
Así que su verdadero nombre fue José de Armas y Cárdenas. Sí, tal fue quien es mucho más conocido en la literatura y el periodismo por el seudónimo Justo de Lara, un intelectual insigne. Nuestro personaje nació 160 años atrás, el 26 de marzo de 1866 en la conocida villa de Pepe Antonio, no otra que Guanabacoa, uno de los catorce municipios de la provincia La Habana. Es la suya una de las firmas más distinguidas dentro de la crítica literaria cubana del siglo XIX.
Graduado de Licenciado en Derecho Civil y Canónico de la Universidad de La Habana, carrera que concluyó en 1884 pero que nunca ejerció, inició tempranamente su actividad como crítico literario y poco después como periodista.
En este último campo su labor fue multifacética. Fundó y dirigió publicaciones, tanto en Cuba como en Nueva York. Además, fungió como redactor, fueron varios los periódicos norteamericanos que acogieron sus colaboraciones y hasta vino de corresponsal de las tropas norteamericanas que desembarcaron por el extremo oriental de Cuba durante la Guerra Hispano-Cubano-Norteamericana. Por cierto, fue a él a quien el mayor general Calixto García encomendó redactar la nota de protesta remitida al general Shafter —jefe de las fuerzas intervencionistas— por no tener en cuenta a las tropas mambisas cubanas durante la ceremonia de entrega de la plaza de Santiago de Cuba.
Justo de Lara fue corresponsal en Madrid de los diarios El Mundo y El Heraldo de Cuba durante los años de la Primera Guerra Mundial.
En realidad, José de Armas y Cárdenas, o mejor dicho, Justo de Lara, como acostumbraba firmar sus trabajos, se cansó de publicar en Cuba y el exterior, por lo que fue uno de los periodistas cubanos más conocidos de su tiempo. Miembro de la Academia de la Historia de Cuba, de la Real Academia Española y de The Hispanic Society of America, en Nueva York —que le premió su libro Historia y Literatura—, se le agradeció, como prosista, la claridad y sencillez de su estilo, así como la cultura y profundidad que revelaban sus escritos.
Fue también un importante estudioso de la obra de Miguel de Cervantes, a la cual dedicó varios textos desde la adolescencia. —Es excepcional la preparación y madurez que acusan esos trabajos—, apunta el crítico Max Henríquez Ureña al referirse a sus ensayos sobre la obra del autor del Quijote.
Igualmente, destacó en la faceta de traductor de inglés, idioma que conocía a la perfección y que le permitió traducir varios sonetos de Shakespeare.
Sin embargo, menos se le conoce en dos vertientes que también trabajó: la de la novela y la poesía. No quiso publicar sus dos únicas novelas, Andrés Chenier y Teresa Ventura. Escribió para el teatro cuando menos un drama, La lucha de la vida, que llevó a la escena y publicó con el título de Los triunfadores (1895) —de su obra poética de juventud no quedan muchas muestras y los especialistas la consideran obra menor dentro de su producción—. De modo que no hay dudas de que alcanzó su mayor reputación como crítico de arte.
En el extranjero, entre Estados Unidos y España transcurrieron varios años de su existencia. Pero, en 1892, hallándose en Cuba, publicó un semanario que escribía íntegramente, el cual solo sobrevivió tres meses y que llevó por título Las Avispas. Muchos años después, en España, retomó la idea de una publicación de arte y literatura y esta vez la nombró El Peregrino, de periodicidad quincenal y de la cual aparecieron cuatro números.
Justo de Lara murió el 28 de diciembre de 1919, cuando aún los lectores y críticos podían esperar mucho más de su versátil talento.
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