
En marzo de 2023, en Santa Clara, Bertha Caluff firmó para mí un ejemplar de Últimos haikus con unas palabras de gratitud por el interés y la dedicación al trabajo cultural y a la poesía. Esa circunstancia no aparece en ninguna página del libro, pero forma parte de mi lectura desde entonces. Los libros guardan también una memoria secreta: recuerdan dónde fueron adquiridos, quién los regaló, qué conversación los acompaña, en qué momento empezaron a formar parte de la historia de quien los lee.

Últimos haikus, impreso por Ediciones Matanzas en 2017, reúne 370 poemas breves que recorren distintas estaciones de la experiencia poética de Bertha Caluff, organizados en seis secciones que trazan un itinerario espiritual y emocional. «El día que abrió el loto (El encuentro)» desemboca en «Fuerza para rendirme fuerza (El trasiego)»; luego llegan «Parte del camino (La trayectoria)», «Hablando a las piedras (La desidia y la aridez)», «De nuevo un puente (Sensibilidad de la nostalgia)» y, al cierre, «Las playas de todos los mundos (El alfa y el omega)».
Esa organización deja claro que el libro es algo más que 370 poemas sueltos. La numeración continua hace que cada texto se sienta parte de una corriente mayor: el poema 1 no es solo el primero de una serie, ni el 370 el simple final, sino los polos entre los que se desplaza la mirada encuentro, tránsito, camino, aridez, nostalgia y, al final, una playa donde el libro se detiene ante una forma de revelación.
El título obliga a hacer una pausa en la palabra «haikus». En la tradición japonesa el género se define por su extrema condensación y por una relación intensa con el instante, la naturaleza y la percepción. La fórmula escolar de los tres versos en 5, 7 y 5 sílabas sirve como primera aproximación, aunque la tradición es mucho más amplia; lo esencial no está solo en contar sílabas, sino en esa capacidad de atrapar un momento y volverlo experiencia de iluminación.
Caluff se apropia de esa idea de concentración sin someterse a la métrica tradicional: sus poemas son más extensos que el haiku clásico y no responden a la distribución 5-7-5. Lo que conserva es la voluntad de condensar una experiencia, de lograr que unas pocas palabras abran una zona de pensamiento, memoria, deseo o trascendencia.
Por eso el título resulta acertado: Caluff no llama haikus a estas piezas porque busque reproducir una forma cerrada, sino porque ha encontrado en el haiku una manera de mirar. El instante se vuelve materia poética y la brevedad, una puerta, detrás de ella puede aparecer el cuerpo, la soledad, el amor, la nostalgia, la muerte o Dios.
Rabindranath Tagore acompaña ese recorrido de un modo que no parece ornamental. El primer movimiento del libro se abre con un exergo suyo que relaciona el florecimiento del loto con un pensamiento que vagabundea sin advertir lo que ocurre —imagen apropiada para una poesía que busca descubrir aquello que sucede mientras estamos distraídos—.
El loto se convierte así en la primera señal de la poética de Caluff: algo florece antes de que el sujeto comprenda que está floreciendo, y la poesía empieza justo cuando esa percepción se produce. El poema 43 cierra esta primera sección y condensa, con su juego verbal, uno de los rasgos centrales de la escritura de la autora:
Nunca estuve más cerca que cuando me fui.
Con «Fuerza para rendirme fuerza» el libro entra en una zona más espiritual. La sección arranca con «Todo tiene sentido en la oración infinita» y termina en una imagen mucho más oscura, con Dios al borde del abismo. Lo dice el poema 146:
Todo no es más que una prueba de precipicio oscuro donde está Dios.
Dios resulta aquí imposible de ignorar, pero no aparece como figura decorativa ni como respuesta fácil ante la incertidumbre: aparece en el «precipicio oscuro». La experiencia espiritual queda atada al riesgo, a la prueba, a la oscuridad, a lo que no termina de explicarse.
La cercanía con Tagore se vuelve particularmente fértil en este punto. En la poesía del autor bengalí, naturaleza, espiritualidad, amor, infancia y trascendencia dialogan de manera constante; Bertha Caluff recoge parte de esa sensibilidad y la traslada a una experiencia propia, más corporal, marcada por las tensiones de una existencia concreta. Su Dios no está separado de la incertidumbre humana, parece habitarla.
«Parte del camino» prolonga esa búsqueda entre los poemas 147 y 205. El título introduce una metáfora que sostiene el conjunto: la vida es camino, y también lo es la poesía. El primer poema de la sección lo declara con una inquietud que funciona casi como poética general del libro:
Otra vez la poesía, y tu miedo a lo que esta devela.
La poesía aparece aquí como revelación, y toda revelación implica un riesgo: lo que el poema descubre puede ser justo lo que preferiríamos mantener oculto. Escribir equivale entonces a levantar una superficie y mirar debajo.
El poema 205 trae otra voz tutelar de la literatura hispánica. El exergo de Rubén Darío —« y en un vaso olvidada se desmaya una flor»— prepara una imagen donde belleza y decadencia vuelven a encontrarse:
Triste flor que se desmaya impura derramando, penetrante, su perfume.
La flor ya no es solo lo que florece; es también lo que se marchita. Entre el loto inicial y esta flor que se desmaya se traza una de las líneas secretas del libro: florecer y desaparecer pertenecen a una misma experiencia.
En «Hablando a las piedras» la poesía entra en un territorio más áspero. El subtítulo, La desidia y la aridez, anuncia un cambio de paisaje interior: ya no es la apertura del loto, sino la piedra, lo que permanece mudo frente a la palabra. Caluff, sin embargo, sigue hablando.
El cuerpo adquiere aquí una intensidad particular. Dice el poema 267:
Detalles de los cuerpos. El pasado que atraílla tu cuerpo fuerte de animal.
El poema 269 reduce el deseo a una imposibilidad que duele más por su misma brevedad:
Los cuerpos que no alcanzan ni llenan tu vacío.
Y el 271 convierte el encuentro corporal en cuenta regresiva:
Conteo regresivo de los cuerpos. Avísame cuando llegues a cero.
El cuerpo funciona como territorio del deseo, pero también como medida de la ausencia: algo se busca en el otro que, pese a la proximidad física, permanece inaccesible. La aridez, entonces, no está en la falta de cuerpo, sino en su incapacidad para resolver del todo lo que el sujeto necesita.
Llega después «De nuevo un puente». El puente es imagen de tránsito, pero también de separación: para cruzarlo hacen falta dos orillas y, entre ellas, una distancia. En esta sección la nostalgia se vuelve una forma particular de sensibilidad, un modo de relacionarse con lo que queda atrás mientras se intenta seguir avanzando.
El poema 331 es una de las declaraciones más conmovedoras del volumen:
Yo cruzaré, al fin, todos los puentes, a pesar de mi fragilidad.
La palabra decisiva llega al final: «fragilidad». La poeta no cruza los puentes porque tenga todas las respuestas, sino a pesar de ser frágil, y esa fragilidad no le resta fuerza al poema, lo hace posible. Toda poesía verdadera quizá nazca de una forma de vulnerabilidad, porque escribir supone exponerse ante lo que todavía no se termina de comprender.
El último movimiento, «Las playas de todos los mundos», lleva el subtítulo El alfa y el omega y vuelve a Tagore con una frase que funciona casi como puerta de entrada al cierre del libro: «En la playa de todos los mundos se reúnen los niños».
La infancia, la playa, los mundos, el principio y el final se reúnen en esta última estación. El mar, que tantas veces le ha servido a la poesía para representar la distancia, el viaje o la muerte, se convierte aquí en escenario de una posible reconciliación.
El poema 370 deja al lector frente a una costa:
En la costa, y mirando el amanecer, un día lluvioso con salitre, nadie me acompaña. Pero tú, mi mejor tú, estás conmigo.
Es un cierre de enorme importancia para entender el libro. Después de atravesar el encuentro, el trasiego, el camino, la aridez y la nostalgia, la poeta llega a una costa donde en apariencia está sola —«nadie me acompaña», dice—, pero de inmediato introduce una contradicción que cambia el sentido entero del final: «mi mejor tú». No sabemos si ese tú debe leerse como una persona amada, una presencia espiritual, un interlocutor íntimo o una zona más profunda de la propia conciencia, y la poesía no necesita resolverlo; su fuerza está justamente en mantener abierta esa posibilidad.
El amanecer, además, ocurre en un día lluvioso: no hay luz triunfal ni felicidad absoluta, sino lluvia, salitre, soledad —y, aun así, compañía—. El libro termina no en la certeza, sino en una forma de esperanza.
Últimos haikus puede leerse, en ese sentido, como una larga conversación con el instante. Bertha Caluff toma la brevedad del haiku y la convierte en una herramienta personal para registrar lo que amenaza con desaparecer: 370 pequeñas concentraciones de vida donde caben el cuerpo y la memoria, el deseo y la pérdida, la poesía y la espiritualidad, la fragilidad y la resistencia.

El «últimos» del título tampoco tiene por qué significar final. Puede significar lo más reciente, aquello que queda cuando la experiencia ha atravesado muchas estaciones y empieza a concentrarse en pequeñas revelaciones.
El libro entero cabe casi en una sola imagen que se transforma de principio a fin: primero el loto que florece mientras el pensamiento sigue distraído; después la flor que se desmaya, los cuerpos que no logran llenar el vacío, los puentes que hay que cruzar y, al final, la costa donde alguien espera. Entre el loto y la playa han pasado 370 poemas, y Bertha Caluff ha hecho de cada uno un lugar donde detenerse a mirar.
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