
Susan Sontag afirmaba que el diario es un vehículo del sentido de identidad del escritor. En eso pienso cuando leo Bitácora, libro de Carlos Zamora que Ediciones Matanzas publicó, como parte de sus sobrias y hermosas realizaciones, porque aunque recorre experiencias poéticas de su paso por el viejo continente, la condición de cubano del autor subyace sobre este cúmulo de vivencias —con sus esplendores y fatalismo geográfico incluidos— como telón de fondo o inevitable raíz.
Y aunque no es precisamente lo que se nos entrega allí un diario, sí tiene en cuenta los límites porosos entre la crónica, el diario, lo poético, de los que sobran ejemplos gloriosos, por eso no siento apego a la clasificación que el poeta coloca debajo del título de su libro: «poesía de viaje». Así, preguntándose sobre si pudiera lo contenido existir en lo percibido, como Gertrude Stein, avanza aquí sabia y delicadamente montado en la metáfora del viaje, y casi siempre entregado a la etimología de esa cara palabra para la poesía: «metáfora»: transporte, traslado, desplazamiento: «Los viajes no comienzan ni terminan […] Casi siempre, los soñamos antes y los evocamos después». Y entiende que el viaje nos hace más humanos: «cultivamos el espíritu de descubridores […] viajar […] permite el reconocimiento de las diferencias».
Entonces el poeta entiende la vida como viaje, y el viaje como algo que supone una forma distinta y sorprendente de la vida, pues comienza a darnos las señales poéticas de él, en formas más o menos cronológicas, porque abstraerse en algo tan aparentemente frío y ordinario como el trasiego de un aeropuerto habla de un alma a menos que elevada, de un ojo profundo, de un espíritu delicadamente humano:
Terminal 3 / HAV 23: 25 / Iberia / MAD 13: 10…
Barajas
1
Dejan sus huevos en la colina accidentada, donde la vida comienza a repartirse. Un mínimo respiro y alzan otra vez las alas, como si reposar fuera un peligro, como si extenderse sobre el suelo les sumiera en algún tipo de vergüenza.
Ellos vuelven y nosotros rezamos frente a tierras movedizas desconocidas.
Rueda el color, prolongan el viaje los latidos.
Como en una siega caótica, los que arriban ofician sin misericordia; arrancan de cuajo todo cuanto emerge, reclaman sus mitades.
Uno siempre apuesta a que la suerte llegará en el próximo ciclo. Pero es el azar quien juega y puede ser descortés, incluso peligroso, tocar las vidas de otros, rozar esos destinos que ahora corren deformes, con lazos o etiquetas.
Nunca se sabe cómo marca la estrella. Acaso abruman las maletas vacías o sonríe la cinta que han puesto para no confundir. No confundirte.
Estamos dentro. Huele a recién comprado.
Como un pájaro que va y viene y cumple sus designios, y da y quita destinos, como un ave, se concibe la forma y fundamento del avión. Desfilan ante nuestros ojos las sensaciones insondables que provocan los viajes, entre ellas, aun cuando vas para estar con los tuyos, un desarraigo que para sentirlo no tienes que vivir en otra parte, solo permanecer un rato, abrir allí tus aspas y tus ojos, vibraciones al alma del extraño, incertidumbre, errancia.
Percibimos entonces también la alusión a la condición del cubano de ser no «prolífico» en viajes por las circunstancias económicas que todos conocemos, y nos llevan al temor, a ser proclives a novatadas, por la asfixia económica del país que hace distinta la repercusión natural del viaje:
El aeropuerto ha instalado pantalla de información en los controles de seguridad para que los pasajeros puedan conocer el tiempo estimado que van a tardar en pasar este trámite…
2
El laberinto, más allá del cristal. Unas escaleras apuntalan señales. Hemos llegado otros contra el viento. Sin espadas ni cruces. Solo las maletas.
Esta chica acostada que es Madrid en la tarde, nos espera. Su guiño letal este verano, emula a la Habana de los fuegos.
La familia arrastra el entusiasmo hasta mí, enarbola los mártires: los abuelos, las casas, los vencidos.
Se anuncian las comidas como premios. Jamón serrano y luz; jamón serrano y voz; jamón serrano y un tinto de verdad. Comparar.
No sé si el carpintero reparó la ventisca o la lluvia que tocaban a deshora en mi casa. No sé si el agua alumbrará, ahora que falto. Si aliviará la mano mágica de mi mujer –la del adiós– que ahora vuela sobre el vino barato. Comparar. El viaje, que sangra en la sien.
Madrid que urde un traspié y sonreír con voz de cucharilla. Nadie bajo sospecha y yo asustado. Como una hormiga, en un plato hondo de cereal.
Así incurre en la personificación de la ciudad, en el intento de objetividad del transeúnte, del voyeur, o nos muestra que la historia es muchas veces su prisma para enjuiciar cosas, hechos y personas, donde asciende su condición de ser de un mundo avasallado por un imperio, la condición de Cuba como antigua colonia subyaciendo en este encuentro con España: «A dónde voy escaleras abajo. Por qué desempolvo esos frescos y coloreo la Historia con paleta nueva si el pintor ya ha lavado sus manos. Quién me designó juez de estos muros, quién me trajo hasta aquí confiado en mi indulgencia».
Así el viajero se orienta y es como una tabla salvadora en el maremágnum de lo desconocido, busca su lugar, la idea, la filosofía, la poesía donde erguirse, busca a qué llamar sentido y por qué: «Busco equilibrio sobre un millón de huellas». Sirva como ejemplo más elocuente y reiterado los índices que señalan el movimiento en la ciudad los cuales preceden los títulos de los poemas. Es el poeta orientándose en el país de olores y sabores, en los países, en el viaje de la sensación a la emoción, que es algo recurrente en estos lances en los que amalgama también su condición de narrador.
Se busca afanosamente: se encuentra, pero también en un poema nada menos que a la Torre Eiffel nos confiesa que la magia de este lugar cosmopolita no se antepone a la grandeza de la propia identidad del poeta:
«No sé tú, pero yo olvido, navego toda esa cintura de metal, allá arriba, tan cerca de Dios o del sueño. Tan ausente, que puedo tararear una habanera sin saber los compases, respirar mi país sin coordenadas, paladear la felicidad como un orate». Por eso confiesa en una entrevista, a propósito de este libro:
Lo conforma una suerte de crónicas de viaje en prosa poética, dedicadas a ciudades y sitios que he visitado en Europa en los dos últimos años, a veces seducido por edificios y monumentos, muchas veces emocionado por las huellas tangibles del tiempo, tocado siempre por la nostalgia de mi país, de la Habana, por los países que uno lleva consigo a veces sin saberlo […] He tratado de ofrecer una mirada íntima, sincera, de esos sitios que ya han sido, casi sin excepción, más que magnificados por la publicidad a lo largo del tiempo, y he buscado aquellos otros escapados de la atención común, y que para mí han significado, por razones muy diversas, un descubrimiento.
No hay que aludir el eco que apreciamos en estas páginas de las crónicas norteamericanas de Martí, y de las maneras de enjuiciar la ciudad de Eliseo Diego, y que las prosas iniciales son más sustanciosas, más vibrantes que el resto, pero sí hacer notar las variadas metáforas que despliega el poeta para hacer evidente que este es un viaje opuesto al de la conquista, y aunque andamos sin armas, sabemos que es otra guerra: «hemos llegado otros contra el viento sin espadas ni cruces. Solo las maletas», «Nos perdonamos olvidar – esta vez – las espadas»; «Aún sin enemigos, nos negamos a cualquier derrota».
Se manifiestan con los sustantivos «espada», «derrota», «cruces», «enemigos», los lances de los antiguos imperios europeo y español que han conformado e influido en la identidad del poeta. Y hacer notar igualmente los curiosos mosaicos conformados con lo que significa el viaje, tratando de volver el tiempo eternidad: «un día de gracia: sobre el chuletón, como arrugas, los años del destierro; en la esperanza: el vino»; «¿Una pátina puede ser la forma piadosa del tiempo? ¿El instante en que observo puede ser la corteza?».
Por entre el cuaderno, como tupida noche, o cerrado bosque, distinguimos al poeta entre las sensaciones del viaje, cuidando de sí, cuidando su alma que está por encima de su curiosidad. El poeta va con su alma azorada, y no puede más que seguir deseando que lo contenido exista en lo percibido.
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