
En su tiempo de vida —que se corresponde con aquel en que se desenvuelven sus novelas—, y que transcurre desde el último cuarto del siglo XIX hasta el primero del XX, Carlos Loveira fue lo que hoy llamaríamos un autor mediático: se le leía, se le comentaba, se hablaba de él. Era uno de aquellos cubanos que con éxito había salvado la irrupción del nuevo siglo, el de los automóviles, los teléfonos, las máquinas de escribir… y, también, el del enorme volumen de publicidad comercial que atiborraba las páginas de las publicaciones. Sin embargo, aun cuando ya imperaba el eslogan time is money, los lectores (que no eran tantos como ahora porque el analfabetismo era significativo en la isla) sacaban tiempo para escuchar lo que la cruda prosa de Carlos Loveira susurraba en sus oídos, porque sabían que dentro del argumento narrativo encontrarían las numerosas verdades y denuncias que otros tipos de literatura soslayaban enfrentar.
Aquel autor era de tierra adentro, nacido el 21 de marzo de 1881, nada menos que en El Santo, un punto más que perdido de la geografía villaclareña, hacia el norte de la provincia. Pero el salto de veras grande lo daría Carlos Loveira al viajar por Norteamérica, donde aprendió inglés suficiente para trabajar como intérprete de las tropas de ocupación durante la Intervención Norteamericana, aunque antes se había enrolado en una expedición mambisa comandada por el general José Lacret Morlot, que desembarcó al norte de la provincia de Camagüey, prestado servicios en un hospital de sangre y terminado la guerra con el grado de subteniente.
Diversidad de oficios desempeñó (fue obrero ferroviario, trabajó en el Canal de Panamá, llegó a ser líder sindical en Cuba…) y unas cuantas aventuras acompañaron su recorrido por la vida. Pero ya de vuelta y puesto seriamente a escribir, decisiva en la difusión de su obra fue la creación en La Habana de la empresa editorial anexa a la revista Cuba Contemporánea, a través de la cual vio la luz la producción narrativa de Loveira. Primero apareció su novela Los inmorales, de 1919, espaldarazo a la campaña del divorcio en Cuba, texto descubridor de la existencia de un «tal Loveira» todavía desconocido como novelista pese a tener una obra periodística extensa en diarios del continente. Luego le sucedieron otras novelas: Generales y doctores, de 1920, impactante por su crítica a las reputaciones sustentadas en falsos valores, frustraciones y la corrupción administrativa imperante en la naciente república. A esta la siguió la obra, Los ciegos, de 1922, también polémica. Sin duda que en Loveira fraguaban las cualidades del novelista hábil, capaz de estructurar argumentos, exponer situaciones y diseccionar con bisturí quirúrgico los males sociales, al tiempo que identificaba las apetencias de un lector ávido de convertirse en un sujeto crítico.
La última novela publicada por Loveira, en 1927, fue Juan Criollo. Se trata de una obra extensa, de más de 450 páginas, pero lo más importante es que resulta «la más descarnadamente naturalista de todas las que escribió, y es digna de especial atención por el vigor con que en ella se presentan tipos y caracteres».[i] Es además, para muchos, la mejor de sus novelas y la que mejor ofrece el panorama vívido, en su real dimensión de crudeza, de la situación política y social de la época en que se desarrolla.
Llegó la zafra, y entonces fue otra la vida de Juan.
Dejaba el catre mucho antes que todos los demás habitantes de las dos casonas: a las tres de la madrugada. A veces, a las dos; porque era Rómulo quien lo despertaba a voces desde su catre y, por si acaso no fuera a quedarse dormido después sin llamar al muchacho, en cuanto abría los ojos pasada la medianoche, el mulato gritaba:
– ¡Juan! ¡Juan! ¡Arriba! Que está aclarando.
Tenía Juan que levantarse a tal hora, porque ya andaba en funciones de pesador de caña, en la nueva fairbanks del batey. Soñoliento y encorvado bajo el pantalón y la camisita de dril crudo, por el frío vientecito que llegaba de la próxima costa en la invernal madrugada, el muchachito cruzaba el batey para reunirse a los carreteros que, debajo del propincuo grupo de mameyes hacían café, unos, mientras otros enyugaban y unos pocos llegaban desperdigados, anunciándose con el traquetear de sus carretas, estallantes de caña, en los fangosos carriles de las guardarrayas.
Juan Criollo, fragmento del capítulo XXIV.
Loveira murió en Cuba, a los 47 años, el 26 de noviembre de 1928. Decir que le faltaba mucho por escribir, mucho por decir, que con él se perdió a uno de los autores más relevantes de la primera mitad del siglo XX cubano, puede resultar lugar común, aun cuando sea estrictamente cierto. Mas lo curioso es que en tan breve espacio vital y narrativo, Carlos Loveira nos legó una obra novelística que lo mantiene vivo, todavía hoy.
[i] Henríquez Ureña, Max. Panorama Histórico de la Literatura Cubana. Tomo II. 1967, p. 342.
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