
La charla sapiente e ilustrativa es un don, como lo es también la oratoria, la capacidad de hablar en público, que se aprende, no hay dudas, aunque requiere de algunas exigencias como cultura, vocabulario amplio, memoria, dominio, seguridad interior e interés en divulgar el conocimiento, porque el auditorio nos juzga, permanece o se aleja en dependencia del grado en que se consiga ser escuchado. ¡Muy buenos charlistas, o conferencistas si así lo prefiere, hemos tenido en Cuba!
Nos detendremos en dos de ellos que, muy probablemente, el lector recuerde o haya conocido, dos auténticos maestros, excelentes conversadores y artistas de la palabra: Eduardo Robreño (1911-2001) y Enrique Núñez Rodríguez (1923-2002).
Animador natural de la cultura, excelente comunicador y uno de los grandes investigadores y conocedores acerca de la historia del teatro en Cuba, el doctor Robreño fue a un mismo tiempo una personalidad y un personaje de la cultura cubana, y sus charlas-conferencias devinieron un acontecimiento merecedor del numeroso público que para escucharlas acudía.
Sabiduría y simpatía se reunían en los encuentros de Robreño con un auditorio que disfrutaba y aprendía a partir de las historias y anécdotas con las cuales salpimentaba sus charlas.
Todo un acontecimiento devino el último ciclo de conferencias del doctor Robreño, que tuvo por sede la histórica Acera del Louvre, en los bajos del hotel Inglaterra, frente al Parque Central. El General Antonio Maceo y su estancia en dicho hotel, el gigoló Alberto Yarini, el teatro Tacón, el Capitolio Nacional, el Paseo del Prado y el entorno capitalino que por uno de sus vértices se extiende hasta la Terminal de Ferrocarriles y por el otro hasta el mar, fueron modelados en la palabra de un narrador que, él mismo, es ya parte de la historia de la ciudad.
Sin embargo, en nuestra opinión, de mayor alcance lo han sido sus libros, a los cuales nos referiremos muy sucintamente para que el lector sepa cuánto de utilidad encontrará en ellos. Helos aquí:
- En Cualquier tiempo pasado fue…, emprende su andar por las esquinas más famosas de La Habana, por lugares con historia y hasta se permite el lujo de dialogar con personajes conocidos y menos conocidos, pero singulares.
- En Como me lo contaron, te lo cuento, el anecdotario abarca desde la política hasta el deporte, pasando por la música, el teatro, el periodismo o la cinematografía.
- En Como lo pienso, lo digo, el autor se adentra en su mundo preferido, el teatral, para revelar anécdotas y apreciaciones de figuras clavs del pentagrama cubano: Jorge Anckermann, Ernesto Lecuona, Gonzalo Roig, Rodrigo Prats, Federico Villoch, Rita Montaner. El teatro Alhambra y cuanto representó ocupa otro de los capítulos.
- …Y escrito en este papel implica entrar al teatro por la puerta de los actores, conocer sus interioridades, con detalles sobre el llamado género chico (la zarzuela) y los coliseos que sirvieron de escenario a los principales compositores, libretistas y directores.

Por su parte, Enrique Núñez Rodríguez, humorista sin esfuerzo y culto sin ostentación, poseía un conocimiento pasmoso acerca de la historia de los medios radial y televisivo. Periodista colaborador de las publicaciones nacionales más leídas y libretista exitoso, Enrique fue un comunicador todoterreno, de los que entresacaba la palabra precisa —cuántas veces un cubanismo— y enganchaba al interlocutor como si se tratara de la trama de una serie radial.
Núñez Rodríguez transitó del antes de 1959 al después de 1959 sin tropiezo. Autor de guiones para comedias y para dramas, escritor fecundo de a diario y a contrarreloj, su prosa, como su diálogo, dinámica y anecdótica, dejó impresiones por doquier y la sensación de que su voz nos acompañaba aun sin estar.
Su texto semanal en el diario Juventud Rebelde fue la manera de llegar a los más jóvenes lectores que no le conocieron en las restantes facetas. Enrique además escribió muy amenos libros, reveladores no solo de su vida, sino de su tiempo.
Los últimos años del autor fueron de gran fecundidad literaria, los dedicó a redactar sus memorias, que nos deja como prueba de que fue un ser humano no perfecto pero sí profundamente sensible, imbuido de amor y responsabilidad hacia sus compatriotas, poseedor de sabia cultura, conocedor de la psicología, el carácter del cubano y portador de una buena vibra.
Escribió los guiones para algunos de los programas que en la radio o en la televisión registraron elevados índices de seguidores y todavía son recordados, como el humorístico Chicharito y Sopeira, Cascabeles Candado, las aventuras de Leonardo Moncada, el antológico Casos y cosas de casa, el serial televisivo Si no fuera por mamá, otro serial igualmente para la TV: Conflictos, programas protagonizados por actores y actrices estelares, en tanto que su producción de comedias para las tablas incluye los éxitos Gracias, doctor, Dios te salve, comisario, El bravo, Voy abajo…Y en cuanto a libros, escribió varios, más de uno convertidos en bestsellers que volaban de las estanterías y desaparecían de los anaqueles en las bibliotecas públicas. Sube, Felipe, sube, Yo vendí mi bicicleta, Oyee, como lo cogieron, Gente que yo quise, Mi vida al desnudo, El vecino de los bajos, A guasa a garsín,… integran una bibliografía que se disfruta de principio a fin.
No es mera consideración personal afirmar que tanto Robreño como Enrique resultan hoy personalidades imprescindibles de la cultura nacional a las cuales se extraña.
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