
El doctor en Ciencias Artísticas Rufo Caballero (1956-2011), quien fuera profesor titular de la bicentenaria Universidad de La Habana, es el autor del libro Nadie es perfecto, publicado por la Editorial Arte y Literatura, en co-edición con Ediciones EnVivo, la casa editora del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), y prologado por el narrador y ensayista Alberto Garrandés.
Incursionar en el universo estético, elaborado por el también crítico de arte, ensayista y periodista —fallecido hace 14 años— deviene una aventura para el lector que decida sumergirse en las enjundiosas páginas de dicho volumen, un aguijón que penetra, con la suavidad de la seda y el sabor de la miel, en el intelecto y en el espíritu de los especialistas en la materia, así como un aldabonazo de alerta a los «hacedores de lo bello» (entendido como todo cuanto contribuye, de una u otra forma, a enaltecer la condición humana del homo sapiens).
Con otras palabras, es transitar por el mundo audiovisual, y concretamente, por el del séptimo arte, el único que —según un eminente cineasta francés— le permite al soberano de la creación hacer realidad sus sueños.
Por otra parte, el autor percibe ese medio de comunicación masiva desde una óptica inquisitiva por excelencia, jamás complaciente, a veces implacable, que va develando, «como llega cojeando la verdad de la mano del tiempo», al decir del pensador griego Annon, los siete velos en que se sustentan sus presupuestos conceptuales, teórico-metodológicos y prácticos, para llevar a feliz término —con la valiosa ayuda aportada por la magia de la palabra escrita— una profunda disección estética de las corrientes que convergen en las primeras décadas del siglo XXI.
Una de las últimas veces que interactué con el finado miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), en el evento teórico Caracol 2010, me confesó que «[…] ocultaría, por un tiempo, su yo crítico […] y le daría alas a su yo literario». Al parecer, así lo hizo. Y digo al parecer, porque esa pasión por el martiano ejercicio del criterio lo acompañaría hasta el final de su corta, pero fructífera existencia terrenal.
De esa libre y soberana decisión, adoptada por él, surgió Nadie…, donde con agudeza intelectual y sabiduría, que nadie se atrevería a poner en tela de juicio, le recomienda al lector atrapar —o mejor, aprehender— la idea rectora que guía su pensamiento como requisito indispensable para poder introducirlo en ese conjunto de ensayos, que describen lenguajes y estilos de los realizadores, así como las técnicas dramatúrgicas utilizadas durante el proceso de filmación de sus respectivos audiovisuales.
No obstante el rigor conceptual y teórico-metodológico que la identifica, dicha obra se caracteriza —básicamente— por el uso de un lenguaje sencillo y directo, casi coloquial; por ende, accesible a todo aquel que muestre interés por conocer los fundamentos éticos e ideo-estético-artísticos en que descansa la pantalla grande, y que le otorgan —sin ningún género de duda— la categoría de arte mayor.
Rufo no agota —nada más lejos de la realidad ni de su verdadera intención— los temas que desarrolla en Nadie…, cuya estructura metodológica se edifica sobre cinco abarcadores capítulos: La provocación de la crítica (I); Ensayando para responder (II); De una película a un autor, de la irreverencia a la reverencia (III); Pensando otra vez mucho cine (IV); y Con los otros, sobre cine (V).
He decidido finalizar esta reseña con una valoración crítica realizada por Garrandés en el prólogo a Nadie…:
Rufo Caballero «[…] no [le] teme al trastorno de la complejidad: huye siempre de los esquemas [preconcebidos]. Ama la sinceridad del laberinto y después lo explica, para que nos paseemos por sus corredores, hace lo que haría un auténtico humanista [y él lo era, sin discusión alguna]: condenar la mezquindad, subrayar la grandeza, revelar el misterio».
Estimado lector, si usted decide buscar la «llave mágica» que lo ayudará a convertir en realidad sus sueños no deje de sumergirse en las aguas apacibles de Nadie…, aunque, en un principio, le parezcan un poco turbulentas, lo cual es expresión inequívoca de la polémica personalidad de su ilustre autor.
Visitas: 93






Deja un comentario