
Cintio Vitier afirmaba que la visión que percibe una vibración extraña en lo real es el verdadero elemento sobre el cual se funda la poesía.[i] Esa extrañeza cognitiva es uno de los elementos en que primero reparamos cuando leemos la poesía publicada por Domingo Alfonso. Allí el poeta ama; persigue lo extraordinario y la belleza en la dicotomía sombra-luz, que le permite ser otro, porque la vida se le representa como un viaje hacia la luz que lo fascina venciendo los obstáculos de la sombra, porque luz, belleza y deslumbramiento cumplen un cometido en el poeta.
En esta poesía se alcanza siempre la plenitud de la existencia del hombre en el universo gracias al amor; ahora, sin negarlo, y cuando el poeta se acerca a sus noventa años, incorpora a la muerte. Es la muerte urdiendo su lugar en el paisaje, junto con los destinos aciagos. El leve transcurrir en una misma línea de manifestación de la dicha y los destinos aciagos, donde se unen el amor y el dolor:
A merced del oleaje
Hace días:
El ómnibus atestado
Miré con dolor su rostro
Envejecido
Su lenta mirada
Yo no sabría decirlo
Mi alma se vació:
Aquella niña,
La fuente de mi vida
Al pairo, como yo:
Ancianos
Hojas, bajo un azote
Sólo el amor, sólo el amor:
Nos sostenía
Temblando,
Sobre aquella cáscara
A merced del oleaje del mundo.
En aquel parque, mirando unos niños jugar
pues una reunión de alegría familiar no estaría
resuelta si la muerte no comenzase a querer abrir
las ventanas
José Lezama Lima: Paradiso
En aquel parque
mirando unos niños, muy pequeños jugar
Risas de ángeles; reino de la inocencia
(Fluía el amor en padres, o en tiernas abuelas
Mientras rozando la luz, sus pequeñas frentes
Una atmósfera tenue se agitaba alegre)
Y vislumbré; sombría, (cierto desde lo terrible)
—No pude percibir tan siniestro lugar:
Algo como una oleada, alzándose,
sin color ni aspecto preciso
(punto de todos los dolores)
Desde donde, no sabemos cuándo;
—o tal vez con prisa—
se cernirán sobre nosotros.
Bienvenidos los fabricantes del odio
Bienvenidos los fabricantes del odio
Con su cesta de puñales al hombro
Derramando veneno sobre jazmines y las aceras
Destilando hiel a cántaro lleno sobre nuestras espaldas y rostros
Bienvenidos los traficantes del ácido mundial
(Desde las provincias del Maligno)
Bienvenidos; porque apreciamos ese llanto
Del recién nacido en la tímida aurora
Y las hojas al caer, no nos enfadan
Y el vientre flácido de la bisabuela,
encorvada bajo el peso del amor
Nos resulta santo: como sexo de novia
Bienvenidos los que pisotean la humildad
y enturbian la calma de nuestros hogares
Porque nos hace identificarlos y apreciar
en la sal de una lágrima
El toque de ternura que nos impulsa a querernos
Un poquitico más.
Es el peso del transcurrir del tiempo descubriendo la trascendencia del amor en la existencia, que recuerda el triángulo de desboque en la armonía martiana, donde la vida se relaciona con la muerte y tiene en su cima el amor. Es la vida que se transforma en muerte, y la muerte que se transforma en vida. Porque la muerte viene siendo para él dramática extinción desprovista de algún valor de trascendencia, conformado por la obra espiritual y material que este ser ha construido:
Es tarde: un sol herrumbroso
Mira con cuanta priesa se desvía
De nosotros el sol al mar vecino
Don Juan de Arguijo
Es tarde: un sol herrumbroso
Pintado al parecer con azafrán
Hunde su redonda frente; se desvía
De nosotros con prisa al mar vecino.
Con las manos cruzadas, sobre mi vientre
Palpo estos pobres vestidos
Pienso en los triturados años
Causas de tal deterioro
Que me abisma en profundidades de un remolino
Como si dijéramos, de espirales con paredes
Hechas de trapos y envolturas desechadas
Junto a montones de papeles viejos cercando mi figura:
Fruto tal vez, del influjo
De aquel cerebro moribundo
A bordo de un trasatlántico oxidado y ruinoso
Que se mueve en círculos que no conducen a ninguna parte
Pero que agita las aguas y el viento trayéndonos
Moléculas de su espíritu en declive, pero tan maligno.
Entonces todo se vuelve un set preparatorio para la muerte. Todo se vuelve inquietud e incertidumbre ante la muerte:
Notarial act
En esta ciudad de Marianao
(A un costado del mundo)
Viendo los días, las semanas y los meses
Cayendo: sarta de hollejos agrios en la garganta de lo Eterno
Nadie, invisible
Condenados en vida, pasajeros grises
(El tren de los perdedores)
Azotados por el viento, el salitre y las palabras huecas
Que un vano mercader, en su tienda única
Pretende cambiar por el oro que nos falta
Sufriendo como el espejo cóncavo
No me devuelve mi figura de setenta años
Sino este amasijo: canas, angustias, fatigas y frustraciones
Oprimida el alma. Ignorando el paraíso
(Siempre detrás del horizonte)
Escondido entre telarañas del futuro
Bajo el paño fatal de la dama sin rostro
Que permanece en tinieblas, sumergida
Y que acaso nunca nos mirará de frente.
Viejo
Ese escalón:
—Por aquí…
Mi viejecito:
Los deseos
(recuerdos)
Años, la piel sin fuerza;
lentos pasos
dibujan con anticipación
La nada que vendrá.
¿Dirás como Quevedo?:
Pasó mi vida:
«¿Nadie me responde?»
Aquí las metáforas le permiten al poeta «viajar desde un lugar que existe en la realidad a otro que solo existe en la imaginación»,[ii] donde abundan ensoñaciones y tropos de la muerte, donde contempla a la muerte como un reino ensoñado, donde su cercanía, el paso del tiempo y la intuición de que la vida es un camino hacia la muerte cobran cuerpo en la consistencia de las imágenes:
¿Alguien ha visto su tridente?
Si tropiezas con el Maligno
Si hunde sus dedos sobre tu espalda
Si apoya su barba sobre tus hombros
Tal vez no sientas nada
Porque toma tu vida con lentitud
Así traspasa su agonía y su muerte
Tu destino se confundirá
Todos lo recordamos, (azorados)
Moviéndose por extensos escenarios
Hoy no articula palabras
—Ya no luce uniforme militar—
¿Alguien ha visto su tridente?
Su aliento no despide fuego
Y el agua que toca no se pone roja
Se expresa en lenguaje inaudible
Pero su historia nos paraliza.
Porque es el hombre común en su trayecto amargo, el hombre como víctima de la maldad del hombre que no deja de percibir el destello y emitir el canto a la sexualidad, al placer de la cópula. Porque en sus poemas se unen belleza, amor y sexo. Y en ellos la belleza está en lo desgarrado:
Belle et brute
Mujer:
(Tan hermosa)
Unida por gran aguijón
A esta figura humana:
Corazón de toro.
Con el mismo amor
Mujer
(no tan hermosa)
Recibe este poema
escrito
con el mismo amor
que las catedrales
y lanzado
como una rosa
contra tu carne viva.
Y sigue consignando que la plenitud de la existencia del hombre se alcanza gracias al amor, donde el placer se convierte también en algo sagrado. Es también el hombre que no destierra el Ubi sunt de su universo creativo:
Tiempos
Desde la acera, mesas del bar Hombres de distintos colores Y botellas oscuras Derraman ámbar juguetón En las fauces De quienes gritan más que hablan Ayer; mi juventud Yo mismo Otra barra y mis amigos —Mis amigos, todos muertos— Pero en aquellos días ¡Éramos solo alegres! Aguas doradas Cubriendo dolores Espumas, hadas humildes De nuestras fiestas breves: Jolgorio fugaz Para que mi vida fuese Menos severa y triste.
El poeta lo afirma claramente: «De la cólera roja me salva el amor» (p. 82), y sabe que el sentido de la existencia se alcanza cuando nos comparamos con la naturaleza, cuando nos sabemos parte de ella:
Algo de los árboles
—un día de cumpleaños—
con este señor
convivo.
Aveces un patán
pero tiene momentos
de lucidez…
y extraño su tristeza.
Algo de los árboles;
pierden las hojas
para tenerlas de nuevo:
Así las penas
entran y salen
de su corazón.
Y que el mundo se acaricia y se abandona —véase p. 68— porque, al final, y como afirma Gregory Orr, la poesía no es más que una afirmación fundamental de la existencia humana, una forma de iluminar la existencia.
[i] Vitier, C: «Poesía como fidelidad». La Letra del Escriba, 132: 2-3, enero-febrero, 2015.
[ii] Billy Collins.
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