
Anamú
La barba de Macho Pérez es blanca blanquita, larga, color pan sin sal. Cuando habla, mueve las manazas grandes como rodajas de toronja y entonces las palabras le parecen pedacitos de nada entre los dedos. Sabe todo sobre plantas y güiras. Ya combatió con siete rabos de nube. Sus ojos son del gris que sueltan los revoloteos de ala de tojosa. Y tiene un collar de ojos de buey con el que controla el aullido de los perros.
Pudiera hacerse el cuento de cuando tuvo piojos en la barba, pero es cuento muy corto, porque al segundo día ya se los había curado con un ungüento mágico de tripa de palma, y el cuento de su enamoramiento con Tita Flores es todavía más corto, porque la mujercita no le aceptó ni su primera flor de quincalla. Y si hay lo poquito también hay lo demasiado y para contar el cuento de Macho Pérez bautizando los perros del pueblo no alcanzaría la tarde, ni porque está lenta. Hay que decir que los bautizó a todos.
Mejor contar lo del anamú.
Estate quietecito viejo loco, porque te van a desbaratar el circo si sigues con tus brujerías, le dijo aquella mañana Fulgencio, esperpento de mentiras y malas noticias. Los últimos días, anillos rojos en el cielo, mañanas con siete arcoiris y calabazares durmiéndose y despertándose como las maticas de adormidera, y Macho Pérez diciendo que sí, que todo aquello era porque estaba anotando las mil magias y encantos de una penca de guano hervida en diferentes momentos del día. A la gente, y más a la gente de pueblo chiquito, tanto alboroto de magia la atormenta. Concentrado en darle por fin forma de mariposa a un pedazo de lata, Macho Pérez se hizo el que entendió.
Esperaron a que llegara la tarde para ir a buscarlo. No habían pensado en nada grande. Quizás, solo le cortarían media barba, para ver si con eso se le acababa el don aquel de brujo. Uno dijo que sería bueno llevar un gallo. Pero no lograron agarrarlo. Entonces, al salir, con solo siete tijeras sin amolar, sintieron que iban desarmados. Como a tijeretear una andanada de aire.
Macho Pérez llevaba una semana esperándolos. Por el olor de las naranjas se enteraba de los pronósticos del porvenir. Rodearon el ranchito. La mariposita de latón ya andaba por ahí revoloteando. Sacaron las siete tijeras y empezaron a cerrar el cerco. Macho Pérez abrió las manos.
Dentro había una raíz de anamú con forma de pájaro. El anamú huele tanto que espanta las lluvias, los mosquitos y cura el asma y el desamor. Pero aquel anamú olía a capitas de miel tostada. Empezaron a llegar pájaros de ojos blancos y a posarse sobre Macho Pérez. Eran pequeñitos. Veinte de aquellos pájaros hubieran podido entrar en una misma caracola. Eran enjambres y enjambres, porque el anamú olía dulce.
Hasta que lo alzaron volando volando por sobre los hombres armados y por sobre las casas con goteras.
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