
Josefina Consuelo García-Marruz Badía, conocida como Fina García Marruz (La Habana, 28 de abril de 1923 – La Habana, 27 de junio de 2022) fue una poetisa, ensayista, investigadora y crítica literaria cubana. Compañera de vida del escritor cubano Cintio Vitier (1921-2009).
Fue una de las mayores poetas del idioma español. Sus versos están recogidos principalmente en tres libros: Las miradas perdidas, Visitaciones y Habana del centro.
Su obra ensayística incluye, entre muchos otros trabajos, publicados e inéditos, Temas martianos, Hablar de la poesía, Quevedo, y La familia de Orígenes. Estudios críticos, con Cintio Vitier, La Habana, 1964, Bécquer o la leve bruma, La Habana, 1971, Flor oculta de poesía cubana, con Cintio Vitier, La Habana, 1978, Hablar de la poesía, Letras Cubanas, La Habana, 1986, Textos antimperialistas de José Martí, La Habana, 1990, La literatura en el Papel Periódico de La Habana, con Cintio Vitier y Roberto Friol, La Habana, 1991, Darío, Martí y lo germinal americano, Ediciones Unión, La Habana, 2001, Juana Borrero y otros ensayos, 14 textos; La isla infinita, 2011 y El orden del homenaje, Editorial Huso, 2018.
Fue premiada en reiteradas ocasiones. Entre algunos de los galardones más importantes pueden mencionarse el Premio Nacional de Literatura (en 1990), la Orden Félix Varela (en 1995), el Premio Pablo Neruda (en 2007), el Premio de Poesía Iberoamericana (en 2011), el Premio Federico García Lorca (en 2012) y la Orden José Martí en 2013.
En sus poemas percibimos un goce metafísico que interroga a la trascendencia al mismo tiempo que a la caducidad, un goce incandescente y metafísico hacia los seres y las cosas. Es apreciable en la muestra la presencia «de las tres temáticas fundamentales señaladas por la crítica en su lírica, a saber, su poética de lo cubano, su poesía de la memoria, y su poesía expresamente católica».
Desfilan ante nuestros ojos en formas sigilosas el carácter efímero de la existencia, al tiempo que trasciende, apreciable también en la imposibilidad de apresar el misterio de la vida, que se manifiesta en la constante de sentirlo. Sólo ella ve la puerta obstinada por donde pasan el flujo y la ausencia. La mente se coloca en lo que todos saben, y nadie dice, y nos asombra «su convicción de la cualidad simbólica de lo real». «Una dulce nevada está cayendo», «Para otros ojos», «No sabes de qué lejos he llegado», «Retrato de Sergio», entre otros, dan fe de tal idea, pero nunca de manera tan profunda, y a la vez tan leve, como en el poema «El día en apariencia».
Un sentido de lejanía hacia los seres y los objetos que es, en muchas ocasiones, el que permite comprenderlos, vuelve especial su poesía como «un monólogo lento de diamante», a través del cual «accede» a la veneración del tiempo ido, por medio de un lenguaje pleno de sobriedad y goce en la contemplación, nunca privado del cifrado de sus textos, esencial en su poética. En ese viaje nos sorprende un tono de permanente y suave evocación, un regusto conversacional y tono prístino, y una y otra vez el ritmo fugitivo y hermoso de la vida, que gracias a tales atributos marca su trascendencia. La certeza o esencia de lo profundo y tierno de la vida –maneras de recibir el delicado y cardinal latido del mundo– pasa por nuestro lado cuando leemos el poema «Esos relojes que los padres dejan».
A Fina, como a su verso, «La luz que la abandona la dibuja un momento», y esculpe su poesía. La autora, tan imbuida de la caducidad de las cosas y sus fantasmas, halla en ella su propia libertad; la libertad como centro que emana. «Pero su lucidez se halla a la altura de su pena, y su tenacidad a la de su desesperación». Es fascinante la crudeza con que habla del sentido común. Vuelve a decirnos: donde todo se contradice, allí permanecemos. Son argumentos en contra y a favor que anuncian lo real del absurdo. Se unen la vehemencia y la paz. Sabe que el tiempo es la forma magna del movimiento, y el movimiento es la figura del amor, incapaz de detenerse sobre un ser en particular, pasando rápidamente de uno a otro.
Aunque «el olvido, que así lo condiciona, no es más que un subterfugio de la memoria». La ausencia, que todo lo arrasa es pulsada por un afán de absoluto que cada poeta lleva dentro, absoluto de armonías, pues sabe que «el tiempo no es más que un infinito vacío». Tiene su poesía la voluntad de los frescos, de las naturalezas muertas, el momento en que intuyes que el cristal está hecho de agua.
Cuando el tiempo ya es ido, uno retorna
Cuando el tiempo ya es ido, uno retorna como a la casa de la infancia, a algunos días, rostros, sucesos que supieron recorrer el camino de nuestro corazón. Vuelven de nuevo los cansados pasos cada vez más sencillos y más lentos, al mismo día, el mismo amigo, el mismo viejo sol. Y queremos contar la maravilla ciega para los otros, a nuestros ojos clara, en donde la memoria ha detenido como un pintor, un gesto de la mano, una sonrisa, un modo breve de saludar. Pues poco a poco el mundo se vuelve impenetrable, los ojos no comprenden, la mano ya no toca el alimento innombrable, lo real.
***
Los extraños retratos
Ahora que estamos solos,
infancia mía,
hablemos,
olvidando un momento
los extraños retratos
que nos hicieron.
Hablemos de lo que tú y yo,
por no tener ya nada,
sabemos.
Que esta solitaria noche mía
no ha tenido la gracia
del comienzo,
y entré en la danza oscura de mi estirpe
como un joven tristísimo
en un lienzo.
Mi imagen sucesiva no me habita
sino como un oscuro
remordimiento,
sin poder distinguir siquiera
qué de mi pan o de mi vino
invento.
En el oscuro cuarto en que levanto
la mano con un gesto
polvoriento,
donde no puedo entrar, allí me miras
con tu traje y tu terco
fundamento,
y no sé si me llamas o qué quieres
en este mutuo, extraño
desencuentro.
Y a veces me parece que me pides
para que yo te saque
del silencio,
me buscas en los árboles de oro
y en el perdido parque
del recuerdo,
y a veces me parece que te busco
a tu tranquila fuerza
y tu sombrero,
para que tú me enseñes el camino
de mi perdido nombre
verdadero.
De tu estrella distante, aparecida,
no quiero más la luz tan triste
sino el Cuerpo.
Ahonda en mí. Encuéntrame.
Y que tu pan sea el día
nuestro.
***
El día en apariencia
El día en apariencia quieto sereno, inmóvil, ha hecho abrir el grano, caer el pétalo crecer el pensamiento, madurar el amor o la guerra, y, en un mismo instante, nacer y morir. El día, en su majestad, el serenísimo.
***
Esos relojes que los padres dejan
Esos relojes que los padres dejan al morir a sus hijos todavía con el calor de su pulso, ese único objeto suyo que todavía late y pueden traspasar, esos relojes que van a seguir generosamente midiendo una hora que ya no les pertenece, esa única supervivencia suya que entregan a los hijos, cuando la vida ya a ellos nada les regala, lo tan modesto de ese regalo, lo tan efímero, lo leve de ese gesto, es de pronto tan enorme como el corazón del tiempo que sigue y seguirá ya sin todos, la dádiva del Padre, inmedible, latiendo.
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