
Canción de lo no cantado
Con sed nueva de cantar entro al corazón del monte, y, con celos del sinsonte, y del río, y del palmar, y de la aurora, y del mar, y del cielo, y las cascadas, como de las madrugadas de luna y blanca ilusión, viene a mí la procesión de bellezas no cantadas. Viene el camaleón sin ruido sobre sus patas de raso, tan de raso como el paso del silencio y el olvido. Es —cazador sorprendido— una hoja viva y delgada que se le fue a la enramada; y bajo el solar destello, anda luciendo en el cuello una rosa sofocada. Viene el majá, insinuación de relámpago y camino, harto del símil mezquino y de la superstición. Viene a gritar su razón a decir que no es malvado. que si atrapa un cuerpo alado no es por intenciones malas: ¡es para nutrir con alas al dolor de ir arrastrado! Viene la insomne lechuza cuando la noche se explaya. Alguien dice: ¡Sola Vaya! Y sola los aires cruza. Su graznido desmenuza sobre la campestre alfombra y el hombre injusto se asombra de su fantasmagoría, mas yo sé que es la alegría de verle el fondo a la sombra. En su desnudez sin pelo viven las ramas saltantes, y abren sus bocas jadeantes como bebiéndose el cielo. Suenan, suenan el desvelo de su contrabajo frío; y son, allá en el macío, entre el junco y en el vado, un teléfono ocupado por la palabra del río. Viene el cerdo —miniatura de elefante, y alcancía-—: rojo grito de agonía que es heraldo de ventura. Viene el grillo, tesitura fragante de la sabana, rumor de fina campana pequeña y verde aeronave que en la noche es una clave de canturía lejana. Viene el chivo saltarín, ese amasijo cornudo de filósofo barbudo, de sátiro y bailarín. Enemigo del jardín más que el otoño de gualda, alpinista de la falda, Don Juan de ritos nasales y unas pupilas rurales codiciosas de esmeralda. Viene la araña, y con ella, la prehistoria del telar, el propósito de estar arriba, como la estrella. Se calumnia que no es bella y yo la sé encantadora: pacífica tejedora, silenciosa equilibrista, fusión de Arácnida artista y de Diana cazadora. Viene la astuta jutía hecha de fuga y salero, acróbata manigüero, cuadrúpeda simpatía. Viene con olor a umbría en el áspero color, con su rabo trepador y su aliento de espesura: indígena travesura con la muerte en el sabor. La jicotea paciente Viene con su casa encima, piedra fluvial que se anima y salta de la corriente. ¡Qué satisfactoriamente escucha la caravana! Y a la luz de la mañana una pobre mujer fea me comprende... y palmotea desde próxima ventana. (1945)
Sobre el autor
Jesús Orta Ruíz, El lndio Nabori (1922-2005) alcanzó la categoría de mito en ambas facetas de la espinela, la improvisada y la escrita. Fue merecedor de destacados galardones y reconocimientos, como la Orden «Félix Varelas de Primer Grado, el Título Honorífico de «Héroe del Trabajo de la República de Cuba» y la Medalla «Alejo Carpentier», otorgados por el Consejo de Estado. En 1995 obtuvo el Premio Nacional de Literatura por el conjunto de toda su obra.
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