
No sé dónde pude haber leído alguna vez una frase como que «a un poeta, si es que lo es de veras, lo forman el tiempo o la raza». No creo que la frase sea exacta como tampoco a quién lo dijo. ¿Acaso Max Aub?
El mismo Borges —quiero decir, de los tantos que existen, Jorge Luis, el bueno, el argentino— creyó entrever que la poesía, o la belleza en la poesía era don de unos pocos. Luego creyó que a más de estar y ser, podía ser y estar en cualquier parte.
Tampoco sé, como en verdad pudiera no saber, si algunos de estos dones pertenecen a Derek Walcott; quien naciera en Claistres, capital de Santa Lucía, hacia 1930 y falleciera en 2017.
Pero lo cierto es que saber de él, lo que se dice saber, nada sabíamos hasta que en 1992 —vaya qué fecha si se viene a ver por los temas que toca D. W. en su poesía— un golpe de dados –¿de dados o de azar?… ya que con los suecos nunca se sabe— pusiera en sus manos el tan codiciado, y no por ello menos controvertido, premio Nobel que, dicho sea de paso, esta vez se hiciera justicia sacando a la palestra, a un poeta y dramaturgo muy mal conocido o desconocido entonces hasta en su propia lengua.
Derek viajó y hubo de viajar. Y en uno de ellos incluso conoció a Robert Lowell de quien, y son palabras del propio Walcott, aprovechó para aprovecharse de algún que otro consejo, salido no solo de la amistad, sino de la boca y del oficio de Robert Lowell, otro raro.
Nada. Y es que los grandes llegan siempre primero a los grandes. O al menos esa es la norma que no tendría por qué sorprendernos. Así las cosas, de la valía de Derek Walcott ya habían dado cuenta en sus ensayos, un Nobel (un raro) Seamus Heaney y Joseph Brodsky, otro Nobel (otro raro).
De sus libros vertidos al español podría consultarse su denominada obra cumbre Omeros, en Anagrama; El testamento de Arkansas, colección Visor; a más de una que otra antología de título Islas, salida por alguna que otra colección, también española.
El poema aquí citado pertenece a su libro The star-apple kingdom (El reino del caimito) traído y publicado al español por la editorial Norma, en Colombia.
Tal vez mañana podamos conocer, aquí, en Cuba, más ampliamente su obra. Tal vez soñar.
Pelea con la tripulación
Había un hijo de puta abordo que me tenía entre ojos, era el cocinero, un imbécil de St. Vicent piel de gomero, roja y descascarada, y desteñidos ojos azules; no me dejaba en paz un minuto, como que se creía blanco. Yo tenía un cuaderno, este mismo, que usaba para escribir mi poesía; pues un día este hombre me lo arrancó de las manos y empezó a tirarlo de aquí para allá entre toda la tripulación, vociferando, «Cójanlo» y comenzó a remedarme melindrosamente como si yo fuera una gallina por los poemas. En unos casos es a puños, en otros a garrote, en otros a cuchillo. Este fue a cuchillo. Bueno, primero le rogué, pero él seguía leyendo «Oh mis hijos, mi esposa» llorando en burla para hacer reír a la tripulación; tan rápido como un pez volador, el plateado cuchillo fue a enterrarse justo en el bulto de su pantorrilla, y se desvaneció muy despacio y se puso más blanco de lo que él imaginaba que era. Supongo que entre hombres estas cosas son necesarias. No está bien pero así es. No hubo mucho dolor, sólo sangre en abundancia, y Vincie y yo los mejores amigos, pero ninguno de ellos volvió a joder con mi poesía.
Visitas: 31






Deja un comentario