
El nombre de Diego Vicente Tejera puede «entrar» tanto en los diccionarios de literatura como en los de historia cubana. Su faceta de patriota probado, de revolucionario íntegro, se conjuga con la de fundador en 1899 del Partido Socialista Cubano, primero de su tipo en la Isla; y, aunque era el suyo un socialismo de perfiles utópicos, reunió un buen número de entusiastas colaboradores.
El santiaguero Tejera nació el 20 de noviembre de 1848, y fue de esos cubanos que accedieron a una educación esmerada que inició en el Seminario de San Basilio el Magno y después prosiguió en el Instituto de Segunda Enseñanza. Viajó a Puerto Rico en 1865, para reunirse con su familia, y después a Norteamérica, a París y finalmente, a España, con el objetivo de estudiar Medicina, pero allí su espíritu libertario lo hizo involucrarse en los movimientos antimonárquicos peninsulares.
Al volver a Puerto Rico su bonhomía lo llevó a adherirse al movimiento independentista en esa vecina isla. El alzamiento conocido como Grito de Lares, muy pronto abortado por la metrópoli colonial, comprometió su estatus; la familia, tratando de sustraerlo de las ideas separatistas, lo envió a Venezuela, donde retomó los estudios nunca concluidos de Medicina y…, otra vez, tomó parte en los acontecimientos políticos que se sucedían.
Entretanto, su estilo poético daba ya señales inequívocas de fuerza. La más conocida —dentro y fuera de Cuba— de sus composiciones se titula «La hamaca»:
En la hamaca la existencia dulcemente resbalando se desliza. Culpable o no de mi indolencia, mi acento su influjo blando solemniza.
Max Henríquez Ureña hace una observación muy interesante respecto de esta composición: «El efecto que produce esa combinación (métrica) es la del movimiento de la hamaca, cuyo vaivén está representado por los octosílabos, mientras los tetrasílabos marcan el momento en que se requiere de un nuevo impulso».
Otro poema suyo, «A Borinquen», evidencia el amor por esa isla que conoció y defendió, la cual llama por su nombre aborigen:
En medio de las ondas, entre rumor y espumas, Ceñida de palmares y plátanos la sien, Se tiende bajo un cielo purísimo, sin brumas, Sultana de los mares, la ardiente Borinquen.
En la década del 70 del siglo xix dirigió en Nueva York el periódico La Verdad, de Miguel Aldama, vocero de la Junta Revolucionaria en esa ciudad. De esa época son sus libros más celebrados: Consonancias (1874), y Un ramo de violetas (1877).
Una vez firmada la paz del Zanjón se movió entre Estados Unidos y México, donde fue redactor de El Ferrocarril y de Revista Veracruzana. Regresó a Cuba en 1879, fundando El Almendares y Revista Habanera, al tiempo que colaboraba en otras publicaciones. Cuando en los 80 fue, otra vez, objeto de las suspicacias del régimen colonial, embarcó hacia Estados Unidos, desde donde trabajó, en la emigración, junto a quienes fraguaban la Revolución. Entonces se vinculó a José Martí, se trasladó a Francia donde fundó la revista América en París y, después, regresó a Norteamérica.
Fue hombre singularmente activo. Además de orador y traductor (del alemán, del inglés, del francés), impartió conferencias a lo largo de su no extensa vida. Murió poco antes de cumplir 55 años, el 6 de noviembre de 1903.
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