


Cuando leo la poesía escrita por Almelio Calderón (La Habana, 1966) siento «cierto estado de espíritu confuso y tempestuoso en que la mente funciona de un mero auxiliar», o la fragmentación de un mundo como vehículo generador. A veces parece un niño que se entrega a la escritura, y otras, alguien que alcanza las sumas rotundas o graves de la expresión.
Los versos que allí nos atraen, nos cautivan o convencen, son aquellos donde no hay ninguna sombra de amaño o impostura. Se conjugan allí el estado de inocencia y el estado de alerta (Zukofsky, 1994, p. 49).
Veamos si no el poema «Puertas» que funciona como un arte poética en su espontaneidad característica:
Hoy pregunté en qué puerta hay una puerta para tocar un timbre unos brazos alguna tristeza o recado para ceder un fin una existencia con sus cuatro oráculos. Hoy pregunté cuántas puertas hay que tocar ¿habrá primero que aprender a montar un mundo o habrá que ganarle a la suerte? Hoy pregunté en qué lugares están las puertas para tocar —en todos los sitios— gritaron ustedes e incluso donde nunca han existido. (Calderón Fornaris, 2013, p. 12).
En su poesía, donde permanecen la huella lezamiana y el sello surrealista,[i] el discurso gira entre una inocencia y una trascendencia que muchas veces viaja en las inercias del otro yo, y la caracteriza una introspección que encuentra en el universo su manera de recrearse, o los fundamentos que nos colocan ante la escritura: «Solo el desasosiego de un hombre puede iniciar/la construcción de su existencia»[ii]. También la muerte, lo infernal o enajenante del exilio, o Dios, temas que son revisitados en su poesía. Quizá por ello, en su ansia escritural, los poemas alcancen ángulos parabólicos y trazos sentenciosos en los que el reflejo de la crueldad de vivir lejos de su país hace que el poeta se «pierda» entre significativos silencios, pues se observan hiatos entre las imágenes que, amén de describir maneras del estilo del escritor, trasmiten los vacíos o inercias de su identidad; lo que alcanza su ángulo contrario en las abundantes imágenes de recurrencia de lo propio en lo propio que escoge, de clara raigambre martiana (Martí, 1985):[iii]
«Un pájaro incendiado se desliza por mi sangre: su poder me ilumina» («Nubes», p. 62). «he escuchado el rumor de mi ser: algo real más fuerte que la FE me extingue» («El ser ardiendo», p. 66). «me pierdo dentro de mí» («(Extinción)», p. 70).
Muchas de esas imágenes se constituyen en versos fuertes que nacen de la contemplación de su soledad, donde se puede defender la noche, o declarar su impotencia.[4] Si bien sus poemas formalmente no hacen gala de variaciones significativas —y puede hablarse de una forma preconcebida de construir, donde predominan las oraciones con predicado nominal y yuxtapuestas que catalogan fenómenos u objetos, entre ellos la poesía—, pueden lograrse hermosos textos como el siguiente:
3
La muerte se adueña del vuelo de los pájaros.
Es un túnel en la inmensidad.
No es siquiera el reflejo del hombre. (p. 84).
Estamos frente a una obra donde
la poesía, al decir de Frank Lentricchia, en virtud de la imagen es la prosa, que no necesita de la imagen, describe […] y puede rastrearse la idea de que el poema representa una especie de incrustación del símbolo en la realidad, y que esa incrustación es la condición del conocimiento poético.
Notas
[1] También «poesía que aspira a la fijeza, barroco en clave existencial» (Calderón Fornaris, 2013, prólogo).
[2] «Las provincias del alma», p. 51.
[3] Son imágenes donde hay preferencia por los movimientos íntimos, de gravitación donde el alma y el cuerpo forman una sustancia indiscernible y vibrante, donde prima una opresión que eleva al tiempo que distingue:
Te miro, y no me extraña
«Mi madre, el débil resplandor te baña», p. 25.
Si tu vives en mí, que venga estrecho
A mi gigante corazón mi pecho
Y buitre de mi mismo, me levanto
«¡Dolor! ¡Dolor! Eterna vida mía», p. 24.
Y me hiero y me curo con mi canto.
clavado en sí, su cuerpo lo encerraba
«Alfredo», p. 68.
Hoy sentí más el peso de mi mismo.
«Cartas de España», p. 101.
¡En la cárcel imbécil que me encierra
«Muerto», p. 63.
Devorando mis miembros viviría!
[4] «La noche ocupa todo el dominio de su impulso» («Superficie», p. 61). «La noche es un cuerpo donde uno puede perderse sin alcanzar el poder de la existencia» («Nadie puede contestar…», p. 44).
Bibliografía
Calderón Fornaris, Almerio: De la pupila del ahorcado (antol.), Pedro Marqués de Armas (pról.), Efory Atocha ediciones, Madrid, 2013.
Martí, José: Poesía Completa. Letras Cubanas y Centro de Estudios Martianos, La Habana, 1985.
Zukofsky, Louis: Poesía y Poética, Universidad Iberoamericana, México, D. F., 1994.
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