
Dylan Thomas (Swansea, 1914 – Nueva York, 1953) es quizás el poeta británico más «difícil» del siglo XX —un poeta, como él mismo dijo, que escribía «poemas que ni mi propia madre entiende»—, pero es también el más querido. Hay grandes admiradores de Wilfred Owen, de W.H. Auden, de Ted Hughes y de Philip Larkin, pero no se les quiere como a Thomas. Esto se debe, en parte, por supuesto, a su leyenda de poeta maldito y esos dieciocho whiskys terminales; también a su voz resonante, que «conquistó» a los Estados Unidos como antes lo habían hecho Charles Dickens y Oscar Wilde y como volverían a hacerlo, una década después, The Beattles.
Se trata, sobre todo, de la sensación que tiene el lector de estar ante el último de los vates: aunque cueste a veces desentrañar un sentido y aunque entusiastas de lo claro repudien el intrincado aire de profecía, hay, en el redoble hipnótico de la música de Thomas y en la sombría revelación de sus imágenes, otra forma de comprensión; ese entendimiento sigiloso y entrañable, más visceral que racional, que ha sido la esencia, desde siempre, de la experiencia poética más profunda.
Heredó de su padre, un profesor y frustrado poeta inglés, la capacidad intelectual y literaria.
Poco tiempo después de terminar estudios básicos se casó, y con el fin de sostener su familia, alternó la actividad literaria con trabajos diversos como actor, reportero, guionista y periodista radial. Su primera colección poética Dieciocho poemas, data de 1934. Siguieron luego, Veinticinco poemas en 1936, y Mapa de amor en 1939. Después de la Segunda Guerra mundial se dio a conocer como brillante poeta y dramaturgo, mientras ocupaba una plaza en la BBC de Londres. A partir de 1950 realizó varias giras de recitales poéticos por los Estados Unidos. Muertes y entradas en 1946, En el sueño campestre en 1951 y Bajo el bosque lácteo, publicada después de su muerte, constituyen la parte más importante de su obra.
Su vida licenciosa y dedicada al alcohol, lo condujo a la muerte, ocurrida en Nueva York, en noviembre de 1953.
Antes que llamara y la carne me abriese... Antes que llamara y la carne me abriese, que mis líquidas manos golpearan en el vientre, yo, que era entonces informe como el agua que formaba el Jordán junto a mi casa era hermano de la hija de Mnetha y hermana del gusano que gestaba la vida. Yo que era sordo ante la primavera y el verano, que no sabía los nombres de la luna y el sol, ya sentía el latido bajo la armadura de mi carne, aunque existía sólo en forma de infusorio, veía las plomizas estrellas, el martillo lluvioso que mi padre balanceaba en su cúpula. Conocía el mensaje del invierno, los dardos del granizo y la nieve pueril y el viento era mi hermana pretendiente; en mí saltaba el viento, el rocío infernal; y mis venas fluían con los climas de oriente; antes que me engendraran supe el día y la noche. Antes que me engendraran ya por cierto sufría; el potro de tortura de los sueños enroscaba mi osamenta de lirio en una cifra viva, la carne era cortada para cruzar los bordes de las horcas en cruces sobre el hígado y las zarzas de los cerebros estrujados. Mi garganta conocía la sed antes de la estructura de vena y piel alrededor del pozo donde palabras y agua se entremezclan sin pausa alguna, hasta pudrir la sangre, mi corazón conocía el amor, mi vientre el hambre; al gusano yo olía entre mis propias heces. Después el tiempo envió a mi mortal criatura a derivar o ahogarse en los océanos habituados a la aventura de la sal en las mareas que jamás tocan las orillas. Yo que era rico, me hice más rico aún sorbiendo poco a poco el vino de los días. Nacido del espectro y la carne, no era espectro ni hombre, sino espectro mortal. Y luego me abatió la pluma de la muerte. Fui mortal hasta el último suspiro prolongado que llevó hacia mi padre el mensaje de su agónico cristo. Tú que te inclinas en la cruz y el altar acuérdate de mí y apiádate de Aquel que mi carne y mi sangre tomó por armadura y llegó a traicionar el vientre de mi madre.
(Versión de Elizabeth Azcona Cranwell)
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Donde una vez las aguas de tu rostro... Donde una vez las aguas de tu rostro giraron impulsadas por mis hélices, sopla tu áspero fantasma, los muertos alzan la mirada; donde un día asomaron el pelo los tritones a través de tu hielo, el viento áspero navega por la sal, la raíz, las huevas de los peces. Donde una vez tus verdes nudos hundieron su atadura en el cordón de la marea, allí camina ahora el vegetal destejedor, con tijeras filosas, empuñando el cuchillo para cortar los canales en su origen y derribar los frutos empapados. Invisibles, tus mareas medidoras del tiempo irrumpen en las camas galantes de las algas; el alga del amor se vuelve mustia; allí en torno a tus piedras sombras de niños van, que desde su vacío lloran ante el mar colmado de delfines. Secos como la tumba, tus coloreados párpados no serán aherrojados mientras la magia se deslice sabia sobre el cielo y la tierra; habrá corales en tus lechos, habrá serpientes en tus mareas, hasta que mueran todos nuestros juramentos del mar.
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