
Poetas futuros
(Poets to come)
¡Poetas del futuro! ¡Oradores, cantantes, músicos futuros!
No es el presente el que me justifica ni el que asegura que
yo esté un día con vosotros,
Son ustedes, la raza nueva y autóctona, atlética, continental,
la mayor de cuantas son conocidas;
¡Arriba! Porque ustedes me justificarán.
Yo no hago más que escribir una o dos palabras para el
futuro,
Sólo me adelanto un instante, para retornar luego a las sombras.
Soy un hombre que, vagabundo, siempre sin hacer alto,
echo sobre ustedes una mirada al azar, y sigo,
Dejándoles la encomienda de probarla y definirla,
Aguardando de vosotros la realización de la magna obra.
Hijos de Adán
Esta serie de poemas que pertenece a Hojas de hierba, en los que Walt Whitman celebra el amor físico, la unión sexual, los impulsos y las delicias de la vida perpetuándose, fueron incluidos en la tercera edición del libro, en 1860. Su crudeza, a la vez que su candor, suscitaron críticas injustas El tiempo lo ha demostrado. Y de la pureza del gran poeta son testimonio los versos de su «Canto al cuerpo eléctrico»: «Este hombre no sólo es un hombre, es el padre de los que, a su vez, serán hombres». ¿Qué poeta de todos los tiempos puso el ardor y la emoción que volcó W. W. en su máscula esperanza, en su vaticinio del hombre del futuro?
Uno de los grandes méritos de W W. —dice Henry Seidel Canby, en su imprescindible biografía del poeta (Walt Whitman, un americano)— es el de haber rehabilitado la sexualidad como tema de la literatura; pero no es menos cierto que él mismo sufría de su sexualidad. Había, según la expresión de Kipling, demasiado ego en su cosmos. Siempre habrá demasiado ego en él como para que pueda ser, cual lo deseaba, representativo de la humanidad; mas en el 1840 y el 1850 parece haber sido un hervidero de pasiones muy personales, las cuales, hasta que se volcaron en Hojas de hierba y ocuparon el lugar que les correspondía como parte integrante de su personalidad poética, lo mantenían en un estado de erotismo difuso que confundía tanto a sus lectores como a él mismo. Cuando quedaron escritos los poemas de Hijos de Adán y Cálamo, el erotismo, lo que llamaba perturbación, cesó casi por completo de alimentar su poesía…
Hijos de Adán
(Children of Adam)
Hacia el jardín del mundo
(To the garden the world…)
Hacia el jardín el mundo de nuevo asciende, Potentes machos, hijas, hijos, presagiando El amor, la vida de sus cuerpos, pensamiento y esencia. Curioso contemplo allí mi resurrección luego del sueño, Girando de nuevo en el límpido espacio, Amoroso, maduro, todo para mí hermoso, todo pasmoso, Mis extremidades y el fuego palpitante de que es motivo el portentoso juego. Éxito pues, asomo y penetrante destilo, Satisfecho con el presente, satisfecho con el pasado, Por mi lugar, o atrás de mí, Eva siguiéndome, O al frente, y yo, lo mismo, de ella en pos.
Desde los ríos acorralados y dolientes
(From pent-up aching rivers)
Desde los ríos acorralados que padecen, Desde esta parte de mí mismo sin la cual yo nada sería, Desde lo que yo estoy decidido a tornar ilustre, aunque me encuentre solo entre los hombres, Desde mi propia voz resonante, cantando al falo, Cantando el himno de la procreación, Cantando la necesidad de niños soberbios y, por lo mismo, de soberbios adultos, Cantando el impulso del músculo y la fusión en el abrazo, Cantando el himno del compañero de lecho (¡oh, el irresistible anhelo!) ¡Oh, para todos y para cada uno la recíproca atracción del cuerpo! Oh, para ti, quienquiera que seas, tu cuerpo recíproco! ¡Oh, este cuerpo, más que todo el resto, objeto de tu propia delectación! Desde el hambre roedora que me devora noche y día, Desde los instantes natales, desde los tormentos que, aun cantándolos, avergüenzan, Buscando una cosa que no he hallado aún, por más que diligente la busco desde hace largos años, Cantando el verdadero himno del espasmo del alma a la ventura, Renaciendo con la Naturaleza más ruda o entre los animales. De esto, de ellos y de lo que con ellos mis poemas tratan, De la fragancia de pomas y limones, del pareo de los pájaros, De la humedad de los bosques, de la lengüetada de las olas, El furioso asalto de las olas contra a playa, también lo canto yo, El preludio sonando suavemente, anticipo de la melodía, La bienvenida proximidad, la visión del cuerpo perfecto, El nadador nadando desnudo en el baño, o inmovilizado, flotando sobre sus espaldas, Las femeninas formas aproximándose; yo pensativo, carne de amor trémula y doliente, La divina lista para mí o para ti, o para cualquiera que la componga, El rostro, los miembros, la nomenclatura desde la cabeza a los pies y lo que ella despierta, El místico delirio, la locura amorosa, el total abandono, (Escucha, reconcentrado y silencioso, lo que ahora musitaré para ti. Yo te amo, ¡oh!, tú que me posees enteramente, ¡Oh!, que tú y yo huyamos del resto y nos marchemos inmediatamente, libres y sin ley, Dos halcones en el aire, dos peces en el mar no tendrían más ley que nosotros); La furiosa tempestad me atraviesa, yo trémulo de pasión, El juramento mutuo de inseparabilidad de nosotros dos, de la mujer que me ama y que yo amo más que a mi vida, pronunciando estas palabras: (¡Oh!, de todo corazón yo arriesgo todo por ti, ¡Oh, déjame perder si es necesario!); ¡Oh, tú y yo! ¿Qué significa para nosotros lo que el resto hace o piensa? ¿Qué son los otros para nosotros? Que sólo nos proporcionemos alegría mutuamente, que mutuamente nos quedemos exhaustos, si es preciso despojados, Del maestro, el piloto al cual yo abandono el barco, Del general que me comanda, comandándolo todo, del que recibo órdenes, Del tiempo que precipita el cumplimiento del programa (yo hace rato que me he rezagado), Del sexo, de la cadena y de la trama, Del retiro más secreto, de los frecuentes suspiros en la soledad, De las numerosas personas presentes, si bien la persona necesaria se halla ausente, Del suave deslizamiento de las manos sobre todo mi cuerpo y de la penetración de tus dedos en mi cabellera y mi barba, Del prolongado beso detenido sobre la boca o el seno, Del atenazante abrazo que me embriaga a mí y a cualquier hombre, desfalleciéndolo con su exceso, De lo que conoce el divino esposo, de la obra de la paternidad, De la exultación, de la victoria y del alivio, del abrazo de la compañera de lecho en la noche, De los poemas en acción de ojos, manos, caderas y pechos, De la unión con el brazo tembloroso, De la adhesiva combadura y del clinch, Del estar tendidos a lo largo, arrojando a los pies el cobertor, Del que no quiere que me separe, y de quien, en manera alguna, deseo apartarme, (Un instante, ¡oh! tierno guardián, y yo regreso), De la hora en que brillan las estrellas y gotea el rocío, De la noche de donde yo surjo tomando impulso, Yo te celebro, acto divino, y también a vosotros los hijos por él engendrados, Y a vosotros, fornidos ijares.
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