
(Drama para vagabundos)
Esta obra se estrenó, con arreglo al siguiente: REPARTO
FRAU. Elisa Paso
LA MADRE. Consuelo Marugán
MAN. Alfonso Paso
JESCHOUA. Ricardo Pérez Martín
EL PADRE. Pedro Ruiz Gea
No hablan: EL MÉDIUM, varios ESPIRITISTAS y los dos HOMBRES INDIFERENTES.
Una encrucijada. Al fondo, la llanura, sembrada de irreales –o sobrerreales– esfinges. Un poste indica «Ewigkeit». Un farol con panza de violín ilumina, con la luna, este paisaje dormido bajo la desolación de un otoño futuro. Un velador de espiritistas. Un enorme tablero de ajedrez sin piezas sobre una mesita. Sillas alrededor del velador y dos junto al tablero de ajedrez, frente a frente. Apoyado en el farol, un atizador de chimenea. El cuerpo de un hombre, MAN, está tendido en el suelo, inmóvil, cara a las estrellas. Un largo silencio. Llegan los dos hombres indiferentes. Van cogidos del brazo. Al pasar ven el cuerpo de MAN y se detienen. Se miran. Uno de ellos se acerca resueltamente al cuerpo. Le sigue el otro y ambos lo contemplan. El que se acercó primero golpea una vez, con el pie, la cabeza de MAN y consulta a su compañero con la mirada. Éste sonríe enseñando unos dientes íntegramente negros, y mueve con el pie el cuerpo, que empieza a removerse. Entonces vuelven a cogerse del brazo y se marchan en silencio. Pausa. MAN ha ido incorporándose y queda sentado. Mira desconsolado al público. Queda inmóvil, llorando. Saca un pañuelo y se seca las lágrimas. Después –con lentitud– dirige su mirada hacia los palcos y las localidades altas del teatro. Queda mirando fijamente. Ha llegado por detrás JESCHOUA con un paraguas colgado del brazo. Queda quieto, sin hacer ruido. Luego saca un cigarrillo y lo pone en la boca de MAN, que no se mueve. Enciende una cerilla y se la da a MAN. Éste la acepta en silencio, sin mirar a JESCHOUA –que aún está detrás– y enciende el cigarrillo. Fuma y, bruscamente, dice, dirigiéndose con toda claridad al público:
MAN.– Bueno, vamos a ver. ¿A qué habéis venido aquí? (Sarcástico.) Me gustaría saberlo. (Con voz aburrida.) Resulta curioso pensar que ni vosotros mismos lo sabéis. (Fuma y se vuelve hacia JESCHOUA, que ha abierto el paraguas y cobija a MAN de una imaginaria lluvia. Lo contempla y, dulcificando un poco la voz, añade.) Y tú, ¿qué querías?
JESCHOUA.– (Sin inmutarse.) Hola, amigo. (Con toda naturalidad se sienta junto a él.) ¿Hablabas con alguien?
MAN.– Sí. (Mira hacia el público, con inquietud.) Hay muchos que miran.
JESCHOUA.– (Pensativo, observándole.) ¿Cómo puedes decir eso? Estamos solos. ¿Ves? (Señala a todas partes.) Completamente solos.
MAN.– (Receloso.) ¿De veras? (Mira de nuevo queriendo convencerse.) ¿Solos?
JESCHOUA.– Sí, solos tú y yo, bajo la noche.
MAN.– (Con voz ronca.) Sin embargo…
JESCHOUA.– ¿Qué piensas?
MAN.– (Queriendo definir su situación.) … es como si la humanidad entera me contemplara esta noche.
JESCHOUA.– ¡Bah! Tonterías.
MAN.– (Convencido.) No. Yo sé que me contemplan. (Un silencio.) Y algunos se ríen. Oigo sus risas… Escucha.
JESCHOUA.– No oigo nada.
MAN.– (Ríe.) Se figuran que yo soy un bufón. (Escucha.) ¿Oyes?
JESCHOUA.– (Le mira preocupado.) No.
MAN.– Estás sordo. Se oye –ja, ja, ja– la risa de la gente.
JESCHOUA.– (Le observa y dice, cerrando el paraguas.) Verás, es mucho más sencillo. Tienes fiebre.
MAN.– ¿Fiebre yo? (Se toca la frente y abre mucho los ojos.) ¡Fiebre!
JESCHOUA.– ¿Te convences? (MAN le mira aterrado.) Estás asustado… y empiezas a preocuparte. (MAN no acierta a responder.) Delirabas. La fiebre nos hace ver cosas que no existen. Pero no te preocupes. Ahora estoy yo aquí y no tienes nada que temer.
MAN.– ¿Eres acaso médico?
JESCHOUA.– ¿Médico? ¿Para qué?
MAN.– (Trémulo.) Tengo fiebre. Tú mismo lo has dicho. Estoy enfermo. Quizás voy a morir.
JESCHOUA.– (En tono ligero.) ¿Cómo te llamas?
MAN.– Man. ¿Y tú?
JESCHOUA.– Jeschoua.
MAN.– Bueno, y ahora, ¿qué piensas hacer conmigo?
JESCHOUA.– No te comprendo.
MAN.– (Cada vez más nervioso.) Estoy enfermo. Apenas puedo andar.
JESCHOUA.– ¿Y no te habías dado cuenta hasta ahora?
MAN.– (Sombrío.) No, pero tú me lo has dicho y es verdad.
JESCHOUA.– ¿Tienes hambre?
MAN.– (Con desprecio.) Bah, no es eso…, te equivocas. He comido.
JESCHOUA.– ¿De dónde eres?
MAN.– Del norte.
JESCHOUA.– Hay buena gente por allá…, como en todos los sitios. Pero luego algunos se extravían.
MAN.– (Se siente observado y le mira.) Yo no soy de ésos.
JESCHOUA.– (Le observa detenidamente.) ¿Entonces?
MAN.– Ando mucho. Nunca he hecho otra cosa. Me gusta.
JESCHOUA.– ¿Y… esta noche?
MAN.– Deja que lo recuerde. Iba andando y de pronto he visto dos caminos. (Señala.) Ésos. (Reflexiona.) Entonces me he sorprendido llorando. Recordaba. ¿Sabes?
JESCHOUA.– ¿Y después?
MAN.– He sentido…, no sé cómo decirlo. Una sensación… Y ya no podía dar un paso. «Estoy cansado», es lo único que se me ha ocurrido pensar…, y me he tendido aquí… Luego…, intentaba dormir, y alguien…, no sé quién…, me ha despertado. (Se toca la cabeza.) Me duele mucho. (Se mira la mano, preocupado.) ¡Es sangre!
JESCHOUA.– Creyeron que estabas muerto. Yo vi cómo te golpeaban.
MAN.– (Asombrado.) ¿A mí?
JESCHOUA.– (Amargamente.) Sí; para convencerse… te golpearon. Los hombres no quieren que haya cadáveres por los caminos.
MAN.– Pero… es terrible. (Con una sonrisa desdeñosa.) Como si fuera un perro. ¿Y qué hicieron después?
JESCHOUA.– Vieron que abrías los ojos…, que te removías. Y se marcharon convencidos de que estabas borracho.
MAN.– (Se ríe.) ¡Borracho! Sí, eso quisiera yo.
JESCHOUA.– ¿Por qué?
MAN.– A veces… me gusta olvidarlo todo. ¿A ti no?
JESCHOUA.– No. Es hermoso recordar.
MAN.– Está bien. Bueno, ahora déjame dormir. Tengo sueño.
JESCHOUA.– ¡Oh, no! Sería horrible. Tú figúrate. No es agradable dormirse para no despertar ya más en este mundo.
MAN.– (Con miedo.) ¿Qué dices?
JESCHOUA.– No me hagas caso.
MAN.– (Con terror.) Pero… has dicho algo espantoso.
JESCHOUA.– (Como disculpándose.) Perdona… Sin querer he pensado que…, que…
MAN.– Vamos, dilo.
JESCHOUA.– Que podías dejar de vivir. Figúrate; esto puede sucederle a todo el mundo. Un hombre puede morir mientras duerme… Muchas veces ha pasado.
MAN.– Ya. Pero si quieres, hablemos de otra cosa.
JESCHOUA.– Está bien. Dime cómo eres y qué piensas del mundo. (MAN se estremece.) ¿Tienes frío?
MAN.– Un poco.
JESCHOUA.– (Se quita una prenda de su traje.) Toma.
MAN.– Gracias.
JESCHOUA.– ¿Te encuentras bien?
MAN.– Sí…, parece. Algo…, (Hace un gesto con la mano.) algo nervioso. Tiemblo un poquito… y me duele la cabeza. Sueño con una ventana azul, tan azul como si no existiera. Sin embargo, soy un pobre imbécil. Cuando lo pienso me da asco.
JESCHOUA.– ¿De ti?
MAN.– (Afirma.) Y del mundo.
JESCHOUA.– Comprendo. Casi veo tu vida: desilusiones… y fracaso.
MAN.– (Sorprendido.) ¿Cómo lo sabes?
JESCHOUA.– Conozco mucho al mundo. (Le observa detenidamente.) Llevas el traje roto. Y sucio.
MAN.– Déjame.
JESCHOUA.– Lo decía porque…, a pesar de todo, no pareces un vagabundo…, ¿entiendes? Quiero decirte…
MAN.– Déjame. (Un silencio.) Hay algo que se interpone entre mí y la verdad. Una carga querida y absurda. El estúpido soporte de los sueños. Y, por otra parte, acaso yo sea un sueño, una pasión sin objeto, un error del espacio. Las cosas viven ignorándome. No existo para ellas. Ellas tampoco existen. Nadie las ve. Esfinges…, ¡oh, sí! Esfinges espantosamente plácidas en su mente. Y esto soy yo: algo detrás de una máscara, algo detrás de un equivocación biológica. Aquí estoy, viéndome. Me llevo encima como un traje, un viejo, roto y querido traje. Ése es mi cuerpo. Ya lo ves. Brazos, piernas…, cosas que palpitan, líquidos que circulan… (Se toca la frente.) Y algo raro, que me estorba, aquí dentro. ¡Cómo pesa!
JESCHOUA.– ¿Qué?
MAN.– El cuerpo, Jeschoua, escucha… He sido, en vida… No sé si lo entiendes. En vida…
JESCHOUA.– ¿En vida? Calla, no estás muerto.
MAN.– Ya. Sin embargo, deja que te hable así. En vida, buscaba entre mil caminos mi camino, y no lo encontraba. Cazaba sombras en vez de ideas. Cazaba, como te digo, sueños.
JESCHOUA.– ¡Sueños!
MAN.– Sí, y, a veces, pesadillas. (Por su cabeza.) Este cofre de sueños ilustrados, de tristes margaritas, de cadáveres. (Mira al cielo.) ¡Qué hora tan propicia! La luna, allá, y nosotros aquí, bajo un peso de sueños. ¿Eh? ¿Qué te parece?
JESCHOUA.– Maravilloso. (Saca cigarrillos.) ¿Quieres fumar?
MAN.– Sí. (Enciende.) Arrastro, ¿sabes qué? Un cargamento de sueños. Esto hace la Humanidad. Es como una caravana que desde hace muchos siglos arrastra un cargamento terrible de sueños. Todo es demasiado vago, casi irreal… No llegamos nunca. A veces me dan ganas de acabar.
JESCHOUA.– ¡Calla! No puedes decir eso. (Otro silencio. MAN se echa en la tierra aburridamente.)
MAN.– Está bien esto de tumbarse cara a las estrellas…, pero tengo frío. (JESCHOUA le arropa.) Así estoy mejor. Il dolce far niente… Un paso soñoliento hacia la eternidad… Otra vez tengo frío. No sé qué me pasa.
JESCHOUA.– (Espantado.) ¡Man! (Éste se vuelve hacia JESCHOUA. Se miran. Un silencio.) Man, ¿qué tienes? ¡Tiemblas! Dime, ¿qué te pasa?
(Otro silencio. Con la mirada fija en MAN, lentamente.) Man…, fíjate bien. Es necesario que me digas cómo fue tu vida.
MAN.– ¿Por qué?
JESCHOUA.– (Trémulo.) Man…, es necesario.
MAN.– No, dime…
JESCHOUA.– (Nervioso, intranquilo.) No hay tiempo que perder. Dime, Man, ¿cómo fue tu vida? (MAN, casi sin fuerza, se levanta y mira fijamente a JESCHOUA.) No me mires de esa forma… Necesito que me hables de tu vida, Man. ¿Qué te extraña? (MAN ha quedado de pie, inmóvil.) No debes preguntarme nada… Empieza. Pronto, Man. ¿Es que no me oyes? (Un silencio. MAN comienza a hablar con voz monótona, casi automáticamente.)
MAN.– Sí, debo hablar. Sé que debo hablar. (Cara al público.) Recuerdo a mis padres. Los recuerdo, Jeschoua. Eran buenos y, sin embargo, no llegaron nunca a comprenderme.
(Entran, cada uno por un lateral, EL PADRE y LA MADRE, y se reúnen en el centro.)
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Referencias
1. Edición digital de la edición de Teatro escogido. Tomo I, Madrid, Asociación de Autores de Teatro, 2006, pp. 55-82
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