
En apenas un par de años he tenido la oportunidad de asistir en la provincia de Artemisa a la inauguración de dos de las llamadas Artebrerias, un nuevo espacio que releva a uno dañado severamente por el paso del tiempo y otros males, pero que se reanima completamente a partir de una reparación y transformación total del inmueble, destinado anteriormente a las históricas bondades y los reales encantos de una librería.
Las Artebrerias nacen a partir de un proyecto que acometen juntos las fuerzas de la Empresa Provincial Comercializadora del Libro y el Fondo de Bienes Culturales en este territorio.
No obstante la calidad constructiva del producto final, su ganancia innegable en cuanto a seguridad y conservación de los libros, la decisión de fundar las Artebrerias dejó margen abierto para disentir, pues más de un lector siente un tanto «profanada» la librería al estilo clásico, al estilo de varios siglos, cuando era destinada en exclusivo a la venta de los más diversos títulos, sin artesanías de ningún tipo dispuestas también para la venta.
Respeto cada punto de vista acerca de si las llamadas Artebrerias son el espacio ideal que se requiere para asumir las funciones de las librerías. Sin embargo, yo que amo los libros como a casi ninguna otra maravilla de este mundo y lo soy todo gracias a ellos, sufro cuando veo la forma en que la desidia, los hongos, la lluvia y la humedad los maltratan y destruyen sin misericordia; y de paso destruye el trabajo, no solo de quienes los escribieron, sino de quienes los editaron, corrigieron, diseñaron, emplanaron, cargaron desde la imprenta…

Sólo por el inmenso respeto que los autores y trabajadores del libro merecen, valdría la pena no ser antipático ante este intento de poner a salvo lo que tanto identifica e ilumina los caminos del hombre.
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