
César Abraham Vallejo Mendoza (16 de marzo de 1892 – 15 de abril de 1938) fue un poeta, escritor, dramaturgo y periodista peruano. Aunque solo publicó dos libros de poesía en vida, Los heraldos negros y Trilce, se le considera uno de los grandes innovadores poéticos del siglo XX.
Los oprimidos tuvieron en César Vallejo su fraterno poeta de métrica libre y humana. Había nacido en Perú, en Santiago de Chuco, en 1892. Pero residió en Francia, Rusia y España, donde participó junto a Carpentier, Marinello, Guillén y Félix Pita, en un encuentro de escritores por la defensa de la cultura en un país que se debatía en los horrores de la guerra.
Altura y pelos
¿Quién no tiene su vestido azul? ¿Quién no almuerza y no toma el tranvía, con su cigarrillo contratado y su dolor de bolsillo? ¡Yo que tan sólo he nacido! ¡Yo que tan sólo he nacido! ¿Quién no escribe una carta? ¿Quién no habla de un asunto muy importante, muriendo de costumbre y llorando de oído? ¡Yo que solamente he nacido! ¡Yo que solamente he nacido! ¿Quién no se llama Carlos o cualquier otra cosa? ¿Quién al gato no dice gato gato? ¡Ay, yo que sólo he nacido solamente! ¡Ay! yo que sólo he nacido solamente!
Salutación angélica
Eslavo con respecto a la palmera, alemán de perfil al sol, inglés sin fin, francés en cita con los caracoles, italiano ex profeso, escandinavo de aire, español de pura bestia, tal el cielo ensartado en la tierra por los vientos, tal el beso del límite en los hombros. Mas sólo tú demuestras, descendiendo o subiendo del pecho, bolchevique, tus trazos confundibles, tu gesto marital, tu cara de padre, tus piernas de amado, tu cutis por teléfono, tu alma perpendicular a la mía, tus codos de justo y un pasaporte en blanco en tu sonrisa. Obrando por el hombre, en nuestras pausas, matando, tú, a lo largo de tu muerte y a lo ancho de un abrazo salubérrimo, vi que cuando comías después, tenías gusto, vi que en tus sustantivos creció yerba. Yo quisiera, por eso, tu calor doctrinal, frío y en barras, tu añadida manera de mirarnos y aquesos tuyos pasos metalúrgicos, aquesos tuyos pasos de otra vida. Y digo, bolchevique, tomando esta flaqueza en su feroz linaje de exhalación terrestre: hijo natural del bien y del mal y viviendo talvez por vanidad, para que digan, me dan tus simultáneas estaturas mucha pena, puesto que tú no ignoras en quién se me hace tarde diariamente, en quién estoy callado y medio tuerto.
Sermón sobre la muerte
Y, en fin, pasando luego al dominio de la muerte, que actúa en escuadrón, previo corchete, párrafo y llave, mano grande y diéresis, ¿a qué el pupitre asirio? ¿a qué el cristiano púlpito, el intenso jalón del mueble vándalo o, todavía menos, este esdrújulo retiro? ¿Es para terminar, mañana, en prototipo del alarde fálico, en diabetis y en blanca vacinica, en rostro geométrico, en difunto, que se hacen menester sermón y almendras, que sobran literalmente patatas y este espectro fluvial en que arde el oro y en que se quema el precio de la nieve? ¿Es para eso, que morimos tánto? ¿Para sólo morir, tenemos que morir a cada instante? ¿Y el párrafo que escribo? ¿Y el corchete deísta que enarbolo? ¿Y el escuadrón en que falló mi casco? ¿Y la llave que va a todas las puertas? ¿Y la forense diéresis, la mano, mi patata y mi carne y mi contradicción bajo la sábana? ¡Loco de mí, lovo de mí, cordero de mí, sensato, caballísimo de mí! ¡Pupitre, sí, toda la vida; púlpito, también, toda la muerte! Sermón de la barbarie: estos papeles; esdrújulo retiro: este pellejo.
Visitas: 154






Deja un comentario