
Primera noche
Anatomía de la tristeza
Todos lo saben ya, todos lo saben…
(Canto desbordado)
La noche se presentaba violentamente fría en Matanzas. El fuerte viento provocaba que el salitre del enfurecido mar cercano —con su penetrante olor a hierro viejo— se esparciera por las calles hasta hacerlas brillar de un modo extraño, en aquella madrugada de febrero, la más invernal del año.
La ciudad desierta se ofrecía como la mejor cobija para mi aventura, necesitada de un poco de nostalgia para poder evocar los innumerables relatos que exigían a su protagonista horas de meditación. Debía retrotraerse en tiempo y espacio a épocas pasadas que, tal vez, ella hubiera preferido no rememorar nunca más.
Al llegar, traté de documentarme sobre la vida de Carilda Oliver, en las pocas horas que antecedieron a la primera entrevista, pero ese esfuerzo sólo sirvió para enriquecer el mito que se tejía en torno a su persona, ya convertida, más bien, en un personaje. Decenas de anécdotas se acumularon para crearme expectativas sobre sus hazañas amorosas, descalabros sentimentales o extravagancias. Alguien llegó a advertirme que si iba a su casa en la madrugada, tendría que tropezarme con seres un poco extravagantes.
De inmediato comprendí que, junto al río San Juan o a sus legendarios puentes, Matanzas alimenta cotidianamente ese mito. Cada ciudad necesita uno, y Carilda es el mito vivo[2] de los matanceros. De ella se habla en las tertulias literarias, pero también en las bodegas, tanto los intelectuales como los profanos, y, más de una vez, sus costumbres poco usuales han servido para mitigar el aburrimiento que media entre dos buenas telenovelas.
Tuve dudas sobre la manera de proceder en el instante en que se presentara ante mí, pues la afabilidad mostrada en la llamada telefónica no dejaba demasiado espacio para un trato protocolar, pero al mismo tiempo, sabía por experiencia que la primera impresión podía ser determinante para los resultados de la entrevista.
Ya frente a la puerta, lo primero que llamó mi atención fue la aldaba, cuyo bronce centenario brillaba como oro puro. Miles de manos habían logrado esa obra inconfundible: la inquilina de aquella casa no vacilaba en recibir a numerosas personas todos los días de su vida. Como es obvio, eso anticipaba su comportamiento extrovertido, franco, pero también vaticinaba lo difícil que resultaría obtener un poco de exclusividad en aquellas revelaciones.
Más apremiado por el frío que por la prisa en conocerla personalmente, toqué a la puerta. Traté de entrar en situación en esos pocos minutos, como lo hace el actor que será llamado a escena, porque estaba dispuesto a beberme de un golpe todo el encanto seductor de esta mujer que había hecho perder la razón a tantos hombres.
La imaginaba detrás de la puerta, a pocos centímetros de mí, retocando por última vez el maquillaje o algún pliegue del vestido, que seguro había sido acomodado mil veces antes de mi llamado. Sin reverencias, me recibió con una franca sonrisa y un beso en la mejilla. «¡Es usted un hombre muy puntual!», fue lo primero que dijo.
Todavía no estaba en condiciones de adivinar si se trataba de un elogio para facilitar el camino que habíamos convenido andar juntos o si pretendía advertirme que la puntualidad es absolutamente irreconciliable con su pasión amorosa. Su vestido, tan cuidado y elegante, hubiera servido para una velada protocolar.
Una verdadera sorpresa se produjo cuando entré al recibidor. Para pasar hay que bordear el angosto pasillo que queda entre la pared y un automóvil nuevo que guarda dentro de la casa, a falta de mejor cobija. El fuerte olor de la grasa y de las tapicerías recién estrenadas era el incienso menos apropiado para aquel templo de la poesía.
La casa no tenía muebles convencionales. A duras penas pude conseguir un sillón de los cuatro que se acomodan en simétrica formación, después de disputárselo severamente a los gatos que no entendían la solemnidad de la ocasión y se negaban a romper sus rutinarias costumbres. No puede decirse que había suciedad, pero tampoco demasiado orden. Muchos diplomas y fotos de personas desconocidas para mí, estaban dispersos en las paredes, en espera de que la entrevista me revelara algo de sus identidades. A mi derecha, una puerta de hojas plegables que da acceso al patio interior, permanecía cerrada para mantener un poco de calor en la habitación, aparentemente más fría por lo escaso del mobiliario.
Tres máquinas de escribir se hallaban diseminadas sobre las mesas y los escritorios de aquella habitación que no sabría describir como sala, estudio o qué sé yo. De ellas, una vieja Underwood —pintada de un brillante rojo bermellón— atrajo mi atención todo el tiempo. Pensé que aquella era la primera prueba fehaciente de las extravagancias que ya me habían anunciado, pero me equivoqué, pues Carilda me aseguró que no era suya sino de un amigo que la había traído para trabajar en su casa.
«Yo no sé por qué la han pintado de ese color rojo tan escandaloso —me comentó—; mi preferida es otra —y la señaló con el dedo—, porque es cómplice de todas mis emociones».
Y mirándome a los ojos dijo: «Estoy a su entera disposición». No hubo más dilación. La enfrenté con la pregunta que en realidad me llevó a aquella ciudad: ¿Por qué el mito de Carilda?
«Yo trato de explicármelo y creo que la primera causa fue el intento de suicidio de mi primer esposo y el de un muchacho con el que yo no tuve nada que ver. De eso no quiero ni hablar: segundo suicidio. Después viene un chiflado, poeta pero chiflado, que era graduado de la Sorbona, y se enamora de mí, pero como yo tenía novio, se enreda a piñazos con él: se cayeron al río y casi se ahogan… y vino el otro escándalo.
Luego se suicida de verdad Hugo… Mi matrimonio con un hombre mucho más joven que yo. También están los rumores del presunto romance entre Hemingway y yo, que no existió, y la anécdota publicista de un periódico suramericano en relación con aquel poeta que después escaló el Aconcagua para gritar desde el pico que me amaba. Esas pueden ser las causas del mito, pero tal vez en alguna de ellas yo no tenga nada que ver».
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