
Una frase, sobrecogedora como una catedral, se atribuye a Jorge Luis Borges (1899-1986): «Siempre imaginé que el paraíso sería algún tipo de Biblioteca». Para los que hemos rendido tributo a los saberes, a la creación y al conocimiento (no siempre entendidos en su justa dimensión —el conocimiento es también creación—), la obra de Borges provoca un continuo disfrute en lo inalcanzable de su misterio: como lo fueron en su obra los laberintos, los espejos, el infinito, el lenguaje. Eso me recuerda un pasaje de «El jardín de senderos que se bifurcan», uno de sus textos más conocidos:
—Veo que el piadoso Hsi P’éng se empeña en corregir mi soledad. ¿Usted sin duda querrá ver el jardín?
Reconocí el nombre de uno de nuestros cónsules y repetí desconcertado:
—¿El jardín?
—El jardín de senderos que se bifurcan.
Algo se agitó en mi recuerdo y pronuncié con incomprensible seguridad:
—El jardín de mi antepasado Ts’ui Pén.
—¿Su antepasado? ¿Su ilustre antepasado? Adelante.
El húmedo sendero zigzagueaba como los de mi infancia. Llegamos a una biblioteca de libros orientales y occidentales. Reconocí, encuadernados en seda amarilla, algunos tomos manuscritos de la Enciclopedia Perdida que dirigió el Tercer Emperador de la Dinastía Luminosa y que no se dio nunca a la imprenta. El disco del gramófono giraba junto a un fénix de bronce. Recuerdo también un jarrón de la familia rosa y otro, anterior de muchos siglos, de ese color azul que nuestros artífices copiaron de los alfareros de Persia…
Stephen Albert me observaba, sonriente. Era (ya lo dije) muy alto, de rasgos afilados, de ojos grises y barba gris. Algo de sacerdote había en él y también de marino; después me refirió que había sido misionero en Tientsin «antes de aspirar a sinólogo».
Nos sentamos; yo en un largo y bajo diván; él de espaldas a la ventana y a un alto reloj circular. Computé que antes de una hora no llegaría mi perseguidor, Richard Madden. Mi determinación irrevocable podía esperar.
—Asombroso destino el de Ts’ui Pén —dijo Stephen Albert—.
Gobernador de su provincia natal, docto en astronomía, en astrología y en la interpretación infatigable de los libros canónicos, ajedrecista, famoso poeta y calígrafo: todo lo abandonó para componer un libro y un laberinto. Renunció a los placeres de la opresión, de la justicia, del numeroso lecho, de los banquetes y aun de la erudición y se enclaustró durante trece años en el Pabellón de la Límpida Soledad. A su muerte, los herederos no encontraron sino manuscritos caóticos. La familia, como usted acaso no ignora, quiso adjudicarlos al fuego; pero su albacea —un monje taoísta o budista— insistió en la publicación.
—Los de la sangre de Ts’ui Pén —repliqué— seguimos execrando a ese monje. Esa publicación fue insensata. El libro es un acervo indeciso de borradores contradictorios. Lo he examinado alguna vez: en el tercer capítulo muere el héroe, en el cuarto está vivo.
En cuanto a la otra empresa de Ts’ui Pén, a su Laberinto…
—Aquí está el Laberinto —dijo indicándome un alto escritorio laqueado.
—¡Un laberinto de marfil! —exclamé—. Un laberinto mínimo…
—Un laberinto de símbolos —corrigió—. Un invisible laberinto de tiempo. A mí, bárbaro inglés, me ha sido deparado revelar ese misterio diáfano. Al cabo de más de cien años, los pormenores son irrecuperables, pero no es difícil conjeturar lo que sucedió.
Ts’ui Pén diría una vez: Me retiro a escribir un libro. Y otra: Me retiro a construir un laberinto. Todos imaginaron dos obras; nadie pensó que libro y laberinto eran un solo objeto.

Ha sido una feliz coincidencia la de que, cuando se cumplen cuarenta años de la muerte de Borges y apenas a unos días de su muerte, tengamos el gusto de rendir homenaje con esta edición de Cubaliteraria a una de las figuras más importantes de la literatura latinoamericana y universal, Premio Miguel de Cervantes.
El libro Borges, entre literatura y pensamiento metafísico: asedios desde Mauricio Beuchot, de Magdey Zayas Vázquez, resulta una loable contribución a los estudios sobre el ilustre argentino, quien es de esos escritores que desborda en sus textos contenidos y referencias inagotables, los que han hecho tan fértiles, a su vez, las aproximaciones a su creación y el imposible agotamiento de las perspectivas desde las que puede ser abordada. Una compleja red de ideas provenientes de Oriente y Occidente conforman el ecléctico sustrato ideológico (ideológico, en este caso, como relativo a las ideas, no estrictamente a la ideología) sobre el que se estructura la creación borgeana; así de diversos son también sus estudios entre los que sobresalen la tendencia crítico-genética, los estudios culturales y de género, así como los de tendencia de teología y orientalismo, entre otros. Sus principales estudiosos han sido el uruguayo Emir Rodríguez Monegal (1921-1985), y sus coterráneos Beatriz Sarlo (1942-2014) y Adolfo Bioy Casares (1914-1999). Detenerme en estos datos no es un efecto de erudición, sino cierta manera de demostrar cuán novedosa y arriesgada es la perspectiva que utilizará Zayas en su aproximación. Como se expresa en la Síntesis del libro:
/…/ Zayas Vázquez se propone adentrar al lector en una perspectiva hermenéutico-analógica para interpretar la obra de Jorge Luis Borges desde la teoría de [uno de los principales filósofos contemporáneos de Iberoamérica, el mexicano] Mauricio Beuchot. En ese sentido, el autor realiza el análisis de una selección de textos ensayísticos, poéticos y narrativos de Borges, que ofrecen la posibilidad de discernir entre las diferentes teorías metafísicas que conforman la obra del autor argentino y la relación intertextualmente dialéctica perceptible en esta. Para ello no solo se apoyó en la Hermenéutica Analógica de Beuchot, sino que también elaboró el concepto de «intertextualidad dialéctica» a partir de la conjunción del término intertextualidad literaria de Julia Kristeva y el de la dialéctica hegeliana desde la metafísica. Se trata, básicamente, de una traslación del concepto de Kristeva al área de la hermenéutica filosófica para analizar, examinar e interpretar la obra de Borges desde esa perspectiva, más allá del estricto sentido literario del texto, en su riqueza filosófico-metafísica.
(propuesta epistemológica, metodológica y exegética en la que se centra el núcleo de la investigación y del aporte de Zayas Vázquez).
Numerosas fueron las dificultades en el trabajo editorial de este libro:
- Asimilar una lectura compleja, densa, infrecuente.
- Siguiendo la idea del objeto de estudio, asumir la tesis como laberinto, pero convertir el laberinto en libro de ensayo.
- Mención aparte merece el homenaje que rinde el libro a la Dra. Ivette Fuentes de la Paz quien aportó al laberinto para la culminación exitosa del ejercicio en opción de la Licenciatura Magistral en Humanidades con Especialización en Ciencias Sociales del Instituto de Estudios Eclesiásticos Padre «Félix Varela», bajo la tutoría del Dr. Lucjan Borg, O. S. A.
Para terminar, quiero referirme al terror, pero al terror mío cuando una vez que le hice las varias lecturas y revisiones pertinentes al laberinto (la tesis), traté de aclarar mis muchas dudas y de llenar mis muchas lagunas sobre un tema tan atrayente como complejo (Magdey me ofreció la lectura de trabajos como «Un acercamiento a la identidad narrativa: entre la ipseidad y la mismidad», de Gabriela López Ladino y «Terror cognoscitivo y terror metafísico en los relatos de Jorge Luis Borges», de Bernat Castany Prado, solo para que entendiera mejor algunos conceptos, oferta que, humildemente, decliné) y le realicé una propuesta al autor que hiciera más coherente un satisfactorio resultado editorial.
A veces cuando vuelvo a leer algunos de mis propios textos me pregunto: «¿Pero eso lo escribí yo?». Ahora miro hacia atrás y, sin graduarme aun como una editora de altura, me pregunto: «¿Pero ese monstruo lo edité yo?».
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Borges entre literatura y pensamiento metafísico, asedios desde Mauricio Beuchot (epub), de Magdey Zayas Vázquez
Borges entre literatura y pensamiento metafísico, asedios desde Mauricio Beuchot (pdf), de Magdey Zayas Vázquez
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