

En los poemarios de Georgina Herrera la maternidad es contemplada como un gran sacrificio eclipsado por la majestad del fruto en que el hijo se constituye;[i] como algo raigal e imprescindible para que ella «aprendiera / definitivamente / a manejar la dicha y la agonía».[ii]
Contemplamos a una madre tierna y orgullosa que canta su condición –plenitud que se alcanza en esa vida doméstica al amparo de los hijos, la mujer es feliz porque es madre, véase en ese sentido los poemas «Hija buscando a su madre» y «Como una foto rápida, en familia»,[iii] donde el disfrute de la unión familiar se recuerda intentando agruparse de nuevo –o la problematiza ante los avatares cruentos del vivir, ya sea por la pérdida de los hijos o por su lejanía, en los que percibimos el anhelo de los momentos de comunión familiar:
La que antepone a todo la ternura[iv]
Suave mujer. La mitad de tu mundo (con tres años), a horcajadas anda sobre tus hombros. Débil sandalia en su pie espolea el pecho que la ama. Dice «¡caallo!». Baja su cabeza. Tú, la tuya alzas y se besan. Así, los viejos dioses de Occidente no han de llevarte hasta el Olimpo. Probablemente se te olvidan nombres famosos, fechas trascendentes. Pero eres la más dichosa.
En ese afán y éxtasis de cantar a la paz del hogar y de los hijos en comunión, construye diversos relatos de amor y ternura infinitos, para los que tiene una curiosa habilidad que muestra no solo en estas semblanzas domésticas,[v] sino también en las que dedica a ciertos seres desdichados, desvaídos; como pueden ser la solterona, el ahorcado, la prostituta, la querida, contemplados desde el cristal de la muerte, o determinados personajes históricos y literarios.
Entre esos seres ocupa un lugar especial el del niño, que hace aparecer el tema de la muerte de los hijos como premonitoria presencia desde su primer libro publicado. Y se repite, ya angustioso y desgarrado, en la narración de la experiencia propia:
Una niña: su muerte[vi]
Tan pequeñito espacio necesitas y la casa tan grande que te han dado; honda como el color eterno de tus noches, tan alta como el cielo. Pobrecita. No tú, la muerte. Y tu madre que ya sabe apenas desechados sus juguetes la verdadera causa de un sollozo. Ay, si fuera verdad que un día pudiera llegar a ti y, besándote, animarte. Y si fuera verdad vivir de nuevo. ¡Ay, qué bueno por ella!
Llama la atención aquí el intento en la poeta de distanciarse de la realidad tristísima que cuenta, el impulso de objetividad ante una realidad tan agresiva, que no cursa exento de ternura. Este concepto preside el pensamiento poético de Georgina, siempre envuelto en signos de cordialidad y amor, y puede encontrarse a manera de vocablo frecuentemente en su poesía. Pues la profunda ternura que la habita cuando describe «los privilegios» de su don de madre es casi telúrica. Y no otra cosa muestra que su visceral necesidad de amor, que solo puede ser satisfecha en la evocación.
El universo fructuoso de la madre acompañada por sus hijos pequeños no solo es el espacio que se añora. Hay poemas que son delicados pretextos para cantar el paraíso del pasado familiar, de la niñez de la escritora; o refieren las relaciones madre-hija, reinterpretados cuando la hija ha experimentado bien profundo el hecho de ser madre.[vii]
El universo de lo femenino es reflejado aquí en varios poemas bien logrados donde la voz es auténtica y raigal, donde puede ser aquiescente con la injusta situación en que la coloca la pareja, y la describe, a manera de retrato, con agudeza, pero la acepta;[viii] o muestra el desasosiego del amor, o recrea las difíciles relaciones entre madre e hijo[ix]y, agudamente, muestra a través de una imagen la esencia sufrida de la mujer: «no sé lo que me hizo / pagar siempre con sangre / las breves claridades que de mi oficio tuve».[x] También puede ser abordada la naturaleza femenina, no solo la que emana de su ser, sino la que debe fingir –una naturaleza violentada– para mantener un lado astuto y ocultamente peleador junto a los hombres; pero, además, reflejan un reencuentro con lo amado y doloroso que quedó en el pasado, ámbito indudable también de la familia.
[i] Esta idea recuerda el parlamento que escuché hace poco en la calle: «Madre es estar dispuesta a los más grandes sacrificios, y no esperar nada a cambio».
[ii] Georgina Herrera. Ob. Cit., Anaisa I, p. 63.
[iii] Ibid., pp. 440 y 441.
[iv] Ibid., p. 92. Véase también el poema «¿De noche? Con los hijos» p. 140, «Ella ha descubierto su corazón», p. 142 y «Con la mejilla sucia y no lo sabe», p. 143.
[v] Véanse los poemas «Ella durmiendo», p. 144 y «Ella otra vez durmiendo», p. 145.
[vi] Ibid., p 77.
[vii] Véase el poema «Mami», p. 88.
[viii] Véase el poema «Así regresas siempre».
[ix] Me refiero al siguiente poema:
Una mujer parada está en la puerta
…que da a la calle. Tan poca cosa es que ni dejar de ser ya puede. Pero sus ojos, casi sin ver, escapan tras el hijo. Vino a verla por no tener valor para quitársela del hombro o la memoria. Ahora la despedida es no mirarla ni alzar la mano que tan poco cuesta. También es poco cuanto queda de lo que fue, tan poco que no recuerda quién es o que está sola, cuidada por quien sabe qué sensación en alguien de profunda lástima. Nada recuerda, o casi nada y, digo casi porque al que se va sin despedirse sus ojos neblinosos lo acompañan igual a cuando lo hacía con toda su belleza y la fuerte, maternal rutina: «Cuídate, vienes mañana, como quieras». Entonces había un beso dado con prisa, mas su amor bastaba para tapar en él esa increíble ausencia. Pero ahora… el tiempo, siempre el tiempo cobrándose quién sabe qué desastres la sepulta, ahí, junto a la puerta, le da la dimensión de… menos que un suspiro.
[x] Véase el poema «La obstinada», p. 30.
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