
Con la opresión que emana de los mejores filmes de Yorgos Lanthimos han sido concebidos muchos de los poemas de Duarte de la Vega que avanzan como canto —espiritual y física denuncia— a la vergüenza de ser ciudadanos, a la inconformidad social del ciudadano cuando comprueba su nulidad (Duarte de la Vega, 2018). Aquí se nos habla acerca de lo inevitable del mal en los avatares del mundo, en bien trabadas y trabajadas prosas que recuerdan las maneras de aproximarse a lo poético de Ismael González Castañer, Omar Pérez, o lo mejor de Carlos Alfonso:

Foto tomada de Ecured
Entro en la espesa niebla de la fruta amarilla.
¿por qué leo a Bukowski si no puedo entender cómo los árboles se alimentan y crecen, qué sucede conmigo cuando mi voluntad se quiebra, cuando mi voluntad que tiene los minutos contados teje sus propios nudos en las hojas del árbol que no escucha ni piensa?
De todas formas entro para esculpir mis huesos dentro de la oscurísima paloma, para reconciliarme con aquellas semillas —demasiado profundas— que yo había olvidado. (Duarte de la Vega, 2018, p. 17).
Hablamos de Lanthimos porque aquí la lectura y la exégesis trasmiten desconcierto, opresión, lo que nos recuerda que «no hay poema que pueda llamarse tal si no implica una querella, una disputa con uno mismo» (Heaney, 2015). En tal sentido el poeta apuesta por lo ingenioso y civilista. Entonces emergen las maniobras de adaptarse al destino: donde no hay salvación cada uno cree y crea su propia salvación, así lo kafkiano apunta a lo hipnótico, por lo desconocido. Así la realidad es algo espeso y huraño que es descrita como «lo inmóvil», «lo desconocido», —«donde fingir supone una constante»—, «una revelación escurridiza», «la descomposición de un gesto»,[i] «lo inestable», «lo ambiguo», «lo sutil», «lo incierto», «lo híbrido», «lo anodino», «lo azaroso», «lo imperceptible», turbio, parpadeante, o darse cuenta que todo —el universo acaso— no es más que el fruto de una pugna. Y el poeta (2018) descubre que hay algo compulsivo e inaccesible no solo en la relación entre los hombres, sino también en las maneras naturales de difundirse el arte.[ii] Este carácter inaccesible de la realidad se subraya curiosamente en los mejores versos o líneas del poemario: «solo la luz conserva su destello agobiante»[iii], «la inestabilidad presume, lenta ha de ser y sólida ejerciendo presión y desapareciendo, también como un sonido lo esencial se pronuncia —casi sin pronunciarse incluso—»;[iv] «ya que estamos aislados por el comportamiento y no unidos a él»;[v] «“si algo segrega el nudo cuando acciona es el nido”, y en la pupila cabe la experiencia terrible que los contiene o bien los paraliza»;[vi] «lo que había sido piedra, o quizás herramienta (y que proliferaba), era la precisión del monje contra la superficie plana de su propia cabeza».[vii] Así encontramos imágenes de opresión en retratos espirituales, metafísicos, en lo que somos y en quien se nos enfrenta, descubriendo algo de desarraigo en uno mismo cuando se vuelve a sí. Aquí se habla de lo inestable, lo físico y lo maquínico atisbados, de cinéticas que van tejiendo una filosofía irónica, desgastada, donde lo vivo como deshecho invade las relaciones humanas, y, pese a su «entusiasmo», las vuelve inoperantes:
el ejercicio de fingir gestos y formas pasa desapercibido, supone una constante —ligaduras que se obtienen como si un fuego fatuo se estuviese esparciendo—. Una vez las señales, el ejercicio fluye y hay en él esa súplica, todo un advenimiento, dije, una revelación escurridiza: «pulsaciones que manan ya muy dentro del mármol». simular consistía en morder el anzuelo, pero eso no era todo, también había un estado palpitante y etéreo, había cierta ruptura, provocada tan solo por la movilidad del hueso y las esporas. —¡era la gran banana diluyéndose, en cambio, lo que caía a tierra se podía comer![viii]
Pero que predica, sin embargo, la utilidad del dolor y su carácter fructificante, pese al tono irónico,[ix] aunque descubra que los tiempos épicos se quedaron atrás. Se intenta describir el momento en que lo auténtico y lo falso intentan reconciliarse, o, algo terrible, la imposibilidad de ser auténtico. De tal manera estar vivo se constituye en una especie de celosía del pensamiento que soporta las inercias del mal, las del vacío, donde el devenir existe y solo es contemplado tras el velo aún, y como metáfora.[x]
En otros poemas nos muestra la belleza como parte de ese mundo fugitivo que no se detiene y que siempre está sucediendo con la naturalidad de lo ya dicho y que se sigue diciendo, en un libro que hace de la minúscula un vehículo del leve vibrar, en una disposición unida y fragmentada al mismo tiempo. Los poemas mantienen su independencia y a la vez su unidad en la manera en que han sido dispuestos, con un blanco intermedio y minúsculo, y un afán enlazado. El poema aquí también tiene el límite de la página y la extensión del libro y del mundo. Y se nos muestra también, sin negar lo anterior, una filosofía o poética de la isla, del ser de isla, una metafísica del país y del paisaje, un retrato de dicho ser en un sitio donde «nada de lo que allí suceda podrá ser evitado», donde hallamos «excrecencia o ribera que no abraza ni anuncia», pero que permite hallar lo real inconcluso de la belleza. Ese pasaje de isla también, a su manera, es parte de una especial metafísica —el movimiento incesante de todo cuanto existe «adaptado» a la naturaleza de la isla, el movimiento del agua, el hedonismo y la condición airada del isleño, en la que «el placer infinito» pudiera ser «la única ley» para «criaturas endebles de una naturaleza hostil»—. Porque su obraestállena de preocupaciones metafísicas: el ser, el absoluto, el mundo, el alma, propiedades, fundamentos, condiciones y causas primeras de la realidad, así como su sentido y finalidad. Donde el fundamento del mundo no se separa del misterio y la fe, y muestra su carácter incognoscible como una constante. Aquí también estamos ante «un acercamiento metafísico que procura describir o entender los mecanismos de la realidad que muchas veces te superan o transgreden tu capacidad de entendimiento» (Atencio). Es así que este nuevo libro pretende hacer ver los infinitos caminos entre la pasión y el misterio. Porque la variedad del universo se define encima de la fugacidad, en viajes concéntricos y tenaces de la semilla al fruto, y viceversa. Y aquí surge el legado y la imagen de José Lezama Lima y su peso sobre esta escritura, que, como afirmó Char alguna vez de algún contemporáneo, «respeta a su manera lo que una tradición tiene de constructivo». Véase el poema «no el sol bajo tus cejas sino un campo desierto» (Duarte de la Vega, 2018, p. 12).
Es la fugacidad de la imagen y del ser que escapa cuando había alcanzado su definición mejor, e incursiona en unos giros y unos lances que conducen a la imagen, los que, por su claridad, elegancia y misterio me recuerdan vivamente los de la poesía de Ismael González Castañer y Rito Ramón Aroche. Véanse los poemas «detrás del aire astuto toda una ciudadela» (Duarte de la Vega, 2018, p. 38) y «en lo que va menguando del candil, en la fuerza» (p. 46). El poeta se afana en descifrar los hilos con los que está tejido el mundo, el devenir, la víspera, lo que se hará potencia en la intuición, y se entrega al instinto escritural, a la inspiración, donde atisbamos el sonido como imagen: del sonido al sentido, del sentido al sonido, y de este definitivamente al sentir. En esta poesía se respira una búsqueda y la «llamada del deseoso». Porque el ser humano es contemplado como parte del universo natural, y el universo inanimado es también parte esencial del mundo humano, con la grandeza y cualidad irrepetible del suceso, mezclados permanentemente al carácter incognoscible de la realidad, y al modo indestructible de lo trascendente. El poeta canta aquí los dramas, los abismos y los misterios de la belleza, que importan porque nos implican. Es de la fugacidad y permanencia de la imagen de lo que se nos habla, de la cualidad y autenticidad de la flor, y por extensión de la imagen, la belleza, la bondad, fragilidad y fugacidad de la vida: hermosa, pero efímera. Véase el poema «pudo haber sido falsa la embriaguez: la desidia» (p. 28). El carácter efímero de la existencia permea también nuestra mirada, nuestra percepción, que siempre está viajando hacia el hecho de ser cierta, pero no se detiene. Porque se abordan las relaciones secretas entre misterio y descubrimiento en las vertientes de la comunicación, donde siempre hay que ir a la caza de algo más profundo; los poderes secretos del ser, y la belleza de la naturaleza personificada en las maneras disímiles y equivalentes a un tiempo de la rosa y el ave. Véase el poema «la rosa donde el ave se diluye o esparce» (p. 31). En este libro hallamos diagramas de una poética sobre lo dialéctico del universo o el poder de lo efímero, con la consiguiente opacidad y resistencia del texto a su entrega y el poder de la lectura, reproduciendo así cualidades esenciales de la naturaleza. El duro arte de la comunicación vive en territorios del misterio —propensión del universo a la imagen—, y la imagen también tiene que hallar su sitio en la trascendencia: en esto consiste la búsqueda, la sed interminable del poeta, porque la imagen existe, pero la imagen huye —es el poder de la fugacidad y la fugacidad como una de las cualidades primordiales de la imagen—, y todo hecho es a la vez trunco y nuevo. Entonces queda la inextinguible e insaciable búsqueda de la imagen por el escritor donde el que mira es imagen, y lo visto también puede ser ojo, «porque eres una cámara grabando reflejos que no podías profundizar».[xi] Véase el poema «uno piensa en el vidrio, toca lo que no toca aún» (p. 47). En la opacidad, en el misterio, en la fugacidad es donde ocurren los hallazgos, las imágenes y los símbolos. Donde el símbolo se crea y se destruye está la existencia, y entran en relación la imagen poética y el misterio. Es así que nos hallamos en territorios donde asistimos a la preeminencia del misterio y atisbamos la cualidad de lo efímero definiendo y
adornando todos nuestros actos:
porque nos bautizaban y crecíamos dentro
de cualquier madriguera.
lidiar con la opulencia nunca fue cosa fácil,
pero que la opulencia también fuese una estafa,
«eso nos comenzaba a interrogar».
días en los que se conoce el territorio
cuál papel arraigado y otros días que no:
¡caricaturas!, leyes a las que uno accede
pero definitivamente leyes, contagiosas al fin.
éramos bautizados y crecíamos dentro
de cualquier madriguera; amantes de la fuerza
y de la combustión. (p. 52).
Aquí se concibe a la naturaleza como un sitio de opacidad, resistencia y misterio que, como tal, ofrece estos dones a los hombres y de manera especial a la poesía, aquí las cosas significan preguntas, y la materia está todo el tiempo en guardia.[xii] La concepción decimonónica del poeta como héroe y vidente es sustituida por la del sabio cuya misión es revelar, compitiendo con el científico, la verdadera complejidad del mundo. Por eso la poesía se vuelve «difícil», e incorpora un fuerte elemento de racionalismo escéptico (Dávila, 2003). Un poco de esto y quizá de manera evidente ocurre con la poesía de Daniel Duarte de la Vega y su libro Dársenas, aparecido en 2020. Este poemario constituye, a mi modo de ver, una obra de madurez dentro de la poesía del joven autor y merece ser publicado en nuestras editoriales, para bien de la literatura y la cultura nacionales. Se pudiera decir que es un libro de presupuestos y formas arduas pero nobles. Allí se nos habla de la permanencia de los hechos y las cosas desde la filosofía donde todo se iguala, y todo es lo prístino que aparenta otro sentido, donde el lenguaje está repleto de «jirones» que no reflejan el sentir y el pensamiento del hombre. Dada su identidad un poco inaccesible, el mundo nos engaña y crea rostros, figuras y objetos que reniegan sus idénticos orígenes con un lenguaje que se queda en la aspiración de ser legítimo:
(sustituyendo vidrio por arcilla) quizás a la manera de los indios taínos elemento moldeable sobre el daguerrotipo asimismo y en aras uno es hule y oficia percibe así jirones páramo del lenguaje donde lo deseado no solo otro argumento otra ley si debiera y en medio de la ley su veredicto después más de lo mismo pastor rige conducta bajo la catedral etérea tal será y semejante que se va uno exhibiendo se va casi la res diluyéndose vil en lo que casi ¡claro! nunca previenen sobre frasco y capricho vidrio no ha de surgir donde vocabulario ni columpio del mundo bajo la catedral inútil se desplaza es simplemente el modo el yohesidosinserlo va de dux a jirones de una época vil a lamentarla uno es otro y dirime ya que al sembrar un árbol siembra el árbol de Arquímedes percibe así viñales páramo del lenguaje y frasco regresar a viñales y que otra vez parezca que se ha evadido el rumbo. (p. 12).
cómo el intento
se transfigura en juez
y viceversa. (p. 21).
disípate no más. (p. 24).
Los poemas en verso tienen una luz y una gracia superior a los en prosa donde la adopción de una escritura automática, la ausencia de signos de puntuación, la superposición de momentos vitales, históricos y espirituales crea un ritmo corvo y una opacidad sobre el significado. Esas maneras recuerdan la poesía de Carlos Alfonso donde
la relación con la historia, la cultura y la religión es desenfadada y hasta irreverente a ratos, propiciando la ambivalencia de la imagen en su significado […] se rezuma [sic] cierto deje hermético en lo inteligible del lenguaje y de las imágenes, como huella legítimamente heredada de quien es reconocido como un maestro de la poesía cubana: José Lezama Lima. (Lesmes Albis, 2016).
Cuando hace un razonamiento abstracto de lo concreto, poniendo a prueba una filosofía, una cosmología o un élan, me recuerda vivamente la poesía de Ismael González Castañer, sin duda, uno de sus maestros, como he podido comprobar en mis estudios de un libro a otro de Daniel Duarte de la Vega. Amén de su misterio y parsimonia el libro exhibe opacidad, lenguaje tejido con cosmopolitismo, incluso ecumenismo, y aliento filosófico. El choque entre civilizaciones y culturas aflora en estos textos donde lo uno puede ser lo otro, y se pretende adentrarse un poco más en el ser y la naturaleza humana, siempre en búsqueda de la comprensión verdadera aunque prevalezcan presentimiento y ansia, pues como dice y demuestra el poeta «lo sagrado es la misma esencia de la vida» (Yourcenar), y el lugar del arte pudiera ser más alto que el de la filosofía.
Notas de la autora
[i] Véase el poema «la presencia del musgo…» (p. 19).
[ii] Consúltese el poema «las pantallas están apuntaladas…» (p. 14).
[iii] Ob. cit., «las pantallas de cine…», p. 14.
[iv] Ob. cit., «es el año del cerdo…», p. 16.
[v] Ob. cit., «leyendo a Freud…», p. 22.
[vi] Ob. cit., «crece un nudo en el mar…», p. 30.
[vii] Ob. cit., «aun estando cerca…», p. 50.
[viii] Ob. cit., p. 18.
[ix] Consúltese el poema «ante lo inevitable de una tensión…» (p. 20).
[x] Léanse los poemas «observar con cariño…» (p. 32), «que haya perdido el juicio…» (p. 51), o las décimas en prosa «revienta lo imperceptible…» (p. 45) y «del hilo blanco a la máquina…», que recuerda el cuadro «La anunciación» de Antonia Eiriz.
[xi] Ted Hudgues.
[xii] Con placer he unido aquí una aseveración de Rocío Wittib y otra de Wislawa Szimborska.
Bibliografía
Atencio, Caridad: «La precisión del monje contra la superficie plana de su cabeza», La Letra del Escriba, (160): 12, La Habana.
Dávila, Juan José: «Breve panorama de la poesía inglesa del siglo XX» en De Hardy a Heaney. Poesía inglesa del siglo XX, p. 11, UNAM, México, 2003.
Duarte de la Vega, Daniel: Telar (Col. Pinos Nuevos), Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2018.
Heaney, Seamus: Obra reunida, Pura López Colomé (trad. e interpretación), p. 13, Trilce Ediciones, México, 2015.
Lesmes Albis, Marta: «Cabeza abajo». Obras y personajes de la Literatura Cubana, T. I, p. 68, Editorial Letras Cubanas, Instituto de Literatura y Lingüística, 2016.
Yourcenar, Marguerite: Confesiones de Escritores (Narradores 1), p. 69, Librería Editorial El Ateneo, Buenos Aires.
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Di-Versos: Cultura, coloquialismo y marginalidad en la poesía de Ismael González Castañer
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