
Si en un trabajo anterior había afirmado que su poesía en los inicios bordeó el conversacionalismo, ahora sostengo que este se mantuvo firme y pletórico de frutos en toda su obra. Es una lírica que se impulsa desde el coloquio, en que abundan el parlamento entrecomillado, la imprecación, la increpación, la afirmación oportuna e inoportuna, la negación, la pregunta, la exclamación, la inquisición o examen, inquisiciones al dolor, la frase coloquial, el vocativo, y se siente el regusto de la enumeración. En este sentido señalamos la presencia de rasgos humorísticos e ingeniosos en sus primeros libros. No es una poesía que parte de la metáfora y de ahí produce su tejido, aunque puede usarlas con eficacia. Se debe recordar que a la «entrada de la década de 1970 y comenzada la del 1980, puede hablarse de la existencia de un poscoloquialismo que se manifiesta en autores de varias generaciones y que comienza a intensificarse entre los propios coloquialistas […]
También se manifiesta en un verso libre o semilibre de acentuada intimidad, aun cuando no desee rebasar intencionalmente el tono conversacional, como se advierte en las obras de algunos poetas integrantes de la promoción nacida entre 1950 y 1958» (López Lemus, 2008) a donde pertenece Ángel Escobar.

Estamos ante un poeta de amplio registro expresivo que cultiva con éxito tanto la poesía de metro y rima como la libre en sus primeros cuadernos, hecho en que no lo acompañaban sus compañeros de generación, y por lo cual era criticado por estos. Nos asombra su libro «Allegro» de sonata, título que nombra a un poema a Cuba, donde muestra su cualidad en el cultivo del poema de largo aliento, su condición de poeta dueño de la expresión y las huellas del estilo lezamiano. Pero a partir de La vía pública ya va declinando hacia zonas sombrías, en tal sentido afirma en su prólogo que lo mortifica «la precariedad de la vigilia y el sueño», que es uno de sus temas fundamentales. Ángel fue un poeta que no dejó de escribir versos, porque para él como para Ana Ajmátova ellos son su nexo con el tiempo. Aparecen visiones y voces en sus textos, descripción de fantasmagóricas y maltrechas visiones y obsesiones alucinadas, y hasta el elemento fantástico, agonía por las voces y en las voces que se escuchan. Es una eternidad sin peso el chasquido que emiten la cotidianidad y la trascendencia cuando se cruzan en las inmediaciones del coloquio donde se unen absurdo y sinsentido:
Todo se va a cumplir menos tu cara
Va pasando sin dejar huella en las cosas porque no hay amor. Va mostrando cómo el mundo es un tropel de perseguidos: tramos de lucidez de su psiquis fracturada donde abundan citas del «Libro de la Cultura». Entonces ya su mundo y el mundo es un mundo desencajado, roto, donde todo pierde sentido, entonces crea coplas de la agonía, donde asistimos a la destrucción de una psiquis y de una identidad, donde confiesa: «Me quedo— / hasta en lo mío con miedo». Entonces escribe Abuso de confianza (1992), que es, sin dudas, su mejor libro, donde nos muestra los «cataclismos del diálogo» en que «su inseguridad lo catapultan hacia la desenseñanza [sic]», donde encontró una forma auténtica para su poesía en el versículo que también cultivó Martí en Versos libres, y del cual la poesía de Escobar muestra innegables huellas,[i] donde confiesa que necesita amor para salvarse, donde su poesía adquiere ya para siempre un aliento dramático, trágico, donde nos muestra un mundo en que ya todo es absurdo (véase el poema «Desde el suelo»). Emerge la angustia ante constantes y desgarradas visiones de las que lo salva momentáneamente el amor. ¿Qué sucesión nos desvelará, si ya todo es absurdo, la vida se convierte en explanada de agonías y absurdo, y el afán de vivir viene a ser una obra de caridad?:
Veintiuno y diez. Me fijo
Los muertos están muertos.
Muertos y agujereados como simples colmenas.
Ni siquiera las manos les transpiran.
Son otros, son —quiero decir— los vivos los que hablamos.
Los que mentamos un nombre en las aceras,
y nos hacemos cómplices del agua
que pasa entre sus huesos humillada.
Pero los muertos, los muertos están muertos.
Tranquilos, y bien aclimatados al silencio que no los desespera.
Los muertos se olvidaron de sus ganas.
Y los otros —quiero decir— seguimos, meramente de novios,
de compinches, de jefes o almas buenas.
Nos cambiamos de acera y vestimenta.
Nos tocamos las manos o los hombros, nos besamos los ojos
y seguimos, seguimos murmurando de nuevo en otra acera,
meneando como loros borrachos las cabezas cansadas,
tropezando volteados cual hormigas contentas de sus días.
Mientras los muertos siguen en su tumulto a solas.
Atorados de oficios y percances, bien o mal o a deshora
se encontraron con el silencio aquel que los ha mordido.
Los otros escuchamos renuentes las campanas: ¿dón-de es-tán?
Ya se sabe cómo abriremos luego el fósforo
para el antepenúltimo cigarro de la última congoja.
Y volvemos ay —quiero decir— volvemos de nuevo a las aceras
a engordar los saludos, las prisas y los ruegos.
A poco se nos gasta el rumor.
El impulso se nos hace de pronto
el puñadito de sal que quiere la vecina.
Y el murmullo incesante de la horas se vuelve,
se vuelve —quiero decir— se ha vuelto
esa sorda colilla que un pisotón apaga.
Describe un universo donde no se puede alcanzar la propia identidad, donde está condenado a ser «un estudiante de la melancolía» (Escobar, 1997, prólogo). Más allá de su crisis existencial debido a su desequilibrio psíquico, su poesía muestra inclinaciones hacia el reflejo de temáticas sociales y antropológicas: el destino de un hombre en un mundo como el de hoy, el azar que supone la vida. Pero, en su angustia, a todo tiene que decirle adiós: «Queda la infernalización de lo idéntico que huye» («el Otro»). Su angustia del vivir sin sentido se duplica en su estancia chilena, la agonía y el absurdo de la vida se unen en Cuando salí de la Habana (1997) con el anhelo de la patria ausente —en libros posteriores sentirá nostalgia por el lugar natal, Sitiocampo, sitio de salvación. Su mente rota pide refugio en su tierra, en su patria (véase su poema «Tierra, tierra mía, isla transida…»). Está viviendo la incapacidad de poseer su propia identidad —tema que recorre lo mejor de su obra—, es imposible ser dueño de la propia identidad, saber quién es por su desquicio interminable: «Quieren chupar el rostro, mi alegría y mi sangre. Y yo no tengo rostro, ni alegría, ni sangre» («Prende»); «El sol dice que me han robado el alma» («Ningún cambiazo»); «Volveremos a pasar cuando yo logre verme» («Contigo», ); «me sacan de mi cero natal» («Que cualquier otro dueño»); «Las penas le ladran a mi identidad […] no estoy en mí» («Sombra aleve»); «Si pudiera convertirme en mi nombre» («Susurro»); «Hay un cuchillo que te raspa el nombre» («Figuras»); «Me veo y voy con miedo y recelo hasta mi espíritu» («Suceso así remoto»); «el orgullo me sirve de tristeza» («Cuando salí de la Habana»). Todo es la lucidez en el desgarramiento, crisis de todos los roles, de todas las imágenes, una angustia que viaja al desarraigo y de este a la desolación. Es una identidad perdida en otros que no son nada y en la angustia que supone buscarla. Intemperie total, vacío del alma. Hay una maldición de la que no se puede huir, una tragedia de la infancia que a él y a los como él: los suyos, los deja vencidos. «El poeta ha transitado todos esos años en busca de su verdad esencial, su verdad imprescindible, el conocimiento de sí mismo desde una dimensión absoluta» que al cabo le resulta imposible. «El conocimiento ha resultado ser una experiencia atroz, intolerable, de la que es preciso huir, escapar para librarse de las imágenes alucinantes, […] al horror que la cotidianidad despierta en el poeta, siempre insatisfecho porque quiere asir el cuerpo de las cosas y de su pasado, y se le desvanece mientras contempla el suceder, los objetos y su propia existencia» (Saínz, 1997). Son palpables en su poesía los anhelos de encontrarse y respirar la comunión humana porque él sabe ponerse en el sitio del otro. Prueba de ello la encontramos en dos poemas curiosos sobre el mundo de los adolescentes: «Ah, bueno» y «El testigo».
[i] Dice en su texto «Dotro»:
«Hazme un buen truco.
Ven, animal de feria, y ten la llave —
qué ruido me enarbola. Este que va a morir
ya está bien muerto». (Escobar,1992, p. 251).
Asciende aquí el eco de «Canto de Otoño» de Versos libres:
«¡Oh, vida, adiós: —quien va a morir va muerto».
Y de «Hierro»:
«Grato es morir: horrible, vivir muerto».
También la sombra de su mal y del suicidio rodea su pensamiento y se moldea en una paráfrasis de Versos sencillos —véase «Paráfrasis sencilla» (Escobar,1992, p. 146). En “Consideraciones” (ibidem, p. 82), parafrasea a Versos sencillos y al poema «Dos patrias» de Versos libres (Escobar, 2022).
Bibliografía
Escobar, Ángel: Abuso de confianza, t. II, 1992.
__________ Cuando salí de la Habana, t. II, 1997.
__________ Poesía completa, Ediciones Unión, La Habana, 2022.
López Lemus, Virgilio: “La lírica. Panorama de su desarrollo”, en: Instituto de Literatura y Lingüística, Historia de la Literatura Cubana, p. 51, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2008.
Saínz, Enrique: «Prólogo», en Ángel Escobar, Cuando salí de la Habana, t. I, p. 9, 1997.
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