
Mediodía
Mediodía. Un rincón de playa sin nadie.
El sol en lo alto, hondo, enorme, abierto,
Tornó el cielo de todo dios desierto.
Cae la luz implacable como un castigo.
No hay fantasmas ni almas,
Y el mar inmenso solitario y antiguo
Parece batir palmas.
Si todo el ser
Si todo el ser al viento abandonamos
Y sin miedo ni compasión nos destruimos,
Si morimos en aquello que sentimos
Y podemos cantar, es porque estamos
Al desnudo, el propio dolor meciendo en sangre
Frente a las madrugadas del amor.
Cuando la mañana brille otra vez floreceremos
Y el alma beberá ese esplendor
Prometido en las formas que perdemos.
Noche
Noche de hoja en hoja murmurada,
Blanca de mil silencios, negra de astros,
Con desiertos de sombra y luna, danza
Imperceptible en gestos quietos.
Llamé por mí
Llamé por mí cuando cantaba el mar
Llamé por mí cuando corrían las fuentes
Llamé por mí cuando morían los heroes
Y cada ser me dio señal de mí.
Nardo
Nardo
Pesado y denso,
Opaco y blanco,
Hecho
De oscura respiración
Y de agitación nocturna.
Sobre la autora
Según Jaime Siles, para Sophia de Mello, hay tres principios básicos: la lucha contra la degradación de la palabra, la lucha contra los eslogans y la lucha contra la promoción de los mediocres. Según ella, «el poema no habla de una vida ideal sino de una vida concreta» y todo poeta «es artesano de un lenguaje» que le exige lo que Da Vinci y Valéry llamaban su obstinado rigor. La poesía de Sophia de Mello ha sido fiel a toda esa serie de principios y ha buscado la memoria lejana «de una patria / eterna sí pero Perdida / que no sabemos dónde si en el pasado el futuro la perdimos». De ahí esa sensación de pérdida esencial que la lleva inevitablemente al mito y a la historia del nombre, y la entronca con la literatura griega clásica y con la tradición occidental, de la que es una de sus máximos representantes.
Por su parte, Francisco de Sousa Tavares asegura que:
La poesía no es para Sophia de Mello Andresen una aventura literaria. Es más, mucho más. Su rarísima sensibilidad, unida al poder maravilloso de ver y de hermanarse a la belleza de las imágenes, la posibilidad de extraer un orden mental, hacen de su poesía una revelación anímica, un descubrimiento ínimo, una dolorosa y rara tentativa de concientización. Es una búsqueda de vida, un llamado, un deseo infinito de que todo tenga sentido y sea verdad, y que los instantes y las cosas que han sucedido no sean sólo un eterno motivo de saudade.
Alberto de Lacerda ha dicho de ella «Poeta del mundo exterior y de la realidad metafísica, de la consustanciación profunda con la multiplicidad de lo real, verdadera poeta pagana, con lo que esta palabra puede tener de más grave y sacro. Su poesía es de raíz trágica ya que tiene una lucidez constante y agudísima de las antinomias. Su hambre de absoluto es un deseo de realización, no de fuga.
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