poética—, avanza en esa reconstrucción, dinámica, con frecuencia borrosa, en el intento de apresar, dar forma y devenir conjuntamente, el instante o la materia instantánea que ofrece la memoria invocada. Sexualidad femenina, masturbaciones ante el espejo, desfloraciones nocturnas, partos y enfermedad, semen en la lengua, presencias, júbilos repentinos, dichas que se esfuman, y tres objetos como constancias físicas decisivas recorren este libro: el muro, la camilla y el cristal de la ventana. Si el cristal, que permite ver y a la vez impide tocar, y el muro contra el que es desflorada una mujer o el que han levantado en las ruinas, integran el imaginario simbólico de la cultura, por el contrario, la camilla, avanzando por los pasillos sombríos de un hospital, adquiere esa fuerza de lo cotidiano simbólico cuando un poeta lo escoge en su expresión. Y una palabra estremecedora resuena constante: la palabra sangre. La sangre que simboliza o representa el mundo atávico, la literatura mejor, «cobijada en el tiempo de mi sangre».
A veces, dado el dinamismo de la escritura, el verso se contrae y la construcción se enturbia. Por ejemplo, «para mí ciego era el motivo», «intuyo el latigazo en los cerebros». O líneas que pudo Caridad haber excluido: «De un mazazo mis ojos ven todas las cosas» o «La mirada se ampolla al contemplar». Otras veces el estilo aforístico limita la apertura final del poema, lo vuelve sentencioso o definitivo. Otras sin embargo, consigue la poeta, mediante su empleo, algunas sentencias o interrogantes memorables: «¿Cuál es el sentido de la vida cuando no temes a la muerte?», »Buscaba el cambio como una fijación», «Nos contemplamos como seres puestos a morir en una habitación».
Número Cuatro: Posdata. Encuentro una pregunta que resume, al menos para mí, el sentido desdeñoso y la sexualidad esquiva de estos poemas, y con ella me gustaría cerrar, cerrar con una pregunta, esta presentación. Les dejo el interrogante angustioso en el aire de esta tarde: «¿Hasta qué punto de dolor conservarás la vida?».
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