
«Cabello sombrío y perfilado, nariz poco prominente… Anchas mejillas… tono ligeramente cenizo que acentúa unas pupilas donde el amarillo y el verde luchan contra el gris de una mirada vigilante y directa… Sus manos, bien marcadas, dibujan gestos expresivos y precisos que acompañan las palabras que dicta una voz sin destello». (Galerie privée, Mme Saint-Clair)
Escritor, dramaturgo, ensayista, periodista y filósofo francés, Albert Camus nació el 13 de noviembre de 1913 en Mondovi, Argelia francesa.
Tras la muerte de su esposo en 1914, Cathérine Sinthès se traslada con sus dos hijos a Belcourt. Albert conocería a su padre a través de una fotografía. Creció en las calles del pobre Belcourt, entre la pequeña casa de una madre analfabeta y medio sorda y el taller de un tío tonelero. En 1924, ante la proposición de Louis Germain, la señora Camus permite que su hijo continúe los estudios. Albert nunca olvidaría a aquel profesor del Liceo Bugeaud.
Literatura, teatro y fútbol eran las principales pasiones del Camus de los años 30. Durante este período, sufre también sus primeras crisis de asma, enfermedad que le impediría ejercer como profesor de filosofía (desaprobó en dos ocasiones el examen médico). La amenaza de una muerte siempre cercana, sumada a la voluntad de escribir una obra que ya vislumbraba, lo obligaría a seguir un estricto régimen de vida y de escritura.
«¿Cómo trabajaba? De pie, porque necesito llegar al límite de mis fuerzas. Método: Notas, papeles sueltos, el sueño vago, y así durante años». (Camus par lui-même, Morvan Lebesque)
Albert Camus fue el hombre de un amor infinito por la vida, por el mar, por el sol y por todas las cosas de este mundo:
Mar inmenso, siempre en obras, siempre virgen, mi religión con la noche. Amo esta vida con abandono y quiero hablar de ella con libertad: así encuentro el orgullo de mi condición de hombre. Sin embargo, se dice que no hay de qué estar orgulloso. Sí, sí hay: este sol, este mar, mi corazón lleno de juventud, mi cuerpo con sabor a sal y el espacio infinito donde la gloria y la ternura se reúnen en el amarillo y el azul.
El absurdo y Sísifo feliz
En 1942, Albert Camus publica L’Étranger. Inicia así el ciclo del absurdo. A esta primera novela le seguirían las piezas de teatro Caligula y Le Malentendu y el ensayo Le mythe de Sisyphe. A través de personajes como Meursault y Caligula, Camus expone su filosofía del absurdo: un divorcio entre el mundo y la sinrazón de la existencia humana, que se siente sobrepasada por una eternidad muda.
«Despertar, tramway, cuatro horas de trabajo, almuerzo, tramway, cuatro horas de trabajo, comida, sueño y lo mismo lunes, martes, miércoles, jueves, viernes y sábado, y todos satisfechos. Un día surge el porqué (…) De pronto, el hombre descubre que vive en un mundo extraño, ajeno. Esta densidad y extrañeza del mundo es el absurdo».
«Hay aquí árboles y conozco la rugosidad de sus cortezas. Corren las aguas, y conozco su sabor. Hay perfumes de hierbas y estrellas, la noche, ciertas tardes en las que el corazón se libera, cómo negar este mundo que me muestra su poder y sus fuerzas? Sin embargo, ninguna ciencia podrá convencerme de que este mundo me pertenece».
No se trata de la abolición de toda esperanza:
«¡Dejo a Sísifo al pie de la montaña! Siempre hay un fardo por cargar. Sísifo enseña la fidelidad superior que niega los dioses y empuja las rocas. Para este Sísifo todo está en su sitio. El universo sin dioses no le parece ni estéril ni fútil. Cada uno de los granos de su piedra, cada destello mineral de la montaña llena de noche son, por sí solos, un mundo. El camino de la ascensión basta para colmar el corazón de un hombre. Es necesario imaginar a Sísifo feliz».
El amor y la muerte
El 19 de marzo de 1944, ocurre el encuentro entre Albert Camus y Maria Casarès, en casa de Michel Leiris. La actriz apenas tenía 21 años. Camus vivía solo en París. La guerra en Argelia lo mantenía alejado de su esposa Francine. Durante la noche del Desembarco, Maria y Albert comienzan una historia amorosa que duraría hasta la muerte prematura del escritor. Más de 800 cartas dan fe de este amor vivido a distancia la mayor parte del tiempo.
La última carta escrita por Camus, fechada el 30 de diciembre de 1959, fue para Maria: «Bueno. Última carta. Solo para decirte que llegaré el martes».
El 4 de enero de 1960, Albert Camus muere brutalmente en un accidente de auto, en Villeblevin.
El deber de un escritor
En 1957, Albert Camus había recibido el premio Nobel de Literatura. Su discurso, pronunciado el 10 de diciembre de este mismo año, resume lo que era para él el deber de un escritor:
Recibí con profunda gratitud la distinción con que su honorable Academia quiso honrarme: bien sabía que la recompensa sobrepasaba mis méritos personales. Todo hombre y, con más razón, todo artista, desea ser reconocido. También lo deseo. Pero no pude recibir la noticia sin comparar sus consecuencias con aquello que realmente soy. ¿Cómo un hombre, casi joven, que por toda fortuna solo posee sus dudas y una obra inacabada, habituado a vivir en la soledad del trabajo o en los retiros de la amistad, no iba a sentir el pánico de una pausa que, de pronto, lo abandonaba al centro de una luz viva? Y cómo reaccionar al recibir este honor en el momento en que, en Europa, grandes escritores son condenados al silencio, y cuando su tierra natal conoce un profundo dolor?
Tal fue mi inquietud. Para librarme de ella, tuve que hacerle frente a este gesto demasiado generoso del destino. Como solo podía defenderme con mis méritos, no encontré mejor arma que aquello que me ha sostenido en las circunstancias más adversas y durante toda mi vida: la idea que me hago de mi arte y del deber de un escritor. Permitan que, como expresión de estima y reconocimiento, resuma esta idea para ustedes.
No puedo vivir sin crear. Pero nunca coloqué mi arte por encima de todo. Al contrario, si me es necesario es porque no se aparta de nadie y me permite vivir, tal como soy, al nivel de todos. Considero que el arte no es para regocijo solitario. Es un instrumento para sensibilizar a la mayor cantidad de personas al ofrecerles una imagen privilegiada de los sufrimientos y alegrías comunes. Así, el artista es obligado a no aislarse, sumido a la verdad más humilde y universal. Y quien eligió su destino de artista porque se sentía diferente, enseguida descubre que solo podrá darles vida a su arte y a su diferencia aceptando que también es semejante a los demás. El artista se forja en este ir y venir perpetuo entre él y los otros, a medio camino entre la belleza, a la cual no puede renunciar, y el mundo, al cual no puede darle la espalda. De manera que los verdaderos artistas no desprecian nada. Se esfuerzan por comprender en lugar de juzgar. Y si tienen que adoptar una posición en este mundo, será en favor de una sociedad donde, en palabras de Nietzche, ya no reine el juez sino el creador, ya sea intelectual o no.
El deber del escritor, por tanto, es de los más difíciles. Por definición, no puede estar al servicio de quienes hacen la historia: está al servicio de los que la sufren. De lo contrario, se verá condenado al abandono y a la renuncia de su arte. Todos los ejércitos de la tiranía con sus millones de hombres no podrán salvarlo de la soledad, y menos si consiente en seguirlos. En cambio, el silencio de un prisionero, al otro lado del mundo, basta para retirar al escritor del exilio cada vez que, en medio de los privilegios de la libertad, reconozca este silencio y lo haga retumbar a través de su arte.
Ninguno de nosotros está preparado para semejante vocación. Sin embargo, cualquiera que sean las circunstancias, ignorado o provisoriamente célebre, bajo el yugo de la tiranía o libre para expresarse, el escritor puede encontrar el sentimiento de una comunidad que le hará justicia, siempre y cuando sea capaz de aceptar las dos cargas que hacen la grandeza de su oficio: la verdad y la libertad. Como su vocación consiste en reunir el mayor número posible de hombres, el escritor no puede estar del lado de la mentira y de la servidumbre, generadoras de soledad. Por grandes que sean nuestras miserias individuales, la nobleza de nuestro oficio nos exige ser fieles a dos principios difíciles de sostener: nunca negar sus convicciones y la resistencia a la opresión.
Durante más de veinte años de una historia demencial, en medio de la confusión propia de la época, me sostuvo el sentimiento oscuro de que escribir era un honor, porque el acto de escribir me obligaba a sentir el dolor y la esperanza de todos los hombres de mi tiempo. Eran hombres que nacieron con el estallido de la Primera Guerra Mundial. Tenían veinte años en el momento en que se instalaba el poder hitleriano y los primeros procesos revolucionarios. Después vinieron la guerra de España, la Segunda Guerra Mundial, el universo concentracionario, la Europa de las torturas y de las prisiones. Hoy estos hombres tienen que educar a sus hijos y construir sus obras en un mundo amenazado por la destrucción nuclear. Supongo que nadie les pedirá que sean optimistas. Sin embargo, sin dejar de luchar contra ellos, debemos comprender el error de los que, en un arranque de desesperación, reivindicaron el derecho al deshonor y se sumaron a los nihilismos de la época. La mayoría de nosostros, en mi país y en Europa, negamos este sentimiento y partimos en busca de una nueva legitimidad. Nos fue necesario forjar el arte de vivir en tiempos de catástrofe, para nacer una segunda vez y luchar, a rostro descubierto, contra el instinto de muerte que se había apoderado de la historia.
Es posible que cada generación sienta que debe rehacer el mundo. La mía, sin embargo, sabe que no lo logrará. Pero su misión quizás sea más grande: consiste en impedir que el mundo se destruya. Heredera de una historia corrompida donde se confunden las revoluciones fracasadas, las tecnologías sin propósito, los dioses muertos y las ideologías extenuadas, cuando poderes mediocres pueden destruirlo todo, pero ya no saben convencer, cuando la inteligencia degeneró hasta quedar al servicio del odio y de la opresión, mi generación se vio obligada a restaurar, con solo sus negaciones por principio, un poco de aquello que hace la dignidad de vivir y morir. En un mundo amenazado por la desintegración, donde nuestros grandes inquisidores amenazan con instaurar para siempre los reinos de la muerte, mi generación sabe que debería, en una especie de carrera loca contra el tiempo, restaurar entre las naciones una paz que no sea la de la servidumbre, reconciliar otra vez trabajo y cultura, y rehacer, con todos los hombres, un arca de alianza. No es seguro que podamos cumplir con un deber tan exigente. Pero sí es seguro que en cualquier parte del mundo mi generación es capaz de defender este doble principio de libertad y verdad y morir por él. Debe ser recibida y respaldada en todas partes, sobre todo allí donde se sacrifica. Es a ella, en todo caso, a quien quisiera dedicar el honor que hoy han querido concederme.
Una vez expuesta la nobleza del acto de escribir, el escritor ocupa el lugar que de verdad merece: posseedor nada más que de los títulos que comparte con sus compañeros de lucha, vulnerable pero terco, injusto y apasionado por la justicia, construyendo su obra sin vergüenza ni orgullo a la vista de todos, entre el dolor y la belleza, y obstinado en hallar en sí mismo, en su confusión interior, una obra que edificará en medio del movimiento destructor de la historia. En tales circunstancias, ¿quién podrá esperar de él soluciones absolutas y bellos discursos morales? La verdad es misteriosa, huidiza, nunca conquistada. La libertad es peligrosa, tan difícil como exaltante. Debemos avanzar hacia esos dos objetivos, penosamente, pero con resolución, conscientes de que no será un camino exento de sacrificios. Así, qué escritor osará verse como un predicador de virtud. Por mi parte, debo decir que nunca fui nada de esto. Nunca pude renunciar a la luz, a la alegría de vivir, a la vida libre en la que crecí. Y aunque esta nostalgia explique muchos de mis errores y de mis faltas, es posible que me haya ayudado a comprender mejor mi oficio, y que aún me ayude a resistir con todas mis fuerzas junto a esos hombres silenciosos que, si soportan la vida a la que se vieron condenados, es por el recuerdo y la esperanza de breves instantes de felicidad.
Habiendo develado lo que realmente soy, mis límites y deudas, me siento más libre para agradecerles por la distinción que se me concede, y más libre aún para recibirla como un homenaje a todos aquellos compañeros de lucha que no han conocido sino dolor y persecución. Solo me resta agradecerles sinceramente y, como testimonio personal de mi gratitud, hacerles la antigua promesa que todo artista verdadero, cada día, se hace a sí mismo, en el silencio de su soledad.
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