
Hijo de José Anastácio Verde y de Maria da Piedade dos Santos, José Joaquim Cesário Verde nació el 25 de febrero de 1855 en Caneças, Lisboa. A los 17 años comenzó a trabajar en la tienda de su padre: dictaban los intereses de familia que el joven debía continuar con el oficio de comerciante; pero a la tradición familiar vino a sumarse la fortuna de escribir versos.
En 1874 Cesário reunió 15 composiciones, la mayor parte de ellas publicadas en periódicos portuenses, y anunció la publicación de su libro Cânticos do Realismo, proyecto que no llegó a concretarse. Estas primeras tentativas recibieron la crítica de Ramalho Ortigão, quien, desde As Farpas, incitaba al joven poeta a ser «menos verde y más Cesário». Teófilo Braga también diría algo sobre aquellos poemas: «un poeta amante y moderno debe ser trabajador y no debe rebajarse de esa manera». Después de tales críticas, y ya con la prudencia de los veinte años, Cesário decidió publicar solo en periódicos de menor circulación; así pudo continuar su labor literaria de manera más discreta y menos comprometida. Llegaría a preferir el anonimato o los seudónimos —esto a medida que sus versos alcanzaban un tono de poeta más serio; Cadências tristes y Noitada fueron publicados con los seudónimos de Margarita y Claudio, respectivamente.
En 1880 Cesário dio a conocer su obra O Sentimento de um Ocidental. Por esta vez, firmó con su nombre, aunque sin despertar el interés de nadie: «(…) ni una mirada, ni una sonrisa, ni siquiera desdén (…)». Sin esperar nada de la crítica literaria de su época, en 1884 publicó Nós. El poeta, con apenas 29 años, ya caminaba hacia el fin de su vida y era el autor de una obra casi invisible para su generación:
Y yo paso tan callado como la Muerte
Por esta vieja ciudad sombría,
Llorando amargamente mi suerte
Y bebiendo del cáliz de la agonía.
En mayo de 1886 el médico Sousa Martins le confiaba a Silva Pinto—mi amigo para la vida y para la muerte, según Cesário— que el poeta estaba «irremediablemente perdido». Cesário Verde murió el 19 de julio de 1886, víctima de la tuberculosis. Sus últimas palabras, recogidas por su hermano Jorge Verde, fueron de las más sencillas: «No quiero nada. Déjame dormir».
En 1887 Silva Pinto recopiló algunas publicaciones del poeta —un conjunto de 22 poemas— y así vio la luz O Livro de Cesário Verde, con una primera edición de unos 200 ejemplares distribuidos entre «amigos, parientes y admiradores probados». Las Obras Completas de Cesário Verde reúnen actualmente un total de 40 poemas, que le valen el ser considerado, por muchos, como uno de los mayores poetas en lengua portuguesa.
Tenido por parnasiano, realista e irónico, Cesário Verde es, además, el gran poeta de la ciudad de Lisboa: el poeta-observador deambula por las calles de la capital portuguesa, y su mirada capta la acumulación moderna de objetos y seres. Al mismo tiempo, su obra es también la de un poeta de campo —dicotomía que años después sería retomada por Fernando Pessoa con sus heterónimos Alberto Caeiro y Álvaro de Campos.
A continuación, comparto con los lectores un fragmento del poema O Sentimento de um Ocidental, del poeta portugués Cesário Verde.
I
En nuestras calles, al anochecer,
Es tanta la tristeza, tanta la melancolía,
Que las sombras, el bullicio, el Tajo[1], la brisa marina
Despiertan un deseo absurdo de sufrir.
El cielo parece bajo y de neblina,
Las fugas de gas nos ahogan, nos perturban;
Y los edificios, con las chimeneas, y la multitud
Se cubren de un color monótono y londinense.
Resuenan los coches de alquiler, al fondo,
Llevando al ferrocarril a los que se van. ¡Felices!
Se me ocurren, en serie, exposiciones, países:
¡Madrid, París, Berlín, S. Petersburgo, el mundo!
Parecen jaulas de pájaros,
Las edificaciones de madera:
Como murciélagos, al dar las campanadas,
Saltan de viga en viga los maestros carpinteros.
Regresan los calafates, a montones,
El chaquetón en el hombro, tiznados, secos;
Pensando, me pierdo por despeñaderos, por callejones,
O vago por los muelles adonde atracan botes.
Y evoco, entonces, las crónicas navales:
¡Moros, bajeles, héroes, todo resucitado!
¡Lucha Camões en el Sur, salvando un libro, a nado!
¡Zarpan soberbias naos que no veré jamás!
¡Y el fin de la tarde me inspira; y me incomoda!
De un acorazado inglés bogan los veleros;
Y en tierra en un tintinear de lozas y tenedores
Resplandecen, en la cena, algunos hoteles de moda.
En un coche de alquiler arengan dos dentistas;
Un tambaleante arlequín pasa en zancos;
Los querubines de los hogares flotan en los balcones;
A las puertas de sus tiendas, se asoman los tenderos despeinados!
Se vacían las fábricas y los talleres;
Reluce, viscoso, el río; se apresuran las obreras;
Y en un cardumen negro, hercúleas, bromistas,
Corriendo con firmeza, asoman las vendedoras de pescado.
¡Vienen sacudiendo las cinturas opulentas!
Sus torsos varoniles me recuerdan pilastras;
Y algunas, sobre la cabeza, llevan en cestas
A los hijos que naufragarán en las tormentas.
[1] Río más largo de la península ibérica. Nace en los montes Universales, en la sierra de Albarracín (provincia de Teruel, España). Su desembocadura en Lisboa forma un gran estuario conocido como el Mar da Palha. (Nota del traductor).
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