
Alberto Raposo Pidwell Tavares nació el 11 de enero de 1948 en Coimbra, Portugal. Su infancia y parte de su adolescencia transcurrieron en Sines. Entre 1967 y 1975, radicó en Bruselas, exiliado. Durante estos años, se interesó por la pintura.
Viajó por España, Grecia, Países Bajos, Inglaterra e Italia. El gran periplo, registrado en un diario, marca el fin del artista plástico y el nacimiento del creador literario. Para guardar la memoria de la ruptura, el poeta separó la primera sílaba de su nombre: Al Berto. Surge así una de las grandes figuras de la poesía portuguesa de la segunda mitad del siglo XX.
Al Berto regresó a su casa alentejana en noviembre de 1975. En Sines, abrió una librería/editora con el nombre de Tanto Mar. Publicó libros propios y de otros autores marginados por el sistema editorial vigente.
En À procura do Vento num Jardim d’Agosto (1977), primera obra de Al Berto, el poeta aparece como heredero del impulso surrealista:
no estás aquí pero te veo nítido cuando un pétalo de bruma envuelve la casa y adormece el deseo un astro ininteligible y de órbita difícil me guía, te ilumina. por las grietas de un espacio hueco escudriño el eco de mi cuerpo, el silente miedo de continuar vivo. me siento en la cima de mi propia basura y sonrío. espero que lleguen otros días con algún sueño, o destino, más feliz.
En Lunário (1988) y O Anjo Mudo (1993) se confunden prosa y poesía:
Alaíno dijo: Te amo Zohía, te amo. Déjame ir contigo en los trenes que atraviesan ciudades tibias, al Sur, y regresaremos los dos. Y no dejaré que pierdas tu rostro, ni tu cuerpo. Iré contigo hasta el fin…
Y no comprendí lo que quiso decir con ir hasta el fin.
¡Pobre Alaíno! eres mi sombra, y yo el peso de tu cuerpo.
¡Nunca avistaremos ciudades tibias! ¡Nunca viajaremos juntos!Un día leí en un libro: «Viajar cura la melancolía».
Pienso que, en aquel entonces, creí en lo que leía. Estaba enfermo, tenía quince años. No recuerdo la enfermedad que me obligó a permanecer en cama, solo recuerdo la impresión que me causó lo que acababa de leer.
Los años pasaron —como se extinguen las estrellas tibias— y, todavía hoy, no sé si viajar cura la melancolía. Sin embargo, persiste en mí aquella extraña impresión de que había leído una predestinación.
La verdad es que desde los quince años nunca más paré de viajar. Atravesé ciudades inhóspitas, me perdí entre mares y desiertos, cambié de casa cuarenta y cuatro veces y conocí cuerpos que deambulaban por la vasta noche… Avancé siempre, sin destino cierto.
Todo comenzó después de aquella enfermedad.
Aún era noche cerrada. Me levanté y me fui. En dirección al mar. Seguí el ruido de las olas, recogí conchas, contorneé acantilados; me alejé de casa lo más que pude. Vi la mañana erguirse, blanca, y envolver una isla; vi crepúsculos y noches sobre un río, amé la existencia.
Dormía en cualquier sitio: en medio de las dunas, entre los espinos, como un animal; dormía en un pinar o donde me diesen abrigo, en graneros, garajes abandonados, en una cama…
Y cuando regresé, regresé con las ansias del eterno viajero dentro de mí.
Hoy sé que el viajero ideal es aquel que, a lo largo de la vida, se despojó de las cosas materiales y de las tareas cotidianas. Aprendió a vivir sin poseer nada, sin un modo de vida. Camina con la ligereza de quien abandonó todo. Deja que el corazón se apasione por los paisajes mientras el alma, en el puro soplo de la madrugada, se recupere de las aflicciones de la ciudad.
Poco a poco, aprendí que ningún viajero ve lo que otros viajeros, al pasar por los mismos lugares, vieron.
La mirada de cada uno, sobre las cosas del mundo, es única, no se confunde con ninguna otra.
Viajar, si no cura la melancolía, por lo menos, purifica. Aleja el espíritu de lo superfluo e inútil; y el cuerpo reencuentra la armonía perdida —entre el hombre y la tierra. Así, el viajero aprendió a cantar la tierra, la noche y la luz, los astros, las aguas y la oscuridad, los peces, los pájaros y las plantas. Aprendió a nombrar el mundo.
Separó con una línea de agua lo que en él había de sedentario de aquello que era nómada; sabe que el hombre no fue hecho para permanecer quieto. La sedentarización lo empobrece, le seca la sangre, le mata el alma —entorpece el pensamiento.
Por eso, el viajero escogió el lado nómada de la línea de agua. Vive allí, y canta —sabiendo que la vida no habrá sido un abismo, si logra que su canto, o fragmentos de su canto, lo unan de nuevo al Universo.
O Medo, publicado en 1987, recoge gran parte de la obra poética de Al Berto. «Todos mis libros tuvieron un carácter de urgencia», decía al periódico Expresso un mes antes de morir. En 1988, recibió el Premio Pen Club de Poesía. En 1992, fue nombrado Oficial de la Orden Militar de Sant’Iago da Espada.
Al Berto murió de linfoma el 13 de junio de 1997.
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