
No recuerdo la primera vez que estuve en una biblioteca. Esa memoria se hunde en los años de infancia y apenas surge en mi mente un libro de cuentos tradicionales rusos que solía leer en la oscuridad de aquellos apagones. El tiempo se repartía entre ser niño, comprender que la realidad era difícil y sostener los sueños. La ausencia de electricidad me ha seguido a lo largo de décadas, como a todos los cubanos que hemos vivido los últimos cuarenta años. En el silencio de las noches, con una vela o cualquier luz artificial, la lectura nos acompañó. De día era ir a los estantes de las bibliotecas, pasar la mano por encima de los lomos de los volúmenes, sentir su polvo o su olor; de noche, irse a sus historias, evadirse.
Ahora, cuando tengo energía en mi celular, leo los libros que descargo de sitios en Telegram o Google. La tecnología me ha permitido completar ciclos en torno a autores que pude conocer de manera fragmentaria. Así ha pasado con las obras de Mujica Láinez, Roberto Bolaño, Truman Capote, J. M. Coetzee, entre otros. Escritores que leí cuando iba a la caza de lo primero que cayera en las manos. La literatura contemporánea, muy a menudo sostenida por los pilares del mercado, ha sido esquiva a nuestras editoriales y espacios de socialización. Barreras como los derechos de autor, los prejuicios ideológicos, las limitaciones de papel y otras realidades del contexto epocal nos han impedido vivir actualizados. Sin embargo, extraño la ingenuidad de la biblioteca de aquella era sin internet, cuando me encontré con buena parte de la obra de Vargas Llosa en la sala Minerva de la Biblioteca Municipal de Remedios. «Léelo y no digas que te lo hemos prestado aquí» —me dijo la encargada—, sacando varios ejemplares de una gaveta con llave. Así, en el año de mi servicio militar y debajo de una mata de limones, leí textos como: El paraíso en la otra esquina, Lituma en los Andes, La guerra del fin del mundo… Eran tiempos en los cuales mi juventud, el tiempo libre y las ansias de comerme el mundo me permitieron —y exigieron— acercarme a la lectura de una forma obsesiva. Leía todo de Carpentier, incluyendo sus ensayos, entrevistas, críticas; luego todo de Faulkner, Hemingway, Romain Rolland, Stefan Zweig. Pero todo no era todo, sino lo que había en la biblioteca, o sea, una porción del mundo.
La vida me ha enseñado que cuando se lee, luego hay que releer. No todo queda en la memoria, sino apenas un sedimento. Las bibliotecas son como hogares. Uno suele creer que, aunque pasen décadas, irá al estante y ese libro entrañable estará allí. De hecho me ha sucedido que vuelvo a los espacios de las lecturas juveniles y hallo los mismos títulos ya ajados, deshechos en parte por las muchas manos. En ocasiones, los ejemplares también han desaparecido producto del descontrol o del deterioro. Con los libros pasa como con los amigos. Debes ir a verlos cuando están vivos y pasarte horas con ellos, porque quizás un día ya sea tarde. No hablo solo de la existencia física, sino de la propia experiencia de la lectura. Acercarte a Vargas Llosa con 18 años tiene un peso existencial, pero hacerlo con casi cuarenta, otro. La mirada no es la misma, las experiencias de vida te atraviesan y determinan un prejuicio casi obligatorio. Recuerdo bien que cuando leí la obra periodística de Vargas Llosa, sentí ese aire enrevesado en mi interior. No era la misma voz. Algo había cambiado en el autor brillante de las novelas que ahora hablaba desde las columnas de los diarios y defendía más un posicionamiento que la posibilidad de soñar.
Uno tiene sus limitaciones como lector y una de las más comunes son esos gustos que surgen cuando empiezas a acercarte a la literatura. Recuerdo la resistencia que hice a la ciencia ficción. La veía como un género menor, casi aventurero, en el cual los mundos irreales se suceden y caen como castillos de naipes. Eso fue hasta que comencé a leer a autores como Ray Bradbury y quedé impactado. No estaba ante una obra sencilla, sin psicología interna, sin cuestionamientos, sino ante una propuesta subversiva, un bólido de sensaciones y rebeldías. Su distopía por excelencia, Fahrenheit 451 no solo hablaba del futuro, ni de máquinas, sino de mí mismo como lector. Me vi allí, entre libros, ante el peligro de ser quemado con todos los personajes. Sentí la posibilidad de que leer no solo fuera un acto formativo y de recreación, sino peligroso. Bradbury no se refiere solo a la literatura como arte, sino como amenaza. Agradezco, además, haber dado con este clásico en la Biblioteca de Remedios, que en sus mejores tiempos poseía un abanico de autores universales envidiable. Recuerdo con qué curiosidad tomé el ejemplar del anaquel, lo miré, pasé los dedos por sus hojas blanquísimas y, ahí mismo, en el patio de la institución, leí las primeras quince páginas. Quedé fascinado.
Igualmente, en aquel año de guardias junto al fusil, de recorridos en camiones cargados de armas y balas por toda la provincia, de colegas que esperaban cumplir su periodo de servicio militar para acudir a sus carreras; leerme La ciudad y los perros de Vargas Llosa era revelador. Sus personajes estaban en una academia para cadetes, la disciplina era parecida a la de mis vivencias, la necesidad de adecuarnos a un mundo que mostraba su dureza, su frialdad. Un oficial que con el tiempo ha sido hasta hoy un amigo me dijo por entonces que me dedicara a la literatura más que al periodismo. Hace poco, mediante las redes sociales, hablamos sobre los libros que por entonces nos habíamos prestado. Yo sigo luchando por ser —o parecerme al menos— al escritor que siempre he soñado, mientras tanto sigo con este periodismo de la persistencia.
Las lecturas de las bibliotecas han estado presentes en los periplos por las diferentes ciudades donde he vivido. En un anaquel de madera que llega hasta el techo, en una sala de Caibarién, recuerdo haber trabado contacto con la poesía de Carlos Galindo. Incluso enamoré a una novia de entonces con aquellos versos, que tendría que revisitar, ya que la memoria ha borrado para dar paso a otras vivencias, lecturas, autores. La cuestión es —como dice Italo Calvino—, que leer es releer, sobre todo porque los clásicos no paran de hablarnos, no se detienen en su verbosidad ancestral. Así, he pasado mi mano ansiosa sobre los estantes de la Biblioteca de la Universidad Central de Las Villas, donde hallé ejemplares únicos, llenos de polvo, de los clásicos griegos. Mi acercamiento a Platón viene de allí, de unos años formativos en los cuales el arquetipo de la idea me parecía entrañable, perfecto, casi como mis sueños profesionales. Totalmente platónico es el tema de que, cuando uno lee, acude a una cita con los muertos. Siempre me he preguntado qué personaje seré cuando muera. Me gustaría poder elegir entre los tantos que he conocido mediante la literatura.
Pudiera enumerar al menos dos bibliotecas que he tenido en mi casa y que he ido perdiendo en sucesivas mudanzas. Incluso, existe una lista de libros que he poseído y que, con el tiempo, presté u olvidé y que desearía volver a tener. Cuando uno pasa un tiempo con un ejemplar querido, lo abraza, lo coloca en el pecho o en la mesita de noche, lo mira como a alguien amado. Son las parejas ideales, esas que se parecieran a la mujer de mis sueños. Todo pretérito pareciera entonces mejor, porque estaba acompañado de una lectura.
Imposible no mencionar la imagen que nos ofrece Borges sobre las bibliotecas, desde la de su padre hasta la de Babel que aparece en sus textos. Para cualquiera que sueña con vivir leyendo —he escrito varias veces sobre ese anhelo ilusorio de que me paguen por ello— este clásico es una puerta imperdible. Incluso en un cuento como El Aleph se percibe, como una voluntad universal, el recorrido por los muchos sitios que baña el territorio de la literatura. La biblioteca de todo amante de los libros es borgeana y existe en la ficción, como las ideas de la teoría platónica, de forma inalterable, perfecta, eterna. Prefiero sellar el amor por las bibliotecas con esta imagen, porque sé que, si hay un más allá, deberá estar lleno de anaqueles y libros.
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