
Autor de una novela bien recibida —La tragedia del guajiro, 1939— que le valió un premio conferido por el periódico Avance, Ciro Espinosa es, más que un novelista olvidado, un autor hoy día del todo desconocido, al punto que su obra y su vida nos convocan a la indagación.
Nació en Jicotea, poblado perdido en la geografía villaclareña donde también vio la luz primera el insigne ensayista Juan Marinello (1898-1977). Espinosa cursó los estudios de bachillerato en el Instituto de Segunda Enseñanza de Santa Clara. Después se doctoró en Filosofía y Letras en la Universidad de La Habana y cursó estudios en la Escuela Profesional de Periodismo Manuel Márquez Sterling.
No perdió oportunidad ni de viajar, ni de acrecentar su cultura, ni de escribir. Durante una estancia en Estados Unidos pasó un curso en la Universidad de Columbia.
Sus primeras publicaciones nos lo revelan en la cuerda del ensayo: Leopoldo Alas y la novela en España del romanticismo al realismo, que sale de las prensas en 1928. A este le sucede otro estudio que asume, igualmente, la figura de Clarín: Leopoldo Alas. Matices de su personalidad literaria (1930).
Un tercer volumen que lleva por título En torno a la crítica de Leopoldo Alas, Clarín, de 1931, y un cuarto: Leopoldo Alas (Clarín), como ensayista, del mismo año que el anterior, dan la medida de que Ciro Espinosa es uno de los cubanos que con mayor profundidad se acercó a la obra del autor de La Regenta, considerada por muchos la novela más importante del siglo XIX español.
Súmese otro galardón, el Premio de Ensayo Filosófico que le confirió la Dirección de Cultura del Ministerio de Educación por su texto La crisis de la segunda enseñanza en Cuba y su posible solución, que se editó en 1942.
Tales títulos serían suficientes para recordar a Ciro Espinosa en el ámbito de los estudios literarios. Pero es su novela La tragedia del guajiro, que «presenta cuadros desoladores de la vida del campesino cubano»[1], llama la atención de la crítica y lo convierte en un autor que trasciende los planos académicos para insertarse en los intereses de un lector más general.
Dentro de su faceta periodística, colaboró en Continente, Orientaciones, Azul, Avance, El Mundo, El Comercio, Acción, firmando no solo con su nombre y apellido, sino utilizando además los seudónimos Dr. Chamizo y Ronosa.
El doctor Ciro Espinosa desarrolló una carrera como profesor que dejó huellas: fundó y dirigió colegios, dictó conferencias, ocupó el cargo de presidente de la Junta de Educación de La Habana; el de Inspector General de la cátedra de Español y asistió a eventos internacionales como representante cubano en materias educacionales. En la ciudad de Sagua la Grande, de la provincia de Villa Clara, realizó una muy diversa obra de divulgación en la prensa local.
Su pasión por el idioma lo llevó a escribir los programas para la enseñanza del Español y la Historia de la Literatura Española, un texto sobre la evolución fonética del castellano hablado por los cubanos, así como otro libro que tituló Verdades y mitos de la enseñanza en Cuba, publicado en 1955.
Incansable en su amor por los estudios literarios, la crítica, la enseñanza, y la novela —no pasemos por alto su libro Novelistas cubanos. Al doctor Ciro Espinosa (14 de septiembre de 1890– 18 de septiembre de 1956), no está de más abrirle un espacio en la memoria de estos tiempos.
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[1] Max Henríquez Ureña: Panorama Histórico de la Literatura Cubana, tomo II, Edición Revolucionaria, 1967, p. 407.
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