
Tosca en su poesía concibe, como Larkin, el presente como fragilidad, pues lo único que nos pertenece de verdad es la menguante reiteración del presente.[1] Su poesía es una especie de genealogía de la existencia, con pautas filosóficas que el destino desangró. Desde sus primeros poemas, pertenecientes a su celebrado libro Todas las jaurías del rey, estamos en presencia de un discurso en busca de una identidad que luego, con el exilio del poeta, llega a convertirse en totalmente perdida:
Todos regresan
I menos yo todos se han ido menos yo, todos menos yo eligieron un camino para regresar, una voluntad para irse, yo he quedado dueño y señor de lo que todos dejaron. Todos fueron a hacerse dueños y señores de algo que yo desconozco, porque no elijo por qué no sé qué hacer con tanto abandono, porque aún no he sabido qué tengo y no sabría qué salir a buscar. […]. (p. 20).

Foto tomada de Ecured
Lo que este primer libro tiene de trascendentalista o filosófico, los otros lo tienen de existenciales. Porque a lo largo de toda su obra lírica el escritor demuestra que es un inadaptado, y ya en estas primeras aproximaciones podemos leer poemas premonitorios de su suerte definitiva: el desarraigo:[2]
El viajero
Se precisa viajar, se precisa un camino
para viajar y otro para atender al viajero.
No basta ser el viajero. No basta poseer la brújula
si no hay un mar donde extraviarse:
¿para qué queremos la brújula?,
¿qué clase de viajero es aquel que no se extravía? (p. 24).
Donde en la búsqueda de la belleza está la búsqueda de lo absoluto, donde en la búsqueda del absoluto está el desarraigo, y la presencia de un dolor vallejiano y auténtico. Donde nos acerca a la idea mancillada de la belleza en claro diálogo con Darío:
Muerte del cisne
Me juego la elegancia del cisne,
pierdo su orgullo minucioso
por un tanto de ala; gano
la fragilidad de su cuello.
Entre las dos versiones:
el cisne muerto. El mundo
entristecido por la muerte
del cisne, pero el cisne muerto.
Este mundo, este cisne
perdido ganado en mi juego
y ahora muerto. Este cisne
muerto. ¡Vengan a ver
al cisne muerto! No alegre
sino muerto, el presumido
cisne muerto.
(El ademán del cisne
al morir; todavía recuerda
la idea que teníamos
del cisne muerto). (p. 125).
Su poesía, aunque posee algunos elementos de ruptura, denota la pertenencia a un poscoloquialismo» que se manifiesta entre autores de varias generaciones en la década del 80 […] Los centros de la reacción poscoloquial también se manifiestan en un verso libre o semilibre de acentuada intimidad»[3] que en estas páginas podemos leer, como cuando reproduce versículos muy en consonancia formal e ideotemática con los Versos libres de Martí —angustia existencial, desarraigo—, presente en Las derrotas y otras zonas de su poesía, donde incurre en osadas combinaciones de poemas en verso y prosa bajo el nombre de un texto seriado que a veces exhiben su gracia o novedad, o las destierran. En estas páginas en varias ocasiones sentimos como si a la plegaria o al dibujo del horror le sobraran palabras. Se le resisten las palabras porque juega a su exceso, y a veces vence como en una batalla donde a cambio ha tenido que entregarlo todo.[4]
Esta es una poesía directa, emotiva e ingeniosa, y hasta «onírico verbalista»[5] donde también se canta a la voracidad y lo efímero del tiempo y de la existencia con certezas proverbiales que el destino del poeta va a probar: «Nunca cruzamos a otro lado; estamos siempre de nuestro lado, este o el otro, aquí mismo, allá mismo, pero del lado de acá siempre: ese es nuestro lado y le debemos concentración» («Los puentes (dispersiones», p. 36).
Así, al tejer los encajes y fundamentos del desarraigo, la desolación y la desesperanza, o el intercambio abrupto entre memoria y lejanía, se acoge a las metáforas englobadoras para conformar un mundo: los puentes, las derrotas, la madre, el otro, el viaje. Por ejemplo, el viaje puede ser «un acontecimiento en la geografía, un devenir onírico, un acto de autoreconocimiento, devenir del sentido o suerte de poética de lo inefable».[6] En estas metáforas el instinto está sobre el emblema. Véase «La oscuridad…» (p. 39).
Y cobijan los avatares y conflictos de la célula viva de la familia, imagen que lo acompañará hasta sus últimas creaciones, la vivencia desnuda, cálida, por sobrepasada, indestructible. Resalta en su poética igualmente el elemento antropológico, su preocupación por el destino último y metafísico del hombre donde «todo hombre encierra un límite, como todo límite encierra una esperanza»[7]; «sus extraordinarios discursos en busca de una totalidad a todas luces real, de una entidad ante la cual no puede hacerse otra cosa que disponerse para la batalla, o el desconcierto ante lo múltiple»;[8] la paridad y complementariedad de los contrarios. «A la concurrencia de contrarios, a su concertada vigencia en los órdenes de lo ético, lo ontológico, lo estético remite gran parte de la estructura formal y temática»[9] de su poesía. Véase «Informe sobre ciegos».[10]
Entre los elementos innovadores en la poética de Tosca puede mencionarse el empleo variado y múltiple de la intertextualidad, como ha señalado Carlos Manuel Gómez Pérez en sus tesis «La poética implícita de Alberto Rodríguez Tosca»[11], donde se destaca la presencia de elementos de la poética martiana, aquí comentados, de la vallejiana; y «Allen Ginsberg y la censura intelectual» (Gómez Pérez, p. 53), entre muchas otras, así como la autorreferencialidad y la autocita. Este aspecto puede haber sido definitorio para el jurado que le entregó el Premio David en el temprano 1987 cuando el boom de este presupuesto literario recién llegaba a Cuba.
Se destaca igualmente la sordidez de un preciado oficio: la escritura, en tanto su imposibilidad de trasmitir la desazón existencial humana y perseguir las rutas de la decepción, y su condición de refugio ante la maldad y lo ajeno del universo: «Escribe. Escribir es la única forma de llorar que vence todas las formas de morir»[12]; así como el cuestionamiento del sentido de la existencia. Por eso esgrime: «Yo esquivo el duelo. Desenfundo mi revólver de alcohol y apunto a mis entrañas».[13] Y así nos dice adiós y se queda este poeta cercano y de mi generación que no fue un artista de siglos pasados, pero bien hubiera podido serlo. La prosa y la poesía contenidas en este volumen quedan definidas en la idea de Anne Carson que reza que si la prosa es una casa, la poesía es alguien en llamas corriendo a través de ella.
Notas de la autora:
[1] En su poesía hay presencia de vacío existencial. No hay nada definitivo en la vida, ni siquiera en el pasado:
Es necesario revisar, volver a leer, reescribir
cuanta página hallamos leído,
o embadurnado con palabras que al principio
nos hicieron creer que eran nuestras.
Ahora que ha sido descubierto el secreto;
que todas las pistas fueron a parar
a la misma habitación donde se reponía
de su último trabajo el mismo vulgar
asesino, es necesario llenarse de valor
y empezar a dudar del pasado… (p. 110).
[2] Aunque en su obra poética están presentes también los temas de la incomunicación del sujeto y la concepción circular del tiempo, como ha señalado Carlos Manuel Gómez Pérez, creo que es el desarraigo el tema capital de toda su lírica, y que por tanto los engloba.
[3] López Lemus, Virgilio: «La lírica. Panorama de su desarrollo», en Instituto de Literatura y Lingüística y Letras Cubanas: Historia de la Literatura Cubana. La Revolución (1959 1980), 3 t., t. III, p. 51, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2008.
[4] Como Martí en Versos libres, reconoce que «la hermosura perfecta es el dolor»: «Viernes…» (p. 200), así como la materialidad vacía y ociosa de algunas mujeres: véanse de forma análoga «Mujeres», de Versos libres de Martí, y de Tosca, «Cría mujeres» (p. 155). Hay en el libro una sarcástica parábola de la estrofa de Martí de Versos sencillos «Tiene el leopardo un abrigo/En su monte seco y pardo:/Yo tengo más que el leopardo,/Porque tengo un buen amigo».
Un amigo
Tiene el leopardo un abrigo
en su monte seco y pardo.
¡Qué suerte tiene el leopardo
que tiene un abrigo!
¿Yo tengo más que el leopardo? (p. 100).
Y la presencia de imágenes martianas de recurrencia de lo propio en lo propio. Son imágenes donde hay preferencia por los movimientos íntimos, de gravitación donde el alma y el cuerpo forman una sustancia indiscernible y vibrante, donde prima una opresión que eleva al tiempo que distingue:
Te miro, y no me extraña
Si tú vives en mí, que venga estrecho
A mi gigante corazón mi pecho”
«Mi madre, el débil resplandor te baña». (p. 25).
Y buitre de mí mismo, me levanto
Y me hiero y me curo con mi canto.
«¡Dolor! ¡Dolor! Eterna vida mía». (p. 24).
Así cursan en Tosca:
Desciende
y en sus lados son él mismo que mira.
No hay desfiladeros sino
en su retina de aguas cuidadas
por los anillos del viaje.
Desciende,
ciego de su flecha
y hambriento de todo cuanto el aire
apedreado por su velocidad
le depara como reclusión y peligro. (p. 124).
[5] Argüelles Acosta, Pablo: «Todas las jaurías del rey», en: Instituto de Literatura y Lingüística, Obras y personajes de la literatura cubana, T. 2, p. 216, Editorial Letras Cubanas, La Habana. «Al interior de estas secciones la variedad estrófica (son frecuentes incluso los poemas o fragmentos en prosa) y una variedad tipográfica en los títulos, conducen a veces a una deliberada imprecisión en la delimitación de los poemas» (Ibídem), lo que responde al caos con el cual el poeta percibe el mundo, del que sale a cada paso desencajado y herido para siempre.
[6] Pablo Argüelles Acosta. Ob. cit., p. 218.
[7] «I (De las palabras)» (p. 92).
[8] Saínz, Enrique: «Alberto Rodríguez Tosca entre nosotros», en: Alberto Rodríguez Tosca, Obra poética, pp. 6-7, Ediciones Unión, La Habana, 2017.
[9] Pablo Argüelles Acosta. Ob. cit., p. 216.
[10] Alberto Rodríguez Tosca. Ob. cit., p. 98.
[11] Gómez Pérez, Carlos Manuel: «La poética implícita de Alberto Rodríguez Tosca», Universidad de las Villas, 2019. (Disponible en la red).
[12] «Aquí termina la enumeración de mis derrotas» (p. 248).
[13] «Habituarios» (p. 310).
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