
Que es un destino la forma, que es un fruto la forma, ya lo sabemos. Qué pensar cuando se funden el rezo, la nota biográfica, el poema, la estricta memoria, el verso de otro que acompaña mi suerte y mi inspiración. De los cuerpos que crean su propia cáscara, y luego como un reto inevitable la arrancan, se la comen. Semejante reflexión la produce Secadero, un libro de Soleida Ríos, de bellísima y funcional portada.[i] En él la autora prueba, como Valery, que ama los actos y los ejercicios del espíritu, no la literatura. Por eso en el libro abundan los instintos en pos de una genealogía —la palabra en la tierra, la palabra dando testimonio del camino sobre la tierra— y el recuerdo puede volverse imagen, y se confunde como voces que llegan deshilvanademente, no por gusto en un paladeable subjuntivo. Como las anamnesias de Barthes estos no son recuerdos que quedan sino que se escapan de la caja innombrable y ambigua de una mente en silencio. Así la evocación, un gesto que se multiplica hasta el absoluto, pudiendo ser tan simple, permite en su cámara de espejos desbocar la emoción; así letanías, rutinas alimentan el goce de paladear lo oral. Su cuerpo, su visión y su deseo destejen un hecho, y con imaginación y dolor —siempre de un mismo lado— lo complejizan.
Muchas veces con impulso invisible se coloca por delante el testimonio o el testigo. Desde la memoria —centro irradiador de este libro y de una zona de la poética de la autora— se ilumina la vida, la crítica literaria, el texto autocensurado, el diario de viaje, la crónica, la trashumancia bordada bajo el nombre de los lugares que balbucean o gritan, gimen el desasosiego.
Mito e historia, como afirma Rogelio Riverón, parecen ser efectivamente el flujo y el reflujo de su obra. El eco silba como un hilo muy fino que corta, y son las fechas punzones que se pierden en el todo. Por ejemplo, el texto «Un discurso (roto) de Cuba… o tres marcas in-formes sobre el papel» se constituye en tejido que es a un tiempo reconstrucción de un mito (el del Pájaro de la Bruja) y paratexto de su poema del mismo título. Se multiplican versos y fragmentos de otros: más que citar «las voces» estas se derivan en la medida en que pueden ser útiles a su autora en sus instintos. Se confunden a veces los hechos y las visiones. Hay un regusto en paladear los nombres de los palos y animales del monte, rezumada la esencia tojosista de sus primeros libros,[ii] e intención de utilizar verbos hoy un poco en desuso que son aún empleados en las zonas rurales de la Provincia de Oriente —concepto aún poderoso en la mente del cubano—. Asimismo es importante para la escritora restaurar y revivir la sabiduría popular y religiosa dentro de la poesía. De ello quedan hermosas pruebas como las siguientes:
y aún así daré gracias porque sabré alguna vez que todo cuanto recibimos habrá de ser un merecimiento y— por ésta y otras llevadas razones, cuando algo recibimos, siempre, algo hemos de perder.[iii]
Todo el que llega a la vida de uno o se pone en el camino de uno no viene para quedarse. Puede venir para ayudar a desenvolver causas. Y las personas vienen y se van. Desaparecen… Eso está un poco crudo, ¿no…? En el ser humano… no estamos acostumbrados a esa conformidad, porque no está uno en la profundidad de las cosas.[iv]
Por eso decimos que une testimonio y dramaticidad. Lo dramático cerrándole el paso a lo testimonial o propiciándolo a veces. Bien decía Martí que en lo lírico hay cierto elemento dramático. Aferrándose a los sentidos del todo ciertas fijaciones de la mente tienen valor. Por eso decimos que fervor y oralidad entretejen el festón de este libro. En el mismo se realiza el peligroso despliegue hacia lo cotidiano —donde no todos los árboles dan fruto— aunque se anhele escribir como un conjuro y entretejer fervientemente un hilo hasta el infinito. En la peligrosa aventura de escribir pueden venir recuerdos que jamás habría querido que vieran la luz. El clima se puede volver apocalíptico. El corazón tiene que estar puro para que se presente la intuición, según Clarice Lispector. Digamos que en varias ocasiones la autora sale airosa para mi gusto, no como otras escritoras que, colocadas ellas mismas como centros de vida o irradiadores de su poesía, la mancan, dando lugar en ella a cualquier impreciso accidente cotidiano. Hay varias evocaciones del poeta Ángel Escobar, incluso citas. De los dos textos dedicados a él prefiero «Donde nos espera Ángel Escobar», por ser más espontáneo, como destaco igualmente el texto que encabeza el libro porque funciona como introducción y poema propiamente, como sitio del que emanan trazos de su poética de forma abierta, pero esto también ocurre en el algunos de los otros.[v] ¿En esa heterodoxia de la forma habrá una nueva ortodoxia? Más allá de la madurez de su estilo y la preferencia de unos textos por sobre otros, los libros de Soleida me provocan preguntas, en vez de celebraciones. En este primer entramado se hace un recuento, un viaje por sus varios libros, hay crítica de su propia obra literaria, indicios de sus ejercicios escriturales: insertar-reinsertar lo escrito antes en las tentadoras teorías sobre el lenguaje que devienen con la postmodernidad. El texto se remonta al entramado lenguaje/historia/lenguaje. Se amalgaman en esta primera entrega confesión, intención, logro. ¿Cuál es el punto en que la voluntad se hace invisible y emerge la eficacia expresiva, que sin lugar a dudas existe? El deseo de refundir su estilo sobre la impronta de la obra de las nuevas generaciones de poetas es un acto consciente, pero ¿hasta qué grado el libro es realmente escritural?, ¿hasta qué grado es verdaderamente escritura? Es una pregunta difícil de contestar. Afloran sí el golpe de Vallejo, el soplo de oralidad y de cargas dramáticas que nacen de esta vida caprichosamente cocida y congelada. La semilla sabe que ya ha emprendido el viaje contrario, el esperado, que cursa para muchos sin palabras, pero que en el poeta surca a modo de eco. Memoria sin el oropel de la memoria enterrando sus uñas en las puertas de la poesía.
Varias veces de jóvenes leímos algunos poemas que podían memorizarse, que eran intensos, por más de alguien de una generación contigua donde nos inclinábamos a buscar y a discernir. Pasaron 20 años para que llegara a mis manos una antología de su obra,[vi] con muestras de más de siete libros de su autora.[vii] De la errancia y la pérdida se alzan textos de los que distingo aún algunos poemas en los que la escritora nos habla de una «verde intemperie, donde sentarse cómodamente, y esperar a que el sol y el sereno la desgasten», o aquel donde la encontramos «mirando en cruz» y se pregunta: «¿El que cruza verá?» A veces hace la fuerza de un estertor, a veces la carga negativa que refleja pasa por intuición y se rechaza al tiempo que aniquila. Sabe que la intemperie y el amparo del monte se cobijan en los muertos. A más de la presencia de un paisaje rural, es muy frecuente en estas creaciones la metáfora del árbol, la prestigiosa.[viii] Se destaja en imágenes la metáfora del caos, donde animales, panes y peces se confunden. Sus textos buscan la atmósfera de aquellos lienzos medievales donde todo es sajado y devastado. El caos encuentra en las apariciones su imán figurativo, y en las enumeraciones el imán expresivo. Algunos fragmentos me recuerdan los secretos del arte de disecar animales —el tajo, el grito de horror en la fibra seca—. Percibo en toda esta selección, que su autora con cierto temor llama antología, una imaginación desbocada, marcada acaso por un rictus. Una señal se apaga y se queda en las mentes como único destino. La muerte navega en estas obras, cambia de cara, se le exilia, y regresa en paz, dando la desazón de otro poema. ¿Es la furia quien lleva a la crueldad o la crueldad a la furia? Vuelven los estertores de la pérdida —su fuerza, su contención, su azar inevitable ubican el mundo—. Un erotismo a veces sutil, otras potente y sugestivo, emana del texto, aunque los personajes sean casi siempre el niño, el adolescente, el indefenso. Se va y se vuelve de una infancia arrasada que, a excepción de varios momentos de efectismo, suma imágenes desgarradoras.
Una inquietud particular me producen las prosas del libro Fuga, tomados en su mayoría de «El texto sucio»:[ix] el tono con que se cuenta un sueño es muchas veces el tono de estos textos. En algunos, de cierta recreación narrativa más ambiciosa, el tono se siente impostado, encartonado, ficticio y se mezcla a menudo a un tono de autovigilancia del yo. En ellos se explota reiteradamente un automatismo del cual se espera demasiado. Espacios enrarecidos cobran su poco a este yo lírico obstinado, especie de altura espiritual de las cosas. ¿En estas páginas se abusa de la atmósfera del sueño o del tono que implica narrar un sueño? Estamos en presencia de un texto a medio camino entre la viñeta y el testimonio. No el cuento, quizás el testimonio. No siempre el sueño los libera. A veces los deja presos, a ras de suelo, forzando el azar, el entramado literario o la imaginación. Se confunde el recuerdo, el sueño, el deseo, el instinto. El sueño se monta en otro sueño, lejos del fluir. Parece que una secuencia impide la otra cuando apenas la permite. Quizás el discurso es demasiado vigilado por el deseo, por eso desciende o se mantiene en un tono invariable. En ocasiones el fluir no parece de la vida, sino de la literatura. Es visible el anhelo de romper con los primeros moldes de su escritura: un roce en la abertura postmoderna. Hay «personajes» que se repiten de un texto a otro, de una viñeta a otra, diría más bien hay «obsesiones», camino de obsesiones y saciedad de goces inhibidos.
Alguien te dice: «En los sueños se busca un sentido de la realidad que no se apresa». Y recuerdas a H. D. que pronunciaba: «You were awake in a dream». ¿El automatismo facilita o se opone al placer? Se ve a la poeta que entra en la vida, que ha de contar la vida con algo de inseguridad, de automatismo, de monotonía, sí, pero presumo que esto es a veces también el saldo literario, y ahí los ánimos se desvían. Pues lo que importa, según nos dice Wallace Stevens es que el poeta sea fiel a su arte y no «fiel a la vida», sea este sencillo o complejo, violento o apacible.[x] Se cuenta todo el sueño, y me pregunto: ¿Para qué se cuenta todo el sueño? ¿Por qué se cuenta todo el sueño? ¿Hasta qué punto se amalgama con la literatura? ¿El testimonio la sirve o termina traicionándola? Son los riesgos de vivir la imaginación[xi] sin los límites o resortes que del lado de acá del espejo brinda y obliga lo literario.
Estas conjeturas marcan mi paso por Fuga, en el que aún recuerdo y privilegio «Última noche de Zamfir», con la potencia de la desgarradura; «Casa», donde me predice con un verso que se sale para bien de su contexto, que «muchos tienen sus escaleras rígidas»; el enigmático «Cercas» o «Un soplo dispersa los límites del hogar» y la zona escasa que recoge del Libro de los Sueños. Soleida nos recuerda con su libro que la imaginación es el poder que nos permite percibir lo normal en lo anormal, lo opuesto del caos en el caos, aunque siempre tengamos en cuenta que la construcción de la realidad en la literatura supone hablar de las cosas como si uno supiera de ellas algo más y no sólo reproducirlas.[xii]
Notas de la autora
[i] Soleida Ríos. Secadero. Ediciones Unión, La Habana, 2009. La cubierta lleva una foto de Juan Carlos Alom.
[ii] En el texto introductorio al libro la autora lo reconoce: «El contexto geográfico por excelencia para mí ha sido el campo cuyo mapa metafórico ha incidido profundamente en mi escritura», p. 10.
[iii] «1986. ¿Miedo… al negro?», p. 74.
[iv] «Sarayeye», p. 106.
[v] Muestras del primer texto: «Segunda conclusión: la poesía me ha otorgado una identidad», p. 12. «Mi escritura es esencialmente terapéutica, y en cierto sentido es también un acto mediúmnico». Véase también el párrafo que sigue, p. 12. En el cuerpo del libro pueden leerse estas ideas: «Escarbo, trazo imágenes. Estas paletadas de tierra pretenden enseñarte mi miedo. Es fuego de arqueólogo que no sé si será recompensado. ¿Qué puede uno exhibir como verdad si no es aquello que más le mortifica? O lo descalifica», p. 23. «La poesía: una capacidad de ver. Y esa capacidad te reviste de una fuerza, te coloca en un centro», p. 92.
[vi] Soleida Ríos. Fuga. Ediciones Unión, Colección Contemporáneos, La Habana, 2004.
[vii] «El libro de los sueños» está entre las exclusiones de esta selección precisamente por su organicidad. Es su lujo de ser lo que le impide mostrarse aquí salvo en unas variaciones («Flujos») que incluyó en su momento «El libro roto». Aquí he privilegiado en cambio este último y «El texto sucio». Del «Libro cero» apenas el texto que le sirve de preámbulo y sólo muy parcialmente recojo poemas de los primeros tres cuadernos». Ob. Cit., p. 9.
Los niños
hace un instante o hace doscientos siglos
entraron al jardín con papeles marcados.
Se tiran de los árboles.
Se tiran.
«Maleva y los niños en el paraíso», p. 35.
cayó el teatro me sujeté de un árbol (Cada ventana tenía un árbol como un barrote un barrote guardián de salvación) Yo me quedé colgando
no había cielo ni mundo sólo ese árbol ondulante
«Flujos», 12, p. 51.
todo fue un espejismo los arboles no huyeron
«Un soplo dispersa los límites del hogar», p. 69.
Mis hermanos, besándose y mordiéndose
deliran
Pero no todos besan.
Pero no todos sangran.
Vivieron en un árbol (aún así)
«Casa», p. 19.
[ix] Soleida Ríos. El texto sucio. Editorial Unión, La Habana, Colección Contemporáneos, 1999.
[x] Wallace Stevens. El hombre con la guitarra azul y otros poemas. Editorial Aldus, México, D.F., 1993, p. 17.
[xi] En el libro puede leerse: «Aunque me advierte que alguien ha dicho o se dice o se supone que es malo vivir la imaginación», p. 160.
[xii] Véase Wallace Stevens. Ob. Cit, p. 17 y Paul Valéry. Notas sobre poesía. Hugo Gola (sel. y trad.), Colección Poesía y Poética, p.24, Universidad Iberoamericana, México, 1995.Visitas: 92





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