
Cual un canto, herido como hermoso, a nuestra identidad, a lo que somos, puede considerarse lo más logrado de la poesía de Eduard Encina, arrebatado por la muerte cuando la obra pedía más aires, más cielos. Leyendo estas obras recordé vivamente el aserto de Pavese de que «para un artista no vale la experiencia, vale la experiencia interior».[i] Así en los textos que integran Manigua se refleja un mundo dominado, contenido, donde llega a lograr un «desprendimiento clínico y un lirismo controlado», lo que no pasa ni en Lupus, ni en sus libros anteriores, donde vuelve el tema de la identidad, también presente en sus entregas pasadas, y de nuevo las metáforas con la muerte, pues su premonición es un hecho en sus otros cuadernos:
Anatomía Patológica
Un país es silenciose muere.
No hay dolor,
sino cuerpo dividido
en pequeñas porciones
de indiferencia.
La gente no se detiene
ante el cadáver cotidiano.
No hay dolor,
solo un país abierto
sobre la mesa,
acostumbrado al bisturí,
a ser el que pierde cada día.[ii]
En Lupus, en el texto del mismo nombre, siento que la vivencia hostil está muy cercana para convertirse en poema, en otras palabras, no se ha tamizado, y a veces en él, en el libro y en su obra lírica falta el élan que trasciende la vivencia. Del cuaderno prefiero otros textos menos pretenciosos, pero más certeros:
Bonsái
como le cortaban la raíz y sentí el abismo sacudirse por mi ojo izquierdo. Después corrí donde mis hijos, pero ellos no apartaron la mirada de aquel pequeño árbol malicioso, como un puñado de tierra en mi ojo derecho.[iii]
Donde logra, con el pequeño detalle o pincelada de la construcción de un bonsái, sugerir o marcar la profunda diferencia generacional entre él y sus vástagos, en actitudes, en sueños.[iv] Esa honda preocupación por el país y la gente donde vive viene acompañada muchas veces por la pincelada irónica y los lances antipoéticos propios de la poesía de Reynaldo García Blanco, autor muy involucrado en la formación de Encina como poeta:
Mercado Ideal
Crío puercos y escribo poesía,
dice mi esposa que no es justo:
escribir no es un acto de la carne
ni del mercado.
Para muchos la poesía y los puercos
tienen mucha peste,
sólo los diferencia el precio.[v]
Así pueden encontrarse textos en que por medio de una anécdota nos entrega una radiografía ética del país, una radiografía social:
Hurto y sacrificio
Con el dinero de un premio literario compré un caballo para mi padre. Quedó sin trabajar y el penco le ayudaría a olvidar. No iba a entender que el dinero lo gané con mis poemas ni que un poeta tiempla el nervio nacional. «Di un palo en la bolita, le dije, soñé con Mariela y jugué el 31» Para entonces él decía: «un país se hace en el cañaveral». Y era cierto, A Mariela le gustaba abrir las piernas y gritar entre las cañas: «haremos diez millones», y yo le daba duro para cumplir la meta. Mariela era la mujer de mi padre, Una putica ahí por la que un día mi madre, como una tojosa triste, se dio candela. La maniobra del caballo era infalible. Mariela lo miraba y sentía entre sus piernas el jugo de la caña, mi padre lo miraba convencido de que un país es nada sin un ejemplar como ese. Revisando algunas fotos de mi madre, Me dio por escribir este poema Y sentí unas ganas enormes de matarles el caballo.[vi]
La poesía de Eduard, cubanísima, anclada en suelo natal dio el giro sobre sí, despojándose de influencias de moda o generacionales vistas en sus libros anteriores, para quedar uncida a las esencias de este país de ahora, agreste y citadino, latente y enredado como una raíz, comprendiendo, al fin, que «la grandeza del poema no está en la habilidad o extrañeza de su desarrollo, sino en la extensión ocupada por un tema tan total como la vida y la muerte, y del que extrae no las maravillas y las excepciones, sino cautelas distributivas y graduaciones del ser, para recibir el conocimiento».[vii] Como dice en uno de sus poemas, su cuerpo tendido en la tierra parece tierra, pero es cuerpo que aprende su destino, fuera de él el viento crece y presiona, es vegetal: una hoja de acacia, un jagüey que el silencio derribó.[viii]
[i] Pavese, C: El oficio de vivir. El oficio de poeta, p. 161, Editorial Bruguera, Barcelona, 1979.
[ii] Encina, E: «Manigua». La Gaceta de Cuba, La Habana, 3: 24, mayo-junio de 2017. Sobre la latente presencia y evocación de la muerte en su obra, véase «Cambio de posición», pp. 28-29, «Dilataciones», p. 30, «Pozo ciego», p. 33 en Lupus, y «Dos P EME», La Gaceta de Cuba, p. 25.
[iii] Encina, E: Lupus, p. 21.
[iv] Véanse también los poemas «Formación de valores». Ob. cit, p. 43, y «El puente», donde emplea una metáfora con la imagen última del Diario de Campaña de José Martí para aludir a la realidad convulsa, incontenible en la que muchos seres abortan otro infierno: «Turbio el Contramaestre no se detiene / es un río delgado pero hermoso / los suicidas de mi pueblo/ van a morir allí / saltan con deseos de abrazar el agua / Pero siempre caen en la orilla». Ob. cit., p. 40. El Diario de Campaña de José Martí es un motivo recurrente en los mejores poemas de Encina, quien nació muy cerca de los parajes que canta nuestro primer poeta. Consúltese el poema «Remanganaguas» en Lupus, p. 41-42. Se incluye también en «Manigua», aunque el resto de los poemas no habían sido recogidos en libro.
[v] Encina, E: Ob. cit., p. 26. Véanse también los poemas «Mercadeo», p. 35 y «Puestas de sol», p. 48.
[vi] Encina, E: Ob. cit., p.47.
[vii] Lezama Lima, J.: «Mitos y cansancio clásico», La expresión americana, p. 34, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2010.
[viii] Véase el poema «Dos P EME» en «Manigua», La Gaceta de Cuba, p. 25.
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