
La lectura, que no es otra cosa que descifrar el mundo analíticamente, comprende igualmente las enseñanzas que se reciben por enunciados ajenos y que el poeta abraza: poner lo que creemos de una manera mejor, en boca y en la pluma de otros.
Piénsese en la siguiente cita de Baudelaire que tal parece el centro irradiador de la poética lezamiana, y que describe lo que el escritor hace propiamente con la imagen y la figura histórica y literaria de Martí: «Glorificar el culto de las imágenes (mi grande, mi única, mi primitiva pasión).»
En tal sentido, Marilyn Bobes ha afirmado que las claves de la escritura lezamiana pueden encontrarse en una anotación del Diario donde el escritor confiesa:
El mucho leer y la muerte de mi padre, el 19 de enero de 1929, me alucinaron de tal forma que me fueron preparando para escribir. El ejercicio de la lectura fue completado por la alucinación. Mis alucinaciones se apoderaban de la imagen y me retaban y provocarían mi mundo de madurez, si es que tengo alguno.
Concebir a la creación como punto supremo o punto de desboque del amor es también una idea martiana que Lezama bebe asimismo en Platón y León Bloy:
«22 Feb/ 45. “El don de sí, sin amor ¿no es un desorden espantoso?” León Bloy»
He rechazado siempre el maniqueísmo, combatir el mal, he buscado siempre actuar dentro de lo que Platón llama el amor.
En Asedio a Lezama Lima integra dichos saberes a su credo cuando afirma: «la expresión es una experiencia total siguiendo la tradición griega y cristiana, pues ahí coinciden Platón y San Agustín que estaban acordes en que era lo mismo hacer el bien que combatir el mal, y hacer un buen poema es el mejor gesto de protesta contra los poetastros pimpantes.»
No se nos escape, al analizar estas últimas anotaciones cómo Lezama igual que Martí une bien y belleza, y reconoce que hay belleza en la justicia, a propósito de unas anotaciones concebidas luego de la lectura de Nietzsche: «La justicia es un sentimiento apolíneo.»
Sobre la naturaleza del acto creativo Martí refiere en los apuntes en hojas sueltas que no creía «que el escritor se debe poner ante el público para lucir sus poderes, sino para darle, en la forma más propia del asunto, la cantidad mayor de ideas posible». En esa preeminencia del bien pueden ubicarse varias de las gravitaciones entre lo ético y lo artístico que allí se recogen:
En un ejemplar del libro vulgar de Boyensen sobre Goethe, el Fausto y Schiller, hallo esta nota manuscrita:
If there were offered to me in one hand character and in the other intellect, I would choose: what power can man who lacks moral satisfaction can his work brings when impaired by an impure heart: Goethe wielded his sceptre well —but much greater would he have been if he had always restricted his impulses. Admire him as a poet, and not as a man. [Si me ofrecieran algo escrito de la mano de un genio, o de otra inteligencia, yo elegiría: ¿qué poder puede manejar un hombre que carece de satisfacción moral? ¿Puede crear su obra cuando esta es dañada por un corazón impuro? Goethe empuñó muy bien su cetro —pero mucho más grande pudo haber sido si siempre hubiera contenido sus impulsos. Admirarlo como poeta y no como hombre.]
Yo mismo acaso no hubiera dicho eso de diferente manera. Los poetas no deben estar entre los voraces, sino entre los devorados.
Martí cree en el poder luminoso y engendrador de la virtud que asoma como una presencia esencial, constitutiva, que engrandece la aureola de la obra artística, y defiende la humildad y el sentido de sacrificio que debe acompañar al poeta en detrimento de «la inclinación intelectualmente aristocrática de Goethe y sus ambiciones cortesanas, su olímpico egocentrismo y su indiferencia política».
Dicha vocación de servicio e instinto sacrificial pueden percibirse con claridad en este apunte: «Escribe mucho cuando sufran los demás: ¡cuando tú sufras, escribe poco!»
Hay almas cadáveres. No se trabaja para el aplauso de los egoístas: se trabaja para la compañía futura de los mártires.
Irrumpe aquí el anhelo ético que intenta erigir en precepto de su escritura, la lucha contra la obsesión o el ansia de decir, no desprovisto de cierto sentido místico, y que involucra un antiquísimo refrán, que además de predicar por la laboriosidad constante, está emparentado con el famoso verso de su poema «Hierro»: «Ganado tengo el pan: hágase el verso». Con tales pilares, y otros analizados en los Cuadernos de Apuntes llega a cuestionarse: «He trabajado yo acaso para que me premien, o para estar contento de mí mismo», reconociendo con el ímpetu de su juventud y su gran talento la raigalidad ética de su creación artística, que alcanza un punto de giro o momento culminante aquí también en el repliegue de su vocación artística para dedicarse enteramente a la organización de la guerra.
Luego de tales razonamientos es acertado concluir que para ambos escritores el arte es expresión de verdades universales y actividad creadora que se propone el bien del prójimo. Semejante precepto humanista se une a otro de su misma condición.
Me refiero a la preocupación en ambos cuadernos de escritores por el conocimiento de la etimología de las palabras. Dentro de semejante interés filológico resalta la concepción del lenguaje como parte integrante y activa del universo que se rige por sus leyes y la inclusión de precisiones etimológicas, una de las vías indudables de los procesos de asimilación cultural y gnoseológica en sus obras. Lo etimológico es concebido por tanto como elemento base en la formación de la cultura.
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