
Sabíamos ya de la presencia en Corea de poetas de la talla de Shin Kyong- Rim o de la valía de Ko Un y, hasta donde se sabe, de ese, su mejor aporte, Diez mil vidas. Ko Un, vale decirlo, es uno de los tantos poetas que ha sido varias veces nominado al premio Nobel.
Otros poetas como Kim Su Young, Yun Tong-ju y Kidong Kim ya habíamos leído, de manera fragmentaria algunos. «Oh, la barrera segura del idioma. Oh, las barreras inseguras que nos depara la poesía», según nos había hecho comprender Charles Albert, en alguna que otra parte de su magnífico libro Cognoscibilidad del texto expansivo. Por tanto, apresurémonos a indicar que un país como Corea es de una muy rica, fértil y desconcertante tradición. Como en el Caribe, no hay entre culturas asiáticas dos que sean iguales aun cuando puede que hayan, como en el Caribe, pueblos que hayan mezclado sus sangres; sus culturas, puede que se hallan en algún que otro momento interrelacionado. Me explico: una con otra, unas y otras pero como es obvio, no todas entre sí, no todas a su vez.
La visita a Cuba de la poeta Bae Young-ok trajo un aire fresco y, un respiro, sobre nuestros siempre escindidos y, precarios conocimientos, acerca del quehacer contemporáneo de la poesía coreana que va desde los géneros más tradicionales, hasta las formas más modernas, llámese poesía visual, experimental, etcétera.
La fuerza de su primer poemario debe su mérito a lo que quizás piensa un importante (¿crítico?) y periodista llamado Cho Du- jin:
De principio a fin— escribió Cho— la poeta le canta a la tristeza que nace de la observación de la realidad o de la experiencia. Habla acerca del filo del cuchillo que se esconde dentro de la llana realidad, del calorcillo que se esconde dentro de un viento helado como un cuchillo. Sin embargo, la poeta reprime al máximo los juegos de palabras y la intromisión de los sentimientos, a los que tan frecuentemente acuden los poetas de estos tiempos.
Ahora bien, digamos que cuanto hemos podido extraer de su biografía es poco y va como sigue: Nació en la ciudad de Daegu, Corea del Sur. Su graduación corrió a cargo de una maestría en Creación literaria por la Universidad de Keimyung con un trabajo investigativo llamado Poética de la brecha (2007) hasta ahora, su proyecto más ambicioso. Es miembro del grupo poético Cheonmong (Mil sueños). En 1999 Bae Young-ok se dio a conocer al ganar el concurso literario del diario Maeil Sinmun por su poema «Alguien me está leyendo». Ha publicado el poemario Refulgen las estrellas (2011), por la editorial Silcheon Munhak.
Eso, hasta aquí; pero oigamos nuevamente el razonamiento, nada menos que inquietante, de Cho Du- jin cuando se refiere a uno de sus poemas y, querámoslo o no, a la autora misma:
La poeta dice lo siguiente: «Alguna vez he esperado ansiosamente a alguien sentada en una silla que nadie reparaba (…) He olvidado a quién y por qué esperaba, pero algún día (…) si la silla no desaparece y queda allí, yo volveré a sentarme en esa silla a esperar a alguien».
Y cierra, al parecer algo desconcertado, el propio Cho Du- jin luego de haberse internado por tales versos: «¿Qué clase de persona será la poeta?».
Y nosotros, si hemos de saberlo, bástenos con mostrar entonces una pequeñísima muestra de su poesía.
El camino al templo Muryangsa
La flecha debajo del cartel de Muryangsa señala un restaurante de sopa de perro. Conviven cordialmente en un cartel los nombres de un templo y un restaurante. Enfrente del templo hay un restaurante especializado en patos y otro en costillas de ternera. Bajo tácito acuerdo florece el negocio, allí donde llegan los perros con la cola enrollada y personas limpias de olor a incienso mastican la carne. Cada vez que sin poder evitarlo camino siguiendo la flecha o paso en automóvil, en los cien metros que hay hasta el templo y el restaurante de sopa de perro, breve encrucijada entre la vida y la muerte, los ladridos de los perros me roban el corazón antes que los salmos. Ni las reverencias ofrecidas a Buda ni el incienso encendido para atraer la felicidad llegarán a la altura de la iluminación alcanzada por los canes que hasta han arrojado gustosos su cuerpo al fuego del Purgatorio. ¿El lugar donde señala la flecha es el paraíso de los que se inmolan a sí mismos? Es lejísimo el camino al templo Muryangsa.
La herencia
Mi padre está casi sordo. Se me quedaba mirando la boca por más que le hablara fuerte, luego cerró los oídos y comenzó a dialogar sólo con los ojos y terminó volviéndose casi mudo. La sordera se le pegó a los ojos y se volvió más ciego. La ceguera se le pegó a los oídos y se volvió más sordo. Se le embarullan todo el tiempo las palabras. Se le resbala todo el tiempo la boca. La boca... es la pluma... de los poetas. ¡Cuidado... con lo... que dices! Nada me decía cuando escuchaba y veía bien. Ahora que ha perdido el oído y la vista me dice algo.
El día que la serpiente negra atravesó el muro
Un día desapareció de repente la vía del tren que estaba tendida a lo largo en mitad del pueblo. Fue el día que una serpiente negra atravesó el muro. Desde ese día comenzó a florecer la llaga de la espalda de mi tío de Yeongcheon que estaba en cama. Todas las noches el tío solía gritar la sandez de que una serpiente negra con la cabeza levantada lo estaba devorando. La vía del tren que corría a la gran ciudad había desaparecido, pero todavía el olor del hierro inundaba el pueblo. La gente seguía sombría y se alejaba cada vez más del muro. Por todo el pueblo sólo florecían flores de la infertilidad. En el valle vino y se fue el invierno y cayó una nevada como no hubo otra en cien años, pero la vía del tren no volvió. Solamente los muertos añoraban el tren. Al extendérsele la llaga, mi tío fue finalmente devorado por la serpiente negra. Desde ese día refulgen las estrellas como el brillo de los ojos de la serpiente negra alumbrando todas las noches la vía del tren.
Las ruedas crecen fuertes
Los trenes no dan marcha atrás. Hasta que lo supimos, los niños agitábamos las manos como por hábito, pero a cambio sólo sentimos el acre olor del combustible. Como la gente no tenía interés en el paisaje que corría fuera de la ventanilla, no había retribución ni réplica. A pesar de oler a óxido y a orín sin dueño, el patio de juegos de las vías siempre estaba llena de niños mugrientos. Sobre el puente de hierro pintado con letras rojas torcidas que fulana y mengano se acostaron, los niños que entraban rápidamente en el mundo de los adultos sin pasar por la adolescencia, se encontraban frente a frente con los trenes en marcha. Era el rito de tránsito para hacerse mayores que había en este pueblo ferrocarrilero. Hace unos años un hombre que se había dormido abrazado a la vías se convirtió en alma errante y Bongsik el hijo de la adivina se convirtió en ofrenda del tren sin poder llegar a ser adulto, pero el agua del río no hizo más que tragarse indiferente esas almas. El tren era demasiado rápido y el río corría demasiado sereno para distinguir la temeridad del coraje. Cada vez que el tren, cuyo sonido escuchaba debajo del puente de hierro pasaba pisando mi cuerpo, se estremecía también un poco el vuelo de mi falda, pero cuando alzaba mi cuello tristemente caído, la sed interminable que arrastraba una enorme rueda detrás de otra no se borró ni aun cuando me hice grande.
Alegre vista al cementerio
Voy a la tumba como a una postergada excursión de primavera llevando alcohol, bebidas, toda clase de frutas y un pollo frito. Llevando por delante un ramo de flores voy a la tumba. Cortando el pasto, cortando las lágrimas, cortando las carcajadas, los sobrinos corretean alegremente alrededor de la tumba. Mientras comemos y bebemos levantando bien alto la copa del hambre, el alcohol supera la tristeza. Como si no hubiera otra cosa que el apetito para mostrar ante la tumba, como mostrando que cumplimos la promesa de vivir y comer bien, después de charlar y divertirnos en grande, ponemos el ramo de flores junto al finado, como diciéndole que no se preocupe, que estamos viviendo como reyes y llenamos las copas en pleno día.
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