
Antonio Machado no es solo uno de los poetas españoles más conocidos en Cuba, sino además uno de los más «populares», condición esta que en cierta medida se explica por la amplia difusión de sus versos musicalizados por Joan Manuel Serrat.
Perteneciente a la llamada Generación del 98, un movimiento intelectual cuyos principales integrantes —Miguel de Unamuno, Ramón María del Valle Inclán, Pío Baroja, José Martínez Ruiz (Azorín) y Antonio Machado— nacen en el intervalo comprendido entre los años 1864 y 1875, es precisamente Machado el más joven de los citados y el poeta por excelencia del movimiento.
En Cuba, si de poetas españoles con obra enmarcada básicamente en el siglo XX hablamos, quienes primero acuden a nuestra mente son Antonio Machado, Federico García Lorca y Miguel Hernández. Sin embargo, median entre ellos varios años: Machado nace en 1875, Lorca en 1898 y Miguel en 1910, mas solo el primero se inserta en la Generación del 98.
Los lectores cubanos han podido acceder a buena parte de la obra de Antonio Machado, en ocasiones incluida también en antologías abarcadoras de lo mejor de la poesía en la Península. Él es un autor de cabecera para quienes gustan de la poesía, de la literatura española y de la buena lectura universal.
Pero, al margen de su quehacer literario, don Antonio fue y es, algo más, diríase (en mi opinión) que un estoico, un hombre marcado por la tristeza, la humildad y no debidamente reconocido en consonancia con su auténtica relevancia, que cada día cobra mayor fuerza.
Nació hace ahora 150 años, el 26 de julio de 1875, en una casa de viviendas. Pero démosle la palaba para que él mismo se nos presente en este «Retrato»:
Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierra de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero.
No pretenderemos reseñar su vida, tan solo algunos hitos de ella. Es en 1883 cuando llega a Madrid con los padres e ingresa en la Institución Libre de Enseñanza. Por consiguiente, es en la capital donde transcurren su adolescencia y juventud.
En 1899 viaja a París con su hermano Manuel y allí se desempeña como traductor. Conoce personalmente a Oscar Wilde y a Rubén Darío, por quien siente profunda admiración.
De 1903 data su primer libro: Soledades. De regreso, gana la cátedra de Lengua Francesa en Soria, donde en 1909 se casa con Leonor Izquierdo, publica su conocido y espléndido libro Campos de Castilla y muere ella de tuberculosis en agosto de 1912, a los 18 años. Machado queda devastado y abandona la ciudad, con destino a Baeza, Málaga, donde permanece hasta 1919.
Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho donde yago.
En 1927 se le elige miembro de la Real Academia de la Lengua (aunque se afirma que nunca llegó a ocupar su sillón) y en el Instituto de Baeza es nombrado profesor de francés. Mientras, escribe, publica y su obra trasciende el ámbito español.
La Guerra Civil (1936-1939) le toma en Madrid, que sufre de intensos bombardeos de la aviación franquista. Machado es republicano. Sus artículos, versos, cartas y discursos así lo revelan.
Es él uno de los representantes excelsos de la cultura y para preservar su seguridad se le invita a abandonar Madrid. No es fácil convencerlo de que lo haga, y cuando acepta es trasladado a Valencia primero y después a Barcelona. Machado ama entrañablemente todo lo español, su pueblo, su cultura, su lengua, su historia. Son los tiempos en que escribe:
En España lo mejor es el pueblo. Por eso la heroica y abnegada defensa de Madrid, que ha asombrado al mundo, a mí me conmueve, pero no me sorprende. Siempre ha sido lo mismo. En los trances duros, los señoritos invocan la patria y la venden; el pueblo no la nombra siquiera, pero la compra con su sangre.
Por último, cruza la frontera y pasa sus últimos días en un pueblito francés nombrado Colliure, donde muere el 22 de febrero de 1939.
Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.
Aunque sería aquí el momento idóneo para cerrar estos apuntes por el sesquicentenario del natalicio de Antonio Machado, nos resistimos a ello, puesto que no queremos privarlo de este fragmento (todo emoción y lirismo) de su poema «El crimen fue en Granada»:
Se le vio, caminando entre fusiles, por una calle larga, salir al campo frío, aun con estrellas, de la madrugada. Mataron a Federico cuando la luz asomaba. El pelotón de verdugos no osó mirarle la cara. Todos cerraron los ojos; rezaron: «Ni Dios te salva!». Muerto cayó Federico —sangre en la frente y plomo en las entrañas— Que fue en Granada el crimen sabed —¡pobre Granada!— en su Granada…
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