
Efraín Rodríguez Santana
El autor cultiva una poesía de marcado carácter civilista y a veces parabólico, donde «aun cuando su sujeto lírico, casi siempre impersonal, objetivo, se centra en experiencias individuales, ellas son expuestas mediante una elaboración fabuladora, por donde su poesía continúa denunciando una como soterrada vocación narrativa». Y es que esta poesía versa sobre la manipulación mediática que sufre el individuo, como fenómeno omnipotente en la sociedad, las falacias que anulan al ciudadano, que tienen la apariencia y provocan el mismo alborozo que la fantasía, y que será y se mantendrá aún en lo que está por levantarse y ser. El poeta nos entrega un aliento que persigue la autenticidad. En tal sentido entra y sale de territorios específicos donde lo mueve un gran afán civilista, pero que también se manifiesta en textos que pueden ser considerados como de poética. Así enarbola una razón, un fundamento de la escritura, de la literatura: vivir de las limitaciones, crear a partir de ellas. El poema ESTERA, que bien pudiera ser el centro dimanador del libro en que se publica, es una especie de representación plástica del hijo frente al padre, y del padre frente al hijo. Y revela cómo los semas de guarda, protección y autoridad que acompañan o debieran acompañar al padre están trastocados, no por falta de intención del padre, sino por la ¿inconsciente? violencia manifestada del hijo, implícita en su naturaleza. El hijo no puede sustraerse del mandato genético de superar al padre, lo que ocurre no solo en el tiempo, y que se vuelve una metáfora que cristaliza impíamente en todas las relaciones que se establecen entre ellos. En el libro tal metáfora se extrapola a su escenario general, pues se ha escogido ese último verso del poema como título de uno de los libros del autor, y en el mismo se representa el bregar del pensamiento recto, liberador y civilista contra estructuras y acciones sociales opresoras y erguidas. Dicho en otras palabras, la relación padre e hijo es un reflejo de la relación hombre y sociedad, y de los lazos entre pueblo y gobierno, y viceversa. Por eso los poemas cuestionan el sentido de la heroicidad, y la procedencia de los valores sociales en las lacras torcidas del poder, y se ha puesto en tela de juicio con lenguaje parabólico una sociedad en la que triunfa quien se ha impuesto como un perro de pelea. En ese universo de relaciones aviesas o torcidas que el poemario describe se incluyen también las relaciones convulsas entre el maestro y el discípulo en el mundo del arte, en lo literario, que se multiplican en el tiempo y avanzan desde una temida y natural atrofia, reflejada en el efectivo y entre absurdo y surrealista poema «Picoloro». O las relaciones madre e hijo, los absurdos de la existencia cobrando formas abruptas o anheladas que reflejan toda la vida al lado de una madre con filosas líneas, toda una biografía en ese excelente poema que es «Tiempo perdido». Y así se imponen estos «sucesos» en un ambiente de resolución kafkiano donde olas humanas se mueven gracias a olas inhumanas y viceversa, como distintas felicidades oprimiéndose —consúltese el poema «El abogado»— .El vigor de los hechos construyendo el poema, la resistencia del acontecimiento, como en el texto «Cementerio», y otros «en los que late una ostensible irrupción confesional, un soterrado desgarramiento existencial, un descendimiento órfico – poético, un profundo vitalismo», como confiesa Arcos. El poeta se propone acaso una tarea imposible: reaccionar, denunciar y enjuiciar todo lo injusto que somete al hombre en los avatares del mundo y conectar, según Adrianne Rich, con estados que de por sí nos privarían del lenguaje y nos reducirían a un sufrimiento pasivo donde una mano llega a acariciar una cabeza.

Datos del autor
Efraín Rodríguez Santana nació el 3 de octubre 1953. Ha publicado los libros de poesía: El hacha de miel (1980), Vindicación de los mancebos (1983), El zigzag y la flecha (1987), Conversación sombría (1991), Otro día va a comenzar (2000), Arqueros (2000), Un país de agua (2003), Máquina final (2009) y Una cabeza patea un pie (2020). Las antologías poéticas: La patria sonora de los frutos, de Gastón Baquero (2001) y Ángel Escobar, el escogido (2001). Las novelas La mujer sentada (2002) y La cinta métrica (Espuela de Plata, 2011) y Mi último viaje en lada (2021). Ha obtenido el Premio David en 1987, el Premio de la Crítica Literaria en 2002 y el Premio Gastón Baquero en el 2000.
Selección de poemas
Entraron en mi casa
Entraron en mi casa los destronados y se bebieron silenciosamente las flores de los maceteros conocieron por las palabras cifradas que aún aquel recinto salvable no había sido debidamente confiscado y que muchas de aquellas inscripciones no se avenían a códices y tradiciones de ese reinado que el mar engullía. Más tarde después de haber registrado en los pergaminos los signos fatales de la legalidad recurrieron a la maña reconocida de grabar con una cuchilla en el propio cerebro todo lo nuevo perseguible descubrieron en el desván y en la chimenea embozada la seda roja y las esmeraldas lujuriantes ¡oh que horror, qué vergüenza! Escupieron sobre mi retrato y maldijeron mi ausencia y el doble rostro que siempre me acompañó cuando era uno de ellos pero de mí no se sabía nada desde que el viento cesó su intención y el silencio apareció sobre las calles y los palacios. Enervados en su propia muerte de ser nada prosiguieron su afanoso registro descubriendo las figurillas de mármol negro y los relojes dislocados. Aquí uno de cabeza rapada que fungía como jefe y que nunca pude conocer muy bien llevose las manos a la frente se bamboleó teatralmente como si fuera a caer de fatiga y emitió un leve quejido de rabia que erizó a la comitiva. Como era propio en estos casos decidieron llorar mi muerte y hacer ceniza de mi casa. Cada uno de ellos buscó rincón dentro de mi osamenta mientras las llamas trepaban por mis piernas y comenzaba a olvidar el duro invierno que no me abandonó jamás en todos los días de mi vida.
Voluminosos sacos marcados
Trajeron unos sacos recién anudados y repletos de historia
No para venderlos como suponía la gente ansiosa
—alguien sin saber aturdido gritó que era agua—.
Cada saco estaba marcado con una cruz,
eso quería decir que eran de buena calidad,
perdurables, como de imagen encerrada en estuche de fuego,
sacos fiadores del futuro de la Tradición.
Un señor venerable los fue agrupando avaramente;
como si fueran suyos, nervios y anegados los ojos
de lágrimas vociferaba:
son míos, me pertenecen, yo los he construido
con gran esfuerzo.
La gente se desconcertó
pero de pronto se dio cuenta que todo era una
broma inefable,
si no contenían comida, entonces lo mejor era parodiar,
befarse de los sacos inservibles.
No media el odio entre los sacos marcados y la gente
que se burla,
en verdad, la gente acudió solo a contemplar
los voluminosos sacos marcados,
a admirarse de sus extrañas deformaciones.
Fue la vehemente precisión del señor la que motivó la farsa,
su patética bufonada.
Bien sabe la gente que la historia no es comida.
Un país de historias inconclusas, inecuánimes,
repetidas con puntual sadismo,
celosamente guardadas en enormes sacos que espesan el tiempo,
el baile que no para.
Una estera
Sobre una estera descansa la cabeza de mi hijo,
está limpia, sonríe.
Mi hijo me mira a mí
y a lo lejos su mirada se pierde en el futuro,
el futuro puede tener veinte, treinta, cuarenta años,
un tiempo imposible de vivir.
Un hijo con un largo futuro.
El tiempo pasa y su cabeza crece,
una cabeza patea un pie.
Tiempo perdido
El registro de libros ocupa un estante blanco,
países, géneros, autores, tamaños, colores.
La madre preguntó por qué semejante tarea
de idiotas,
dijo más, culpó al hijo de leer a destiempo
en busca del tiempo perdido: ¿qué puede significar
ahora para ti
esas letras que desfiguran el deseo?
Lo que se desea mejor es la tiranía de la madre.
Muchas pastillas depositadas en la boca reseca
de la enferma
no poder hablar bien, no saber quién es quién,
o saberlo,
extender la mano para acariciar el cuello del hijo.
Algo más que dijo antes de morir, mencionó
el nombre de una mujer,
la gobernadora allanando los espacios del desierto.
Visitas: 59






Deja un comentario