
Uno de los eventos culturales más recurrentes en la sociedad de entonces eran las tertulias personales que ofrecían distinguidas figuras a sus amistades más allegadas y a la intelectualidad en general. Así, Domingo Figarola Caneda abría su casa, en la calle Cuba No. 24, según su numeración antigua, cada sábado, después de las sesiones de la Academia, a aquellas personas que se consideraban –y él las consideraba– dentro de su círculo de amigos con los que compartía sus intereses literarios y de cultura en general.
Dicen que su esposa Emilia Boxhorn se destacaba por su amplia cultura, modestia y bondad, y acompañaba siempre estos encuentros como fiel mano derecha de su esposo.
Se reunían allí prestigiosas figuras como Manuel Sanguily, Juan M. Dihigo, Francisco de Paula y Coronado, Antonio L. Valverde, y los más jóvenes: Francisco González del Valle, Gerardo Castellanos, Joaquín Llaverías, Federico Castañeda, Emeterio S. Santovenia, José Antonio Fernández de Castro y Emilio Roig. Asistían también, los pintores Armando Menocal y Aurelio Melero y muchos más, entre ellos abogados, periodistas, doctores en diferentes disciplinas.
Los intelectuales jóvenes que tuvieron la oportunidad de conocer a Figarola Caneda han alegado sentirse muy orgullosos y complacidos con sus enseñanzas, sobre todo aquellas de carácter histórico y patriótico. Figarola exhortaba a la investigación a todo aquel que se le acercaba y le inculcaba el amor por los libros y la literatura, porque los libros eran su razón de ser. Gerardo Castellanos cuenta que en las tertulias ofrecidas por Caneda no hubo espacio para algo más que la literatura, fuese cubana o francesa.
La casa de Caneda era modesta y repleta de tranquilidad. Sus paredes, según Castellanos, estaban adornadas únicamente con retratos de Heredia, Luz y Caballero, Martí y Bachiller y Morales como muestra de la profunda admiración que sentía el dueño por su intelectualidad y patriotismo. Como decía Castellanos, el lugar, saturado de olor a libro, sólo invita a pensar en literatura.[i]
El sumergimiento de Figarola en el mundo intelectual era totalmente profundo, aun cuando la realidad cubana y mundial mostraba cambios hacia el pragmatismo que él no asimilaba. «Caneda vive jinete en quimera, con la cabeza entre las nubes sin tocar la tierra de la realidad».[ii]
Domingo Figarola Caneda, de carácter difícil, poseía fama de ser excéntrico y sincero hasta la raíz. Sin embargo, nadie dudaba del honor de contar con su amistad o, simplemente, de conocerlo. Todo escritor y literato de la época lo reconocía, por lo que hasta estrechar su mano se consideraba un privilegio.
La amistad de Figarola con los intelectuales de la época se caracterizaba por la solidez. Una especial relación de afecto lo unía a Juan M. Dihigo, Antonio L. Valverde, profesor, literato y tesorero de la Academia de la Historia, Emeterio Santovenia, Manuel Sanguily y el hijo del Padre de la Patria, también Carlos Manuel de Céspedes, con quien Caneda colaboraba en algunos trabajos literarios.
Contaba Figarola también con la valiosa amistad de Francisco Calgano, su profesor, quien a menudo le escribía para felicitarle por su trabajo o corregir determinadas imperfecciones e, incluso, desaprobar sus escritos.
En Nueva York, en 1890, Caneda tuvo la oportunidad de conocer a José Martí. A pesar de que tuvieron un solo encuentro, a partir de este surgió una relación corta, pero muy fraternal, cimentada por los ideales patrios que ambos compartían. Incluso, Martí le regaló a Figarola un ejemplar de la novela Ramona, de Helen Hunt, traducida por él al español, con una amigable dedicatoria donde el autor decía que Caneda tenía su fuerza en el corazón.[iii]
El prestigio internacional de Domingo Figarola Caneda, en virtud de su infinita cultura y el reconocimiento de ella, le mereció varias condecoraciones y nombramientos, entre ellos: el gobierno francés le confirió a él y a su esposa, Elena Boxhorn, el título de Oficial de Academia con la condecoración de las Palmas Académicas y las Palmas de Oficial de la Legión de Honor; Miembro consultivo del Consejo Permanente del Congreso Americano de Bibliografía e Historia de Buenos Aires, Argentina; Miembro de la Library Association of the United Kingdom de Londres y Miembro Honorario de la Association des Bibliothécaires François de París.
En 1900 fungió como delegado oficial en los Congresos Internacionales de Bibliografía y de Bibliotecarios en París y actuó como vicepresidente de este último.
Domingo Figarola Caneda fue un gran hombre, bibliófilo e intelectual cubano que amó su patria y luchó por su independencia del mismo modo que José Martí: con su intelecto. En su vida, tuvo dos grandes etapas: antes de 1901, cuando se desempeñó, principalmente, como periodista, y después de 1901, como bibliotecario consagrado.
Es de señalar que, en ambas etapas, su sentir como historiador estuvo latente, y se destacó, en especial, su labor como fundador y colaborador en la Academia de la Historia de Cuba, donde entregó sus esfuerzos hasta el 14 de marzo de 1926, fecha en que murió este insigne cubano.
[i] Castellanos G. Cuba 24. Revista de la Biblioteca Nacional. 2da. Época; 1952; (3):64.
[ii] Ídem
[iii] Cubaliteraria. Domingo Figarola–Caneda [en línea]. Disponible en: http://www.cubaliteraria.cu/autor/ficha.php?q=figarola&Id=161 [Consultado: 13 de enero del 2005].
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