
Foto tomada de Metro Libre
Rememorar a Antón Arrufat a tres años de su despedida es traerlo al presente desde sus obras poéticas y teatrales.
No puedo precisar por cuánto tiempo estuvimos reuniéndonos en el espacio que ocupaba la que llamábamos Torre de Letras, en el Palacio del Segundo Cabo, antigua sede del Instituto Cubano del Libro en la Habana Vieja. Reina María Rodríguez continuaba allí las tertulias literarias que antes se habían realizado en la azotea de su casa, en la calle de Ánimas. Su tarea de anfitriona era compartida por Antón Arrufat, y varios escritores jóvenes los apoyaban. Cada encuentro tenía un tema y un invitado o invitada diferente, a veces cubanos, a veces de otros países. Pero la poesía era la verdadera protagonista, aunque por momentos la desplazaran otros géneros literarios.
el poeta lee; su voz, grave y pausada, bajo el arco de mediopunto
tras él, por el cristal, casablanca
luces y sombras en la torre; las caras conocidas, habituales, son nuevas
ojos, manos y gestos: silencio del grupo que escucha
la torre está mirando al mar en gris; enfrente, la cabaña
una ligera brisa se detiene bajo el arco de mediopunto
para a.
Siempre es una vivencia enriquecedora oír a un poeta o poetisa leer sus propios versos. Pero Antón tenía una cualidad especial: creaba un ambiente reflexivo y mágico. El texto que acabo de compartir lo escribí después de escucharle en la Torre de Letras. No era la primera vez que asistía a una lectura suya: antes lo había oído en la Sala Villena de la UNEAC, donde leyó varios poemas de su libro Lirios sobre un fondo de espadas. Al concluir el encuentro me le acerqué para preguntarle cómo podía adquirir el poemario; me contestó que me regalaría un ejemplar si aún le quedaba alguno, y me dio su número telefónico. Llame sin pena, me dijo. Lo llamé, por supuesto; felizmente le quedaba un ejemplar, pero no fue fácil encontrar el momento y lugar para vernos. Después de varias llamadas, cuando por fin logramos coincidir en La Cabaña durante una Feria del Libro, me entregó los Lirios con una preciosa dedicatoria: «Para Olga Sánchez, que tanto ha buscado estos Lirios, con la ilusión de que no se marchiten». Fue el primer libro que me dedicó.
Aquella tarde en la UNEAC le comenté que había leído Los siete contra Tebas cuando estudiaba en la universidad, en los años 70. Me contestó que esperaba ver la pieza representada algún día, y cuando se publicó en 2001 por Ediciones Alarcos, fue el segundo libro que me dedicó: «Para Olga Sánchez, esta pieza que vuelve. Con estimación, Antón Arrufat, en La Habana». Después vinieron otros libros con sus dedicatorias: la antología personal publicada en 2001 por la editorial Mondadori, en Barcelona; La huella en la arena; Las máscaras de Talía…
En 2007 se llevó a escena Los siete contra Tebas: Antón pudo disfrutar por fin el aplauso de los espectadores a una de las piezas teatrales más hermosas y poéticas del siglo XX cubano. Aunque no pude presenciar la puesta porque estaba fuera de Cuba, desde lejos compartí la alegría del autor a quien tanto admiré.
Pasaron los años; el Instituto del Libro cambió de sede, pero aún se mantuvieron por un tiempo las tertulias en el último piso del nuevo edificio. Tampoco puedo precisar cuándo cesaron aquellas reuniones, inolvidables por muchos motivos; entre otros, por los libros de factura artesanal que de ellas surgieron, bajo el sello Torre de Letras de la Editorial Letras Cubanas.
A Antón lo vi alguna vez más en la UNEAC, y después no volvimos a coincidir: hace años que apenas salgo de casa. Supe que su poemario Vías de extinción había merecido el premio de poesía Nicolás Guillén en 2014. La noticia de su fallecimiento el 21 de mayo de 2023 me tomó por sorpresa, aunque algún rumor me había llegado de que estaba enfermo. Recientemente pude hallarlo de nuevo en otra dimensión: la del libro de Ediciones Matanzas En boca de otros, donde Cira Romero recopiló textos y documentos sobre Antón y su obra, que lo acercan al público lector desde los puntos de vista de sus diferentes autores.
Para concluir, uno de los muchos poemas que le escuché leer en la Torre de Letras, y que aparece en la Antología personal de 2001.
Realidad de la página
En una hora, en un minuto, en un segundo,
—¿realmente, con precisión, en cuánto?—,
pongo las piedras, construyo el estanque,
fluye hasta llenarlo el agua,
hago nadar peces, crecer el musgo,
verdinegro lo vuelvo,
lo hago oler —sin tiempo— a podredumbre,
inmovilizo las aguas,
reflejo una estrella.
Noto la ausencia de los árboles,
trazo un espacio en esta línea,
planto luego un sauce y un ciprés
—recuerdo de dos palabras
que en prisión eligió Juan Clemente Zenea—.
Con sus ramas crecidas rozo el agua.
Inmune al viento atroz del tiempo,
me siento en el borde del estanque.
Despacio va apareciendo un cisne.
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