
El espacio doméstico en la escritura de Carilda Oliver Labra (1922-2018), se ofrece como un amparo. Las paredes de su caserón centenario guardan versos que desafiaron la moral de una época, desde su juventud supo que su cuerpo sería el texto de su creación. Carilda abrazó la carne, su soneto más célebre causó un impacto en la sociedad de 1949. Esta transgresión es la esencia de una literatura que busca la permanencia por la verdad sensorial. Al escribir desde la intimidad, la poeta protege su percepción de las redes de la lógica fría.
La supervivencia por el verso se vincula con la capacidad de preservar el núcleo espontáneo del pensamiento. Sus poemas nacen de un golpe, una iluminación los dicta. En la Calzada de Tirry 81, la vida y la escritura forman una simbiosis. Los gatos recorren los pasillos, las plantas crecen en el patio, el polvo se acumula en los muebles. Todos son elementos de un saber personal.
La literatura feminista se define aquí como la toma de posesión del deseo. La mujer fue el objeto de la mirada masculina por siglos. Carilda invierte esta posición. Ella es el sujeto que desea. Celebra las piernas de los hombres. Admite su soledad con orgullo. Esta actitud es un escudo frente a la fatiga de la existencia. Eleva lo cotidiano a la categoría de lo sagrado.
La relación con el fin de la vida no porta tragedia, trata de una cita con la otredad. Carilda escribe su propia historia en el amado inmóvil. Recuerda a los que se fueron al exilio o al sepulcro. Fue fiel a sus raíces y a su residencia. Esta lealtad es un rasgo del poeta que entiende su oficio como un servicio a la potestad local. Matanzas es el planeta entero para ella. El cosmos se reduce a unos metros de asfalto y jardín.
Los versos reúnen el cabello claro, el abanico roto y la esperanza con naturalidad. Los ángeles sucios y las flores conviven en su patio. No existen jerarquías en sus afectos. Todo lo que existe merece un nombre para evitar el olvido. Este afán es un rasgo de la gran lírica que prescinde de oscuridades para conmover. La palabra es un bálsamo, una gota de luz sorprende al rostro agotado de los caminantes.
La literatura de las mujeres es necesaria para la supervivencia, por su don de dar voz a lo silenciado. Carilda utiliza el hogar para romper los estereotipos. Ella es la reina y la creadora de su ámbito. Su vida prueba que la libertad se ejerce por la expresión artística. La poesía es el escudo contra las inclemencias de un mundo que busca la uniformidad.
El lenguaje en esta etapa de su obra se vuelve sobrio. La autora elimina líneas hasta alcanzar la esencia del sentir. Esta disciplina es el sello del profesional de las letras. Cada vocablo tiene un peso en el equilibrio de la estrofa. La rima es un apoyo para que el pensamiento vuele con ritmo. Carilda comprendió que la eternidad se encuentra en el instante de la creación. El contacto del ser con su origen es el premio final.
La supervivencia emocional depende de transformar el dolor en belleza. En su poema sobre el encuentro nocturno, describe el acto con una fuerza que toca lo sagrado. La vida cabe en una gota. Es la voz de una feminidad que rechaza la domesticación, encuentra en su calle el centro de su universo.
Las violetas representan la delicadeza y la fuerza, crecen en la sombra, poseen una fragancia que se impone; la literatura de Carilda tiene esta cualidad. Se gestó en la intimidad de un cuarto y alcanzó a todo un país.
Calzada de Tirry 81 es un ejemplo de lírica universal y local a la vez. Es social y erótica. Es clásica y de ruptura. La autora logró una unión entre su entorno y su habla. Lo que queda es la vibración de una garganta que dijo lo prohibido. Todas las mujeres encuentran así su propio camino. La poesía es la salud que permite caminar sobre las cenizas con valor y afecto.
La existencia en Matanzas exigió una voluntad de hierro. La ciudad de los puentes y los ríos se ofrece como un escenario de melancolía. Carilda transformó esa tristeza en un himno a la matanceridad. Sin su ciudad, se quedaría sin ella misma. Esta conexión con el lugar de origen es una de las funciones de la poesía: dar raíz al ser errante.
La musa de Carilda es una deidad que no pide permiso. Se manifiesta en la sed del agua y en el temblor del loto. Su estilo prescinde de adornos innecesarios. Busca la palabra exacta.
La necesidad de esta literatura para sobrevivir está en su capacidad de nombrar la herida. Al decir el dolor, el sujeto se libera de su peso. Carilda escribió sobre la pérdida de su esposo y sobre la ausencia de su madre. Estos versos funcionan como un proceso de sanación. La mujer que escribe se salva a sí misma y salva a quienes la leen.
La literatura de las mujeres en Cuba tiene en ella a un referente sólido. Su voz rompió el cerco de lo permitido para hablar de la sexualidad con altura. No hubo vulgaridad en su desenfado, hubo una conciencia estética superior. Esta lección de coraje es vital para las nuevas generaciones. Escribir es un acto de valentía. Exige mostrar el alma sin defensas.
El domicilio es el centro de su cosmogonía. Allí ocurrió todo lo importante. Los amores y las penas se funden en el asfalto de la Calzada de Tirry. La poeta se vuelve una con su entorno. Su nombre y el de su calle son ahora una misma cosa en la historia de la cultura.
La historia de la literatura cubana reserva un lugar especial para esta mujer. Ella no se dejó vencer por el tiempo. Su espíritu se mantuvo joven hasta el final, la poesía le otorgó esa gracia. Quien sirve a la musa recibe el don de la permanencia. Carilda es la prueba de que el arte es un camino de salvación. Su morada en la Calzada de Tirry es ahora un santuario para todos los que creen en el poder de la palabra.
La necesidad de escribir nace de una desazón extraña. Es una inconformidad con lo que existe. Carilda construyó su propio reino en Matanzas. No necesitó viajar lejos para encontrar lo sagrado, lo halló en su propio patio. En el roce de una mano, en el maullido de un gato bajo la luna de julio. Esta capacidad de ver lo eterno en lo efímero es el mayor talento del ser humano.
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