
Brindis por Virgilio, del escritor, filólogo y traductor, Rodolfo Alpízar Castillo, ex investigador del Instituto de Literatura y Lingüística «José Antonio Portuondo Valdor», es el título de la novela, publicada por Ediciones UNIÓN, y dedicada -fundamentalmente- a los amantes de ese género literario, que tiene infinidad de seguidores en todo el orbe.
Ante todo, habría que destacar que dicha obra se estructura sobre la base de sólidos valores literarios, estéticos-artísticos ético-humanistas y espirituales, así como del esmerado uso de la lengua cervantina, sin excluir -nada más lejos de la realidad ni de la verdadera intención del autor- las «palabras malsonantes»o propias del vocabulario que caracteriza a las personas víctimas del alcoholismo; un mal que fuera denunciado -desde la década de los 70 de la anterior centuria- por el doctor Ricardo González Menéndez (1936-2021), profesor titular de la Universidad de Ciencias Médicas de La Habana hasta su fallecimiento, y que -lamentablemente- hoy afecta no solo a la población juvenil insular, sino también a la de todo el orbe.
La trama y la acción dramática de esta novela giran alrededor del personaje que desempeña el papel protagónico: una mujer, inducida a beber alcohol por la pareja, a quien amaba incondicionalmente. En ese contexto literario, Alpízar Castillo -con afilado bisturí quirúrgico- disecciona el mundo subjetivo de un ser humano con alcoholismo y va descubriendo -«como llega cojeando la verdad de la mano del tiempo», según el pensador heleno Annon- los miedos, complejos, contradicciones y debilidades en que se sustenta la personalidad de una representante del sexo femenino que padece dicha adicción, que compromete la calidad de vida del que cae en esa trampa diabólica; y al mismo tiempo, va tejiendo una historia de ternura y humanidad que incita al lector a meditar (hacer silencio interior para escuchar los sonidos que emite nuestro «yo», el auténtico, el verdadero, el que nunca nos traiciona) acerca del problema personal, familiar y social que implica el alcoholismo como afección neuropsíquica que destruye los cimientos bio-psico-socio-culturales y espirituales sobre los cuales se estructura la salud del «soberano de la creación».
Ese texto indaga en las motivaciones, causas y efectos, pero -intencionalmente- el autor no adopta actitudes lastimeras, compasivas, ni la condenación a ultranza, ya que solo relata -desde una óptica objetivo-subjetiva por excelencia- lo que ocurre en la mente y en el alma de esa mujer alcoholizada, pero no la juzga ni la acusa; sino que muestra a ese ser humano como en realidad es: con virtudes (¿por qué negárselas?), defectos, inconsistencias y necesidades; que requiere con urgencia ayuda médica, y además, comprensión familiar y social (este cronista está muy consciente de que no es nada fácil para quienes conviven o interactúan con ese tipo de paciente).
El sujeto —«prisionero del alcohol»— sufre, porque no acepta la realidad de que es un enfermo ni tiene la más mínima crítica al respecto; en ocasiones, es tierno, la mayoría de las veces despótico, tiránico o agresivo en las relaciones interpersonales que establece con quienes lo rodean.
El cuadro psicológico reseñado —con mano maestra— por Rodolfo Alpízar Castillo en las turbulentas páginas de su novela es digno de un especialista en salud mental, y no obstante la intensidad dramática y emocional de la obra no esquiva intercalar pequeñas pinceladas humorísticas y eróticas, propias de la vida común y corriente, apoyado en una depurada prosa, enmarcada en la literatura realista contemporánea, de la que el maestro Emilio Comas Paret es uno de sus precursores en nuestra geografía insular, así como en un narrador participativo, que interviene, opina y platica con el lector; en fin, la novela cumple al pie de la letra sus funciones básicas elementales: entretiene, instruye (sin didactismo), y hace reflexionar acerca de los peligros reales del alcoholismo.
A propósito de la presentación de Brindis por Virgilio, en la sala «Villena» de la UNEAC, mi memoria poética evoca una anécdota protagonizada por el profesor Ricardo González Menéndez, quien fuera especialmente invitado por la presidencia de la Asociación de Escritores, y al respecto, comentó conmigo, que fui su colega y amigo del alma: «en las páginas de ese volumen, uno aprende tanto o más acerca del alcoholismo y las secuelas bio-psico-socio-culturales y espirituales que dicha enfermedad deja en el ser humano, que en los textos médicos que tratan sobre esa afección neuropsíquica»; ese es -según mi leal entender y sano juicio- la mejor promoción que se le puede hacer a esa obra literaria per se.
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